El 'nexo' de Arabia Saudí con el 11-S vuelve a debate

La revelaciones de un testigo sugieren una aparente financiación del gobierno de Riad a Al Qaeda durante los años 90.

El testigo que da comienzo a esta historia es el saudí Zacarías Moussaoui, quien está condenado a cadena perpetua en Estados Unidos por haber participado en los planes que derivaron en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York. Fue detenido una semana antes de los atentados por conductas sospechosas que alcanzaron a detectar los equipos de inteligencia y durante su juicio, también un médico le diagnosticó una enfermedad mental que finalmente no interferiría en su testimonio. Así que sus versiones que han tenido lugar en frente del juez han gozado de legitimidad legal.

 

Esto no quiere decir que las afirmaciones lanzadas por Moussaoui hayan estado exentas de controversia. De hecho, la última de ellas fue revelada en los últimos días en un informe publicado por el diario estadounidense ‘The New York Times’. El periódico publica la información de una serie de documentos judiciales que evidencia la demanda de un grupo de familiares de víctimas interpuesta ante las autoridades norteamericanas. La demanda acusa a Arabia Saudita de haber participado en los atentados a través de la financiación de actividades de Al Qaeda, muchas de ellas relacionadas directamente con la familia real saudí.

 

Esa versión ha sido avalada por el testimonio de Moussaoui, quien en sus diversos llamados a suministrar información se ha descrito como el supervisor del archivo de donantes de Al Qaeda durante los años 90. Y sí, lo reconoce: en el listado aparecen los nombres de varios príncipes de Arabia Saudita. Todos estos ingredientes aparentemente nuevos en la dolorosa historia del 11-S han reactivado un debate en la política local estadounidense y que tiene como centro la eventual desclasificación de 28 páginas del informe publicado en 2002 por la Comisión de la Verdad que el Congreso destinó a investigar los atentados. Dichas páginas, en la sombra so pretexto de contener información considerable para la ‘seguridad nacional’, lucen con un potencial enorme para esclarecer definitivamente la verdad histórica y el propio Capitolio solicitó que los organismos de inteligencia las analicen para determinar si podrían ser desclasificadas. De acuerdo con el portavoz de la Casa Blanca, John Earnest, “el proceso sigue en curso”.

 

El secreto que ha rondado a esta información, sumado a testimonios como los de Moussaoui, han abierto un interrogante en la fuerte y estrecha relación que Washington tiene con Riad, su principal aliado comercial y político en el mundo árabe. De hecho, una de las acusaciones más polémicas lanzadas por el implicado condenado sostiene que el actual rey Salman –quien se reunió con Barack Obama hace dos semanas aproximadamente- siendo príncipe intercambiaba correspondencia con Osama Bin Laden, el fallecido líder de Al Qaeda.

 

Existen múltiples preguntas sobre por qué Estados Unidos se ha mantenido tan cercano a Arabia Saudita, un régimen autoritario y religioso, basado en la ley islámica y con múltiples señalamientos de violaciones de derechos humanos y de la mujer. Un país que aún realiza ejecuciones públicas e impone un recio control a la información que publican los medios de comunicación. En el país árabe no hay democracia y los derechos civiles parecen un lujo inviable, sin embargo, este caso parece ser la prueba de que los intereses se mueven en un nivel muy superior que el de los discursos.

 

En medio de la controversia, la Casa Blanca destaca la solidez de las relaciones con Riad y su aporte crucial a la actual lucha militar contra el Estado Islámico (EI) en Siria e Irak. Paradójico por demás, que Arabia Saudita se uniera a la coalición después de que un sector del empresariado, ligado a la familia gobernante, entregara aportes al EI cuando se perfilaba como un grupo capaz de poner fin al régimen de Bashar al Asad en Damasco, un viejo adversario alauí. El propio príncipe Alwaleed bin Talal, así lo reconoció.

 

El gobierno de Riad se ha caracterizado por mantener su liderazgo estratégico en la región, desde su enfoque suní del islam, el mismo de grupos como Al Qaeda y el EI, sin que esto signifique algún nexo en materia de método político o militar. Una claridad necesaria, solo para entender la multiplicidad de intereses que se ciernen en esta zona del mundo, donde Irán, por su enfoque chií del islam, es visto también como adversario. Al final, las polémicas, entre cruces comerciales, religiosos y políticos deben ser vistas con detenimiento. Quizá la financiación saudí a Al Qaeda, si la hubo, no tenía como fin los atentados de Nueva York, sino la utilidad para la preservación de algún interés particular, una situación tal vez similar a la reciente con el EI. El mensaje de conclusión parece una lección a lo Frankenstein: alguien puede ayudar a crear al monstruo, pero no siempre calcular sus alcances. 

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