El noble equipo de las Malvinas

No tienen un campo para entrenar, juegan contra el viento y el frío, no han ganado ningún título, pero no se desenamoran del fútbol.

La postal de la selección de las islas Malvinas, formada en el irregular campo de la escuela de Puerto Stanley.  / Diego Alarcón
La postal de la selección de las islas Malvinas, formada en el irregular campo de la escuela de Puerto Stanley. / Diego Alarcón

Lo más seguro es que ninguno de ellos llegará a jugar la Champions League, ni se verán a sí mismos en televisión jugando a la pelota. Los periodistas no harán notas sobre cómo crecieron en algún barrio marginal, ni cómo gambetearon a la pobreza con patadas y talento. Tampoco serán símbolos sexuales, ni las marcas del deporte les pagarán millones por vestir sus prendas. No serán como Messi o Cristiano Ronaldo. No presionarán como los equipos de Bielsa, ni defenderán como los italianos, y mucho menos pasearán el balón como el Barcelona, pero, aparte de todo esto, hay un mérito que ni la más grande de las ligas podrá quitarles: ser buenos tocando la pelota por abajo y haberlo aprendido en un campo de huecos y bultos, con una pendiente marcada por una leve —poco leve— curva descendente.

Aprender de fútbol aquí en las Malvinas (Falkland, en inglés) implica un romanticismo especial: juega la temperatura que pocas veces está por encima de los 5º centígrados, juegan los vientos que van hacia la Antártida arrastrando el balón y juega el césped, que no es verde sino color ocre. En La Masía, ser buen futbolista es normal. En la “cancha” de Puerto Stanley, ser al menos futbolista es una prueba de entereza espiritual.

Van a ser las 5:30 p.m. en Puerto Stanley, esta ciudad que podría llamarse la capital de las islas. Alberga a unos 2.600 habitantes de los casi 2.900 que viven en ellas y hoy, a esta hora, la selección “nacional” está citada para entrenar. El director técnico, Ian Betts, dibuja cuadrados con unos pequeños conos en el sector más regular del terreno. Si estuviera en sus manos, él pondría a jugar a sus hombres sobre alfombras, con espaciosos camerinos y duchas calientes para después del ejercicio. Pero por ahora no tiene una alternativa distinta a trabajar en el campo de la Falkland Islands Community School, el único terreno lo suficientemente grande y despejado de Puerto Stanley, el de la única escuela de la única ciudad de las Malvinas.

No es precisamente una cancha de fútbol. Es una suerte de terreno bruto que abre la puerta a cualquier disciplina al aire libre. Los arcos tienen ruedas y se pueden desplazar y acomodar en diferentes sectores y distancias. Como son tan pocos, es posible que el juego cuyas reglas dictan que sea de once contra once termine siendo de siete contra siete, o de ocho contra ocho: es simple sustracción de materia, diría un árbitro. Es un terreno versátil, pero irregular, y llamarlo “cancha” en términos prácticos es un contrasentido en términos teóricos. Es lo que hay y en uno de los arcos que justo ahora está de cara al mar, los arqueros, Ben Hoyles y Allan Joshua, hacen ejercicios de calentamiento vestidos con una indumentaria profesional, como si fuera una compensación de las falencias a las que los somete la geografía. El técnico Betts continúa acomodando los conos, mientras que el resto de los 14 jugadores que asistieron a la sesión de hoy trotan en los alrededores del campo para entrar en calor.

Ian Betts es un hombre serio y un técnico muy joven, empírico. No pasa de los 40, y si no fuera por la lesión de rodilla que lo sacó del campo hace dos años, todavía sería uno de los defensas centrales de la selección. Cosas del fútbol. Tener casi 40 no sería un problema para este equipo, cuyo promedio de edad está por encima de los 32, incluso teniendo a un joven de 16 años en la nómina: “Como verás, nuestra mejor virtud no es la juventud”, dice el entrenador. Sin embargo, en esa enorme caja de variables del deporte, la experiencia podría equilibrar las cargas. Es una lástima, experiencia es justo lo que no tiene la selección de las Malvinas.

