El origen del califato

La organización recauda impuestos, domina granjas e instalaciones petroleras en varios puntos claves en este país. Todas estas operaciones le han permitido sostener la guerra en Irak.

El desorden inducido por la guerra civil en Siria ha sido el caldo de cultivo perfecto para los grupos islamistas. / AFP

El momento estrella del Estado Islámico (EI), el grupo islamista que hoy controla áreas de Siria e Irak, llegó en junio de este año, cuando se hizo con el control de la ciudad iraquí de Mosul. Desde ahí, la organización yihadista ha acaparado titulares casi todos los días por su buen desempeño militar (que hizo huir al ejército de Irak hacia el sur del país) y su extremismo religioso, que se expresa en una violencia ejercida con una disciplina aterradora.

El EI no es una creación espontánea, claro, y, como una parte de los males actuales de Oriente Medio, su éxito y su crecimiento se explican a través de la guerra en Siria, conflicto que con tres años de duración continúa sin una solución a la vista.

Antes de ser el Estado Islámico, antes incluso de mutar de nombre (pues se hizo conocido bajo el apelativo de Estado Islámico de Irak y el Levante), la organización era una rama más de los grupos islamistas que poblaron el conflicto sirio, como el Frente Al-Nusra (representación de Al Qaeda en Siria), entre otros. Como parte de ese escenario, EI participó en la repartición de posiciones y recursos en el pillaje propio de una guerra civil. Su gran empujón, sin embargo, vino al llegar a controlar la ciudad de Raqqa, capital de la provincia siria del mismo nombre.

Allí las cosas fueron cambiando, pues el EI comenzó a establecerse como lo que su nombre promulga: una administración islámica, así su visión sea tan extrema como para crear diferencias entre este grupo y Al Qaeda. Las diferencias se tornaron en divisiones y el EI empezó a operar enteramente por su cuenta y riesgo. Al menos hasta cierto punto, se cree que el grupo estuvo financiado por Catar y Kuwait, países que se oponen al régimen del presidente sirio, Bashar al Asad; no resulta claro si estas naciones continúan apoyando las finanzas de la organización.

En Raqqa no hay iglesias cristianas, pues todas fueron reconvertidas en centros islámicos o en edificios administrativos (ninguna, claro, posee cruces o símbolos religiosos). Hay policías de tránsito en las calles y, como sucede generalmente con una fuerza armada invasora, el crimen parece haberse desvanecido a través de ejecuciones o amputaciones de miembros para los ladrones, todos actos muy públicos de una organización que ha entendido el valor de la propaganda para su proyecto político.

Para ser un grupo cercano a su público (foros en internet, cuentas de Twitter y videos en Youtube o en otras plataformas en donde hablan los mártires de la causa), sus finanzas son un asunto más bien oscuro. Algunos cálculos estiman que, antes de su expansión en Irak y la toma de Mosul, principalmente, el EI poseía bienes y efectivo por orden de US$900 millones; hoy se cree que la cifra podría estar cerca de los US$2 mil millones después de haber extraído US$400 millones de una sucursal del banco central de Irak.

No se trata sólo de controlar posiciones, sino también recursos, incluso cuando los recursos son la gente. En Raqqa, los pobladores pagan impuestos, especialmente los comerciantes, para financiar la electricidad, el agua y la seguridad: US$20 mensuales es la tarifa, al menos para los negocios. Un habitante de la ciudad le dijo al diario inglés The Guardian que esta tarifa es menor que los sobornos que debía pasarle a la administración de Al Asad para obtener los mismos servicios.

Además de Raqqa, el EI controla dos cruces fronterizos, como mínimo, que hoy resultan claves a la hora de mover tropas y equipos entre dos países que, en su visión, son parte de un califato anterior a la repartición europea de Oriente Medio. Su influencia se extiende hasta la localidad de Deir Hafir, que no dista mucho de Aleppo, bastión insignia de los rebeldes sirios, que en una buena parte se oponen a Al-Nusra y al Estado Islámico.

El territorio del EI en Siria (que incluye porciones del noreste del país) también le ha entregado granjas, instalaciones petroleras y equipo que solía ser del gobierno y hoy es vendido para financiar la guerra para instaurar el califato. Se calcula que cerca del 80% de los extranjeros que luchan en la guerra siria se han unido al Estado Islámico y estas incorporaciones también resultan buen negocio, pues los pasaportes de los combatientes se venden bien en la frontera con Turquía, principalmente en el caso de europeos. Según el Centro Internacional de Radicalización, en Londres, más de 1.900 europeos han ido a pelear a Siria. Los documentos de uno de estos militantes pueden llegar a comercializarse por US$8.000.

 

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