El perdón como liberación

La sobreviviente al genocidio de Ruanda perdonó al asesino de su familia y se convirtió en un símbolo de la paz en el mundo.

Immaculée Ilibagiza es de la etnia tutsi, una minoría de la población de Ruanda que sufrió un brutal intento de exterminio por parte de los hutus, la tribu enemiga, entrenada y equipada por el ejército ruandés para acabar con ellos y “solucionar todos los problemas de Ruanda” —como lo afirmaban ministros del gobierno de Jean Kambanda en 1994—. Entre 50.000 y un millón de personas murieron y otros tantos millones tuvieron que huir del país, mientras la comunidad internacional era indiferente a la tragedia que tenía lugar en esa nación africana.

Ilibagiza sobrevivió durante el genocidio escondida en un baño, mientras su familia era masacrada en el pueblo de Mataba, al sur del país. Cuando salió, fue a la cárcel y decidió perdonar al asesino de sus parientes. Su mensaje de perdón y reconciliación le ha dado desde entonces la vuelta al mundo. Ha escrito seis libros y entre ellos el mundialmente reconocido Sobrevivir para contarlo: descubriendo a Dios en medio del holocausto de Ruanda.

El 1º de agosto Ilibaguiza estará en Bogotá, compartiendo su experiencia en el ‘Foro para la reconciliación. Sin perdón no hay futuro’ de El Espectador.

¿Cómo sobrevivió al genocidio de Ruanda?

Un día anunciaron que iban a matar a todos los tutsi. Mis padres me pidieron que me escondiera donde un vecino que pertenecía a una tribu que no estaba siendo eliminada. Allí me escondieron en el baño y me dijeron que no saliera; no querían despertar sospechas. Luego llegaron otras siete mujeres a donde yo estaba. Era un baño de un metro por metro y medio, muy pequeño. Al principio pensé que iba a estar allí tres días, una semana, o un mes. Pero permanecimos encerradas allí, en completo silencio y con muy poca alimentación, durante tres meses, desde abril hasta julio. El dolor y la angustia no venían tanto de las condiciones físicas del lugar, sino de no saber cuándo terminaría el encierro. Entre más pasaba el tiempo, más me preguntaba si iba a morir ahí.

¿Qué hizo durante esos tres meses de encierro?

Sobre todo, rezar. Al principio estaba muy confundida, tenía mucha ira, angustia, miedo... me preguntaba si podría haber hecho algo por mi tribu en vez de esconderme. Luego empecé a orar de una manera muy profunda, buscando el sentido de que los humanos estén en la tierra. ¿Por qué la gente muere? ¿Por qué algunos consideran que su victoria es la muerte de los otros? ¿Qué fuerzas hubieran podido evitar el genocidio que estábamos sufriendo? Todo me llevaba a una sola respuesta: si sólo pudiéramos cuidar unos de los otros, respetar el dolor y el destino de los demás, las cosas serían distintas.

¿Tenía noticias de lo que estaba ocurriendo afuera?

Sí, le pedí al hombre que nos estaba escondiendo que pusiera un radio afuera. Sintonizaba la BBC, la radio nacional y otra emisora con las voces de quienes estaban siendo eliminados. Cada día escuchábamos las tres perspectivas de lo que estaba pasando. Sabíamos cuando unos u otros mentían según sus intereses. Así escuchamos cómo el Gobierno, ministros y líderes del país ofrecían premios para que la gente siguiera matando. Recuerdo que el presidente que se tomó el poder durante el genocidio le dio 400.000 francos ruandeses a la gente de mi pueblo por haber hecho un buen trabajo.

Era como el holocausto nazi, con Hitler afuera dando órdenes. Los líderes políticos salían en televisión y radio diciendo que había que acabar con todos los enemigos del país, es decir los tutsi. Una vez un hombre dijo: “No se olviden de los niños, los hijos de las serpientes siguen siendo serpientes, el hijo de una cucaracha es una cucaracha, no se olviden de eliminarlos”. Prometía que cuando acabaran con la gente sucia iban a vivir en un paraíso.