La primera vez que el equipo salió a jugar internacionalmente fue en 2001 y de la experiencia sólo queda el recuerdo del desastre. Asistieron a los Juegos de las Islas —también llamados Natwest Island Games—, unas competencias deportivas en las que desde 1985 se miden los deportistas de los territorios enclavados en el mar que conservan nexos con una nación mayor. Acuden las islas vinculadas con países como Dinamarca, Finlandia, Suecia y Gran Bretaña, que es el caso de las Malvinas: un territorio en ultramar del Reino Unido. Entonces el equipo de la Isla de Man no tuvo clemencia con los debutantes y como moraleja les dejó nueve goles. Un rotundo 9-0 a favor de los maneses, jugando a no jugar a tope y guardando reservas para el partido siguiente. Siempre hay una primera vez, pero a veces se preguntan si era para tanto.

La sombra de Man se cierne sobre esta selección, incluso en los pocos días de sol que tienen las islas. En 2005 la misericordia tampoco existió y el 9-0 se repitió mezquinamente. En 2009 volvieron a caer: un 2-1 que pareció un placebo para la moral herida del grupo. Por eso, ser un jugador “veterano” en Malvinas es ser un perdedor, y a pesar de que los integrantes del equipo de Betts no formaron parte de la debacle, hay otro enorme lastre con el que deben cargar a diario: las estadísticas.

Entre 2001 y 2009, la selección participó en tres ediciones de los Natwest Island Games, con un registro de pesadilla: 13 partidos jugados, 11 perdidos, dos ganados, 49 goles en contra y 10 a favor. Muchos de estos jugadores que ahora practican pases cortos dentro de los cuadrados dibujados por el entrenador son inocentes frente a esos fracasos, pero culpables de continuar por la misma ruta. En los últimos Juegos el equipo de Betts terminó en el puesto número 13 entre 14 equipos, sólo por delante de Rodas, que fue descalificada. Perder es ganar un poco.

Si se quisieran buscar motivos para explicar los malos resultados, una casilla más en la inacabable lista de adversidades, habría que nombrar también la ausencia de rivales. Todos los interesados en jugar fútbol en las Malvinas, están en el equipo, con excepción de cuatro jugadores que se encuentran en el Reino Unido. Incluso sumando a los extranjeros —quienes desean competir en los Natwest Games deben cumplir con el requisito de haber vivido al menos un año las islas—, el total de hombres no llega a 20. No importa que el fútbol lo hayan inventado en Inglaterra y que los malvineros sean culturalmente británicos. Simplemente, la población no da para tanto.

Lo mejor de tener una historia tan triste es que siempre habrá un margen enorme para la esperanza. A mitad de este año, el equipo viajará a Bermuda para encarar una nueva oportunidad en los juegos de las islas, y el director técnico pasa los días reflexionando, cuando entrena y también el resto del día, mientras trabaja como plomero en Puerto Stanley: “Hemos aprendido que no estamos listos para formar 4-3-3. Creo que lo mejor será un 4-4-2 que fortalezca nuestra defensa y nos cause menos fatiga”, asegura el circunspecto Betts, para después pedirle al arquero Ben Hoyles mayor intensidad en sus ejercicios abdominales. Entonces apunta, a manera de consulta: “Una vez un arquero de Colombia hizo una parada extraña, ¿verdad?”, y en seguida inclina su cuerpo hacia adelante y levanta atrás uno de sus talones. Respondo que es verdad, que su nombre es René Higuita y que esa jugada, el escorpión, ocurrió en el antiguo Wembley. “He was crazy”, dice Betts y sonríe por primera vez.

En el equipo de las Malvinas no hay ningún loco. Ni siquiera Andrés Balladares entra en esa categoría. Es de buen humor y hasta se podría decir que díscolo, pero su comportamiento no marca diferencias excesivas. Es de Chile, mesero en el restaurante del hotel Malvina House, y es el volante más talentoso del equipo. En la cancha tiene un único defecto —vuelve a la carga el técnico Ian Betts—: “La barriga”.

Es evidente que el equipo de las islas Malvinas no es prolijo en defensa y que en ataque padece un suplicio antes de marcar un gol. Sin embargo, como toda selección, cuenta con un goleador porque no está dispuesta a resistir más carencias. Su nombre es Wayne Clement y es un delantero eléctrico: por las tardes entrena y por las mañanas acude a reparar los daños en el sistema de energía de la casas, tomas averiadas, cortocircuitos en el cableado. Es un hombre atlético, de unos 180 centímetros de estatura, tiene ascendencia en el grupo, carga con el 10 en la espalda y no lleva la cuenta de los goles que ha anotado.

