El opio sigue siendo el rey

Se espera que este año Afganistán produzca el 90% del consumo de esta sustancia en el mundo a pesar de los esfuerzos para erradicar el cultivo de amapola y sustitución de cultivos.

El cultivo de opio en Afganistán vuelve a crecer y es probable que llegue a niveles históricos en lo que resta del año. Las cifras indican que, por tercer año consecutivo, las plantaciones de amapola aumentarán en el país, a pesar de los esfuerzos internacionales para erradicar este tipo de cultivos.

Hoy en día, se calcula que apenas 14 de las 34 provincias afganas están libres de cultivos de amapola. En 2010 esta cifra era de 20. En algunos lugares del país, localizados en tres provincias, los granjeros volvieron a cultivar la planta, a pesar de los riesgos que esto representa, algo que no sucedía desde hacía una década.

Históricamente, Afganistán ha sido uno de los mayores, sino el más grande, productor de opio en el planeta. Si la situación continúa proyectándose al ritmo que lo ha hecho hasta ahora, es probable que el país vuelva a producir cerca del 90% del opio que se consume en el planeta, según los cálculos de varias autoridades.

La amapola ha sido, desde hace al menos 300 años, un compañero permanente de la vida afgana. Esto es aún más cierto si se tiene en cuenta que buena parte de la población del país (85%, según algunas estimaciones) depende de la agricultura para su subsistencia.

Históricamente, el cultivo de la planta ha sido prohibido por reyes, señores de la guerra y talibanes, quienes, por cierto, pueden haber sido los únicos en haber logrado socavar la producción en un determinado momento mediante la prescripción del cultivo como una especie de afrenta religiosa.

Lo paradójico es que, a pesar de ser ampliamente perseguido por autoridades internacionales y nacionales, la amapola ha sido tal vez el cultivo con la demanda más estable en la economía afgana. Esto si se tiene en cuenta que en tiempos de la invasión soviética buena parte de la producción agraria del país fue destruida. La amapola es para muchos campesinos la única fuente de ingresos, y una que puede llegar a ser muy rentable, incluso.

La baja en el cultivo de opio de hace unos años (debido a una combinación de mal clima y erradicación por cuenta de las fuerzas de seguridad) llevó el precio del kilogramo de opio hasta el cielo, llegando hasta los US$300, de acuerdo con un informe publicado por el diario inglés The Guardian; hoy esta cifra ha descendido a US$100, un número que aún dista de ser despreciable.

La ecuación para la producción de opio en Afganistán incluye variables como la imposibilidad para sustituir los cultivos y el constante abandono estatal de las áreas más pobres y alejadas. Según un reportaje publicado por National Geographic, Afganistán cuenta con aldeas como Sar Ab en donde la totalidad de sus habitantes, unas 1.400 personas, se convirtieron en adictos al opio por falta de un centro de salud. Bienvenidos de nuevo al medioevo.

La tarea de erradicación, aunque con ayuda de tecnologías como el reconocimiento satelital (que, de paso, es el método utilizado para calcular el tamaño de la producción de opio), es una labor que en buena parte debe hacerse manualmente. La intrincada geografía afgana, además de una especie de aceptación social del cultivo, hacen de esta misión uno más de los capítulos fallidos de la guerra mundial contra las drogas.

De acuerdo con The Guardian, de los 22 programas nacionales diseñados por el gobierno afgano para invertir los recursos de la comunidad internacional, no hay uno solo que se dedique exclusivamente a la erradicación del cultivo de amapola; esta meta ni siquiera está contemplada como un objetivo dentro de alguna de estas iniciativas.

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