¿Qué pasó cuando salió del encierro?

Los árboles y las montañas todavía estaban allí, pero las casas y la gente no. Unos soldados franceses estaban ayudando a los sobrevivientes. Seguimos al hombre que nos había escondido, estábamos desnutridas, yo podía ver cada hueso de mi cuerpo. Nos llevaron a un campo de refugiados donde vi a alguien cercano a mi familia y le pregunté por ellos. Todos habían sido asesinados. El único que sobrevivió fue un hermano que estaba fuera del país. En el campo de refugiados encontré a una mujer que conocía a mi madre y me llevó a una casa en la ciudad; allí encontré un primer trabajo con Naciones Unidas.

¿Cómo perdonó al asesino de su familia?

Se pusieron a prueba todas las reflexiones y oraciones que hice mientras estaba encerrada. Fui a la prisión donde él estaba y le ofrecí perdón. El hombre sabía que había actuado mal, estaba arrepentido, confundido, no tenía esperanzas. Otro hombre que estaba presente se enfureció al ver que yo estaba perdonando a un asesino. Le dije que sólo quería liberarlo para que pudiera seguir con su vida, quería dejarlo libre de su arrepentimiento. Así me liberaba yo también de la ira, de las ansias de tomar venganza. Cuando perdonas decides ser más inteligente, evitar que las personas que te pueden herir lo vuelvan a hacer. Ellos no tienen que disculparse, se trata de tu propio camino. Después de que lo perdoné el hombre ni siquiera pudo volver a mirarme.

¿Cuál es el mensaje que lleva por el mundo?

Es mucho más difícil empezar un proceso de reconciliación para quien ha sido victimario, porque en general creen que merecen todo el castigo, están resignados y sin esperanza, por eso pueden seguir actuando mal una y otra vez. A los que fueron ofendidos los animo a perdonar, ellos pueden liberar a los que han hecho mal.

También llevo un mensaje de esperanza a quienes piensan que están en la peor situación, como yo lo estuve alguna vez. A ellos les digo que siempre hay una oportunidad de seguir adelante. A los que han perdido a sus seres queridos les digo que la gente viene y se va; a uno sólo le queda su propia vida. Si uno aún puede respirar, entonces hay que levantarse, actuar, hacer el bien, cuidar de los otros.

Además, digo que el perdón sirve para dejar la ira. Yo vivía con tanta ira que me estaba matando. Tenía dolor de cabeza y problemas de estómago. Sólo cuando puse las cosas en perspectiva y recordé el mensaje de mis ídolos, que son Nelson Mandela, Gandhi, la madre Teresa, y me pregunté por qué me estoy poniendo al nivel de los malos, deseando la venganza y alimentando la violencia, en vez de buscar la paz, que es lo que realmente quiero, empecé a aliviarme. Quiero contribuir a la paz, no a la destrucción.

¿A través del perdón se liberó de traumas psicológicos?

Sin duda. Cuando empecé a trabajar en la ONU, después del genocidio, muchos me insistían en que visitara a un psiquiatra. Seguí sus consejos y hablé durante muchas horas con un terapeuta. Estaba sorprendido; decía: “Usted no está afectada, no sé qué le pasó. Lo único que extraña es el afecto de su familia”. Fue el perdón lo que me llevó a liberarme de los traumas de la guerra y seguir con mi vida. El terapeuta me dijo que la manera más segura para tratar la carencia de afecto era dando afecto a la gente que más lo necesitaba, como los huérfanos, los enfermos... así lo hice y funcionó.

¿Ha vuelto a Ruanda últimamente?

Sí, la situación es buena teniendo en cuenta que estamos saliendo de un genocidio. Hay un ambiente de perdón. Las diferencias entre identidades tribales ahora han desaparecido, todos somos ruandeses, no tutsis o hutus. Si embargo, hay heridas abiertas, muchos aún lloran la muerte de sus familias, pero el sentimiento discriminatorio se da en casos individuales, no en público.

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