El presidente al que nadie le dice que no

Recep Tayyip Erdogan resistió a los tanques y los helicópteros de los sublevados, mientras su destino se escribe en los libros de historia. Pretende seguir siendo el máximo líder político de los turcos al menos hasta 2023.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en medio del primer ministro, Binali Yildirim, y el jefe del Estado Mayor, Hulusi Akar, dos de sus pocos aliados, claves para sofocar la intentona golpista. / AP
El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en medio del primer ministro, Binali Yildirim, y el jefe del Estado Mayor, Hulusi Akar, dos de sus pocos aliados, claves para sofocar la intentona golpista. / APFoto: AP

El pequeño séquito del presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, estaba inquieto desde hacía varios meses. En febrero, sus preocupaciones llegaron al punto máximo y decidieron advertir a su líder —que tiene una mínima tolerancia a las críticas— de la inconveniencia de que el ejército recuperara la influencia en los asuntos del Estado. Más aún cuando el propio Erdogan fue el encargado de marginar a los uniformados durante los últimos 14 años.

Desde que se convirtió en primer ministro en 2002, Erdogan desató una lucha de poder con los militares, una institución clave en los últimos 50 años de historia turca y que dio golpes de Estado en 1960, 1971, 1980 y 1997, “para mantener el respeto a los valores laicos del Estado creado sobre la base de los postulados del fundador de la República Turca, Mustafá Kemal Atatürk”. Erdogan representa la burguesía musulmana moderada y neoliberal.

Las relaciones eran tan tensas que en 2007 lanzaron un duro mensaje contra las políticas del gobierno islamista del entonces primer ministro a través de un comunicado publicado en su página web, conocido como el “e-golpe”. Luego llegó la reforma constitucional de 2010, promovida por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), cuyo líder fundador es Erdogan, en la cual se determinó reformar la legislación para que los militares pudieran ser juzgados en tribunales civiles.

La década de crecimiento económico que tuvo Turquía bajo su dirección acalló durante años las voces críticas dentro del Ejército y el país, en donde la oposición ha sido fuertemente golpeada. Con Erdogan se acabó de pagar la deuda al FMI, se impulsó la economía hasta el puesto 17 mundial y los turcos vieron florecer infraestructuras en todo el territorio. Eso sumado a la fortaleza de su partido y al creciente respaldo interno que ganaba Erdogan. Pero en el seno de la milicia, sobre todo entre los miembros de la élite urbana y nacionalista, crecía el inconformismo.

La molestia se fue enquistando al ver la fortaleza del AKP, que se ganó el apoyo de la Policía y de la Rama Judicial. En 2013, en los llamados Procesos de Ergenekon, Erdogan terminó llevando a los tribunales a cientos de oficiales acusados de golpismo. Entonces el todavía primer ministro sintió que se había librado de la bota castrense, que terminó asumiendo un papel de simple espectador. Los generales se limitaron a obedecer al político.

Hasta hace unos meses, cuando las presiones internacionales hicieron resurgir a la institución en los altos círculos del poder. Erdogan, que se convirtió en presidente con más del 55 % de los votos en 2014, tuvo que buscar su apoyo para consolidar el papel de Turquía en la arena internacional. Fueron las fuerzas armadas las que presionaron al presidente para enviar tropas a Siria y lo impulsaron a mejorar sus relaciones con los líderes occidentales.

Turquía aceptó en julio pasado que la base de Incirlik fuera utilizada por la coalición contra el grupo Estado Islámico. Erdogan se había negado hasta entonces a actuar masivamente contra los yihadistas. Estados Unidos tiene desplegados en esa base aviones no tripulados, una docena de aviones de ataque a tierra A-10, un escuadrón (generalmente seis aparatos) de aviones de guerra electrónica Prowler y aviones aprovisionadores, de acuerdo con el Pentágono.

Según analistas, el Ejército turco es la segunda fuerza militar de la OTAN por capacidad de combate. Y aclaran, “es una fuerza que, además, tiene su propia postura política y, al menos según se desprende de las declaraciones de los militares, nunca estuvieron en la misma línea de Erdogan”. Pero nadie se atrevía a diferir —no en público— con el mandatario, el más poderoso de la historia turca. Yasar Yakis, exministro y exaliado de Erdogan, señaló antes de salir de su cargo que en el Gobierno no hay nadie que le lleve la contraria. “No veo a nadie alrededor de Erdogan que pueda decirle no, que pueda cuestionarlo. Este tipo de círculo íntimo es el que empuja a los líderes a la catástrofe”.

