El país que gobierna Rousseff

La mandataria propuso un pacto nacional de combate a la corrupción y una investigación rigurosa de los desvíos en Petrobras.

La presidenta brasileña, Dilma Rousseff (izq.), junto a su hija, Paula, durante su posesión. / EFE

Existen un país real y un país de fantasía. La presidenta Dilma Rousseff, pasados los fuegos de artificio de las promesas electorales, necesita mirar ahora a los ojos al país desnudo, al de verdad, que es el que deberá gobernar. Es a ese Brasil al que deberá brindar esperanza, ya que parece iniciar 2015 entre el desencanto y el temor de tener que hacer frente a un momento amargo de austeridad económica. Dilma deberá gobernar un país dividido que le otorgó la confianza.

Ese país separado por unos pocos millones de votos no es, sin embargo, un país rasgado. Es el mismo Brasil. Los que le dieron su voto y quienes se lo negaron tienen un mismo sueño: el de un futuro mejor para ellos y sus hijos. Puede ser un país dividido entre dos formas de gobernar, entre dos ideas políticas, pero unos y otros quieren apostar por una sociedad cada vez más de todos, donde no falte lugar para nadie y donde ningún ciudadano sea discriminado por ideas, color o sexo.

Los brasileños están más unidos en la estima a su país de lo que puedan imaginar los políticos. Son hijos de una tierra que aman. Lo hacen con la misma intensidad quienes votan por uno u otro color político. Lo que les disgusta, sobre todo a los jóvenes que son el Brasil del mañana, es la hipocresía, la mezquindad y la falta de ética de los que deberían ser ejemplo de vida porque en ellos han confiado al votar.

Tanto los brasileños que reeligieron a la presidenta como los que hubiesen preferido una alternancia piensan lo mismo sobre la corrupción política, sobre la deslealtad, sobre los abusos de poder y sobre la falta de participación de la sociedad en la gestión pública.

Dilma tendrá que saber que gobernará de nuevo para un país cada vez más informado que está creciendo y sabe leer las cosas de otro modo, no con las lentes de su atávica resignación. Cada nuevo presidente, de ahora en adelante, tendrá mayor dificultad para gobernar a los brasileños porque tendrá ante sí a un pueblo que se está despertando de un largo letargo, que no acepta órdenes pasivamente y que ha adquirido mayor capacidad de vigilar al poder.
Puede que sea más duro y complejo para el que gobierna. En este caso para Dilma, que en estos cuatro años será observada por una nueva oposición democrática con la que tendrá que convivir sin estigmatizarla.

Su trabajo no será fácil, pero al mismo tiempo puede ser un desafío gratificante. Ahora que vuelve a ser la líder de los 200 millones de brasileños, Dilma tiene la tarea y la obligación de tomar decisiones coherentes con sus promesas y ser capaz de corregir los desaciertos que le negaron una victoria más amplia. Quizá pueda reconquistar, con alguna sorpresa inesperada, a los que prefirieron otro candidato.

Por lo que conozco del alma brasileña, tengo la convicción de que no debería ser tan difícil gobernar a un pueblo que desea que se le quiera, que se le reconozca su dignidad, que se le respete y que no se juegue con él pensando que lo aguanta todo. Ese es el Brasil al que Dilma deberá mirar a los ojos.

Esa nueva faceta histórica supone la mayor esperanza en la construcción de un país que necesita sacudirse el desencanto de hoy con la convicción de que algo nuevo, distinto y mejor se está forjando a pesar de su crisis ética y económica.

Ignorarlo por creer que Brasil seguirá siendo el eterno satisfecho que ya ha recibido bastante, o querer negar que algo nuevo acaba de germinar en esta sociedad rica en sueños, podría acarrear vientos de tempestad.

La sociedad brasileña está cambiando más de lo que pueda parecer. El Brasil condescendiente con los viejos malandros, satisfecho con tal de que se le deje vivir con su jeitinho, está agonizando. Está surgiendo un país diferente, más exigente, quizás menos cordial y hasta más violento, pero más moderno y realista.

Es posible que el prestigioso antropólogo Roberto DaMatta, que desentrañó como pocos la idiosincrasia del brasileño dividido entre la casa y la calle, tenga que repensar la nueva sociedad que está naciendo donde muchas puertas y ventanas se están derrumbando. Ha encontrado una nueva forma de salir a la calle, usar las redes sociales, donde empieza a hacerse más política que en los gabinetes presidenciales.

Es el Brasil que empieza a caminar, aunque aún de puntillas, por los nuevos caminos de la modernidad que asusta a la vieja política. Dilma deberá gobernar estos cuatro años con su oído y su corazón pegados a los anhelos de los brasileños nuevos. Tendrá que recordar que, como escribe en O Globo la amada escritora Nélida Piñón: Brasil no merece un diez porque “continúa siendo víctima de la tiranía de los gobiernos”, pero tampoco un cero, porque es “un pueblo que arranca de la propia carne pedazos para alimentar a sus hijos”.

Es también a ese Brasil al que Dilma deberá saber mirar a los ojos, un país que confía más en sus propias fuerzas que en los que lo gobiernan. 

El discurso de Rousseff para su segundo gobierno

Uno de los apartes más importantes del discurso de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, ante el Congreso, para asumir su segundo mandato, fue el relativo a la política internacional. La mandataria aseguró que la prioridad en su segundo gobierno seguirá siendo la integración latinoamericana, pero sin dejar de fortalecer lazos con EE.UU., la Unión Europea y Japón.

De acuerdo con Rousseff, esa prioridad se traducirá en esfuerzos para fortalecer los mecanismos regionales de integración de los que Brasil forma parte, entre los que citó el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Países de América Latina y del Caribe (Celac). La jefa de Estado descartó “discriminaciones de orden ideológico” en la integración.

Igualmente citó como de interés de su política externa la mayor integración con sus socios en el Brics, el foro de las grandes economías emergentes integrado también por Rusia, India, China y Sudáfrica. Pese a establecer como prioridad la relación con otros países en desarrollo y emergentes, la jefa de Estado descartó que pueda restarles importancia a las relaciones con los más ricos. “Es de gran importancia mejorar nuestra relación con Estados Unidos, por su importancia económica, política, científica y tecnológica, además del volumen de nuestro comercio bilateral. Lo mismo es válido para nuestras relaciones con la Unión Europea y con Japón, con los que tenemos lazos fecundos”, dijo.

En materia interna propuso un gran pacto contra la corrupción. Aseguró que el primer paso al respecto serán las medidas que prometió en la campaña y que pretende someter a consideración del Congreso. Entre ellas citó las que permiten sancionar con rigor a funcionarios públicos que se enriquezcan ilícitamente, una destinada a agilizar los procesos judiciales por desvíos de recursos públicos y la que facilita el procesamiento de altos cargos con fuero privilegiado.

Pese a que se comprometió a combatir con rigor las irregularidades en Petrobras, dijo que la empresa, la mayor y más emblemática del país, tiene que ser defendida de amenazas externas.

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