Cuando Clement tenía un año de edad, los ingleses derrotaban a los argentinos en la guerra por estas islas. Cuando tenía cinco, Maradona eliminaba a Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de México 1986, con la mano de Dios y un gol en el que fue más fuerte y rápido que cinco ingleses juntos, el mejor gol de la historia de los mundiales. Cuando Clement era adolescente y vivía en Inglaterra entró en las divisiones menores del Southampton Football Club, y cuando la vida lo llevó a las islas, fue el Maradona de Puerto Stanley.

Ahora Wayne Clement respira fuerte, caminando sobre el campo. Acaba de llegar con los demás jugadores que recorrían las calles trotando antes de comenzar a patear la pelota. Por supuesto que conoce a Maradona, aunque dice que prefiere a Messi. La guerra hizo que la mayoría de la gente de aquí no simpatizara con los argentinos, aunque el delantero estrella de Malvinas sabe que el fútbol está por encima de la política y del fuego. “La pelota no se mancha”, fue una frase que algún día dijo Maradona. Argentina falló en su intento de reivindicar sus demandas históricas de soberanía en las islas, pero ganó el Mundial de México, dice la historia.

Después de hablar, Clement se aleja hacia donde están los conos, sus compañeros y el técnico. Luego nos encontraremos en el campo, en un amistoso entre periodistas y la selección de Malvinas (ver recuadro arriba). A diferencia de la Isla de Man, ellos fueron condescendientes con nosotros. Ian Betts trazó una cancha con pintura blanca y nos dotó de uniformes e indumentaria de primer nivel, y también hizo de árbitro durante el partido.

Quizá ese día la isla haya jugado al 40% de su capacidad y quizá los jugadores hayan sentido la dicha de tener en frente a un rival exhausto de perseguir y perseguir la pelota. Nos derrotaron merecidamente con un marcador de 5-3 y al final todos fuimos felices, incluido Wayne Clement, que ese día no pudo marcar un gol.

Falkland contra periodistas

El referendo que le preguntó a la población de las Islas Falkland si deseaba conservar su estatus como ‘territorio de ultramar del Reino Unido’, convocó a un buen número de periodistas a Puerto Stanley.

La mayoría, y dada la proximidad y los antecedentes históricos, provenían de Argentina, aunque también asistieron de Chile, Colombia, España y, claro, de Gran Bretaña. La idea de disputar un amistoso de fútbol contra la selección local resultó indicada para la diversión  y la práctica de los futbolistas.

El primer tiempo terminó 3-0 a favor de las Islas, que dada la inexperiencia del rival, optó por ceder a su portero, Ben Hoyles, para la segunda mitad, que terminó 3-2 a favor de los periodistas. Hubo dos puntos claves para esa pequeña ventaja: el primero, que el viento y la inclinación del terreno estaban a favor de los periodistas en el segundo tiempo, y el segundo, que los jugadores de Falkland fueron creativos para hacer jugadas que no realizarían en competencia. El triunfo también fue del “sí” en el referendo, con el 99,8% de los votos.

La influencia inglesa

El fútbol no es ajeno a los cerca de 2.900 habitantes de las Islas Falkland. Es normal que se declaren fanáticos de algún quipo de la Premier League, que es la que más siguen gracias a la señal satelital que les llega desde Inglaterra. No obstante, a la hora de practicar el deporte, la historia es distinta: la mayoría de los habitantes son gente mayor, porque los jóvenes isleños cursan sus carreras universitarias en el exterior, usualmente en el Reino Unido. Esto, sin nombrar las difíciles condiciones climáticas de las islas para practicar el juego, especialmente en los meses de invierno.

Ian Betts, en 2011, se hizo cargo de juntar a los interesados en jugar e implantó nuevas rutinas después de que los malos resultados en competencias anteriores hirieran el entusiasmo. Él es hincha del Liverpool, admira al uruguayo Luis Suárez, aunque reconoce que si lo enfrentara, probablemente le rompería la cara por su actitud provocadora en la cancha”.