El viernes, un sector de las fuerzas armadas no aguantó más y se lanzó a una aventura golpista, que fue sofocada horas después. Aprovechando que el presidente estaba de vacaciones en el balneario de Marmares, en el sur de Turquía, se armaron de tanques y artillería pesada y tomaron el control del palacio presidencial, la televisión oficial, el aeropuerto de Estambul, puentes en Ankara y el Parlamento.

Los golpistas tomaron como rehén en Ankara al jefe del Estado Mayor, Hulusi Akar, nombrado en el puesto en 2015, durante el consejo militar supremo, la reunión entre las cúpulas del Gobierno y las fuerzas armadas que cada año decide las promociones y expulsiones del ejército. Justamente este año, con las advertencias sobre el golpe que se fraguaba en las filas, la Presidencia tenía un plan para retirar de la milicia a sus críticos. No lo aplicó, pero dejó al mando a uno de los pocos leales: Akar, a quien Erdogan sentía cercano y menos tolerante con los islamistas.

De acuerdo con la prensa local, Akar fue clave para el contragolpe. Él y un puñado de comandantes militares lograron devolver a Erdogan al poder. Ibrahim Yilmaz, comandante del séptimo cuerpo del Ejército, expresó a la radio su lealtad al orden constitucional y se pronunció contra el golpe, que calificó de grave error. El general de la Gendarmería, Arif Çetin, comandante de la policía militarizada, también condenó el intento de un grupo de uniformados.

La calle tampoco respaldó la intentona golpista. Varios miembros del Gobierno llamaron a los turcos a salir a la calle para frustrar la toma. Y así fue. Miles de personas se volcaron a las principales avenidas y se pararon frente a los tanques militares. Alí, un orgulloso habitante del barrio de Besiktas, en Estambul, dijo que el país no quiere otro golpe de Estado. “Este país ha vivido tantos golpes, estoy en contra. No va a funcionar”, señaló mostrando su tatuaje con el rostro de Atatürk, que expresa su amor por el fundador del Estado turco moderno. Su amigo Basak estuvo de acuerdo. “Este país ha visto muchos golpes y no estamos listos para otro”, señaló.

Incluso la oposición turca, que ha señalado la agenda oculta de Erdogan —un régimen autoritario que desprecia las minorías, los disidentes y los inconformes— condenó el golpe. “Este país ha sufrido mucho por golpes (militares). No necesitamos que estos problemas se repitan”, dijo el líder del Partido Republicano del Pueblo (CHP), Kemal Kiliçdaroglu, en un comunicado.

Minutos después, el Servicio de Inteligencia de Turquía anunciaba el fracaso de la intentona golpista, que dejó, según el balance parcial, 17 policías muertos, 120 soldados detenidos y 50 altos mandos presos. “Fue una iniciativa idiota abocada al fracaso”, declaró el primer ministro Binali Yildirim, al tiempo que Erdogan sobrevolaba Estambul en su avión en la madrugada del sábado: “Van a recibir la respuesta de la nación y van a pagar un alto precio por actuar contra la nación. No les vamos a ceder el campo. Pronto vamos a eliminar esto”, dijo.

Rodeado de sus más estrechos colaboradores, el jefe del Estado venció a sus opositores y resistió a los tanques y los helicópteros de los sublevados, mientras sus destino se escribe en los libros de historia. Recep Tayyip Erdogan pretende seguir siendo el máximo líder político de los turcos al menos hasta 2023, cuando se conmemora el centenario de la Turquía moderna.

Después de esto seguirá promoviendo el culto a su personalidad, algo habitual en numerosos países de Oriente Medio. “El mandatario incluso impone moda. Todo pro AKP que se precie se deja el bigote a medio rasurar y tiene en su armario la americana gris a cuadros que Erdogan luce en sus momentos triunfales”, señalan analistas en el periódico El Mundo de España.

“Todo lo sucedido es un gran regalo de Dios para nosotros, porque permitirá limpiar el ejército”, dijo antes de dar por concluida la aventura golpista. Pero como reveló un estrecho colaborador suyo al embajador de Estados Unidos en Ankara: “Tayyip sólo cree en Alá... pero no se fía ni de Dios”.