El precio de tanto amar

¿Qué si me declaro culpable? Desde luego, señor juez. Ya me esperaba una pregunta tan obvia en este circo que usted preside. Eso sí, si a bien lo tiene, me disculpa la falta de respeto.

Juan Carlos Velásquez
Juan Carlos Velásquez

Soy culpable, su señoría, y no se preocupe que ya despaché para la casa a los “tinterillos” esos que tenía de abogados y me insistieron hasta el despido que alegara demencia temporal. Yo tengo mucho de todo pero ni un cabello de demente.

Dementes ustedes, empleados, que se pasan de largo la vida haciéndole caso a gente como yo, agachando la cabeza apenas levantamos la voz frente a su incompetencia, rumiando en los pasillos la envidia que les producimos. Cavilando y cavilando cómo nos quitan lo que por orden de Dios nos corresponde y jamás sabrían disfrutar. Una vida como la de ustedes sí que es cosa de locos. Debe arder mucho ser tan pobres diablos.

Y eso era Jacinto, “su señoría”, un pobre diablo menos educado y cien mil veces más bello que usted. Con todo respeto.

El miserable más hermoso de mi multinacional. Un pedazo de carne en su punto exacto. ¿Si le alcanza el sueldo para comer carne de calidad? Ahorre, juez. Yo sé porque se lo digo.

“Buenos días, patrón”, saludaba cuando apenas era un campesinito que no pudo más que llegar a la ciudad, de esos que son dichosos con cargar cajas todo el día, beber cerveza hasta llegar a la cloaca y meter toda su miseria en el asqueroso sexo de la asquerosa mujer.

Un Charles Atlas sin una buena rienda. No sé por qué la sucia de la esposa llora tanto y me lanza miradas de odio. A Jacinto yo le di vida y por eso quitársela fue todo un placer.

Por supuesto Jacinto es un nombre de quinta. El día en que sentí por primera vez la firmeza de sus nalgas le ordené llamarse Joyce.

“El patrón se está equivocando”, fue lo que me dijo en esa triste bodega donde se desperdiciaba. “Te estás equivocando tú, hermoso”, fue lo único que pude decirle con semejante antojo que tenía. Tres billetes de 50 mil, tan solo eso, quebraron el hielo entre nosotros.

Sí, señoría. Cierre la boca. Dejé el pago en el bolsillo de la camisa y procedí a bajar el pantalón. Rebautizado con toda la gloria del Espíritu Santo.

A Joyce no le costó trabajo aprender. Un simio bien vestido casi puede parecer una verdadera creatura del Señor. Marqué las directrices y mi campesinito las atendió: ¡Nunca!, jamás tener aliento de cerveza; ¡nunca!, por nada atreverse a contradecir a su dueño; y desde luego, antes que todo, solo abrir la boca cuando se le indique. Yo ya tenía a los chicos del club para conversar. Joyce era pieza de uso y exhibición. Si ustedes los pobres no fueran tan moralistas, le hubiera puesto un collar de perro. Sin duda era una mascota encantadora.

¡No, juez! No voy a ir a ningún punto para darle gusto a su gallinero. La historia fue corta pero bella, así que tómese su tiempo para escucharla.

Joyce y yo fuimos la pareja ideal con rapidez. Él dejó de hacer porquerías con la mujer, yo casi no salía de la bodega de mi compañía, él aprendió modales de buen cristiano, yo tuve el placer indescriptible que describen los poetas. Él entendió el significado de la palabra millones y yo, me confieso culpable, poco a poco me le iba entregando.

¿Que por qué hice lo que hice? ¿Eso que usted vulgarmente reduce a nueve puñaladas?

Pues lo hice por lo que pasa todo lo que pasa en el planeta. Por amor. Por esa peste que envenena todo lo que está pasando bien. Ese invento de ustedes los sarnosos para levantarse día a día y seguir llegando a malvivir en lugares como este, en los que sólo se respira mierda.

Mi Joyce no pudo ser excepcional. Volvió a ser Jacinto. Esa noche me besó en la boca como si fuera de mi clase. No tenía la intención de acuchillarlo pero supe que era inevitable cuando complementó la ofensa con un patético “lo quiero”.

Le doy gusto, su señoría. Ya no deseo hablar más. Tengo cosas realmente importantes de que ocuparme. Tenga usted la bondad de ordenar que me quiten estos grilletes y envíeme la cuenta a la oficina. La secretaria se encarga. No soy un chancho como usted… como todos ustedes.

Yo sé que debo pagar.