El pulso egipcio

El enfrentamiento entre el presidente Mohamed Mursi y la cúpula militar apenas comienza. La inexistencia de un Parlamento le hará más difícil la labor de gobierno.

El nuevo presidente egipcio, el islamista Mohamed Mursi, ha suscitado numerosos interrogantes sobre el próximo papel de la principal potencia árabe en Oriente Medio y, en especial, la redefinición del conflicto árabe-israelí. Mursi, que anunció poco después del triunfo electoral su desvinculación del partido Libertad y Justicia —dependiente de los Hermanos Musulmanes—, habrá de hacer frente durante la próxima legislatura a la cúpula militar que rige los destinos del país.

Es esta Junta Militar, que mantiene firmes vínculos con Washington y no desea una escalada de tensión con el vecino Israel, el principal escollo para una posible reactivación de la política exterior egipcia hacia posturas más implicadas con la causa palestina, por un lado, y la adopción de una línea de acción menos beligerante hacia Irán, por otro. Mursi había alimentado determinadas suspicacias con unas declaraciones a medios iraníes en las que apoyaba un refuerzo de las relaciones con Teherán y una revisión de los acuerdos de paz de Camp David. Declaraciones que, de todos modos, su oficina matizaría después.

En cualquier caso, los retos de Mursi son eminentemente domésticos. Para los egipcios la prioridad es combatir la pobreza, que afecta a cerca de la mitad de la población, crear puestos de trabajo para una población muy joven y sin expectativas de futuro, poner coto a una corrupción endémica y, en resumen, reducir los vergonzosos índices socioeconómicos y culturales, como los de alfabetización o acceso a electricidad y agua potable, que lastran el desarrollo de Egipto desde hace décadas.

Pero, por desgracia, en esta región del planeta el factor geoestratégico y los juegos de poder internacionales se ponen en primer lugar. Por esta razón, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas e instituciones directamente ligadas a él, como el Tribunal Constitucional, adoptaron medidas concretas para recortar los poderes del presidente Mursi. Es significativa la enmienda constitucional que impide que el presidente declare la guerra o las potestades y blindajes que se le reconocen al Ejército, todo ello en detrimento de las atribuciones presidenciales.

Así las cosas, nos dirigimos inevitablemente hacia un enfrentamiento directo entre Mursi y la dirección castrense. No sólo por las atribuciones que conservan los militares y los convierten en los verdaderos gobernantes del país, sino porque la inexistencia de un Parlamento, hasta las elecciones de dentro de unos meses, muy probablemente va a permitir al Tribunal Constitucional legislar en contra de los intereses presidenciales. En este contexto, los simpatizantes islamistas y las corrientes laicas recelan de la continua militarización de la vida política egipcia; y, si bien ahora mismo la política exterior ocupa un lugar secundario para la mayor parte de los egipcios, la falta de espacios en el ámbito interno y las fricciones constantes con los militares, los grupos revolucionarios seculares, e incluso con sectores islamistas radicales, puede impulsar a Mursi a reivindicarse en el exterior ondeando el siempre delicado estandarte de la cuestión palestina o el debate actual sobre las revueltas árabes.

En este último, los Hermanos Musulmanes egipcios tienen mucho que decir y poner en el tablero. Sus estrechas relaciones con Hamás en Gaza suscitan gran preocupación en el régimen de Tel Aviv, que ve peligrar su política de cerco hacia la Franja, a menos que los militares egipcios lo remedien; al mismo tiempo, sus conexiones con las formaciones islamistas suníes contrarias a la dictadura de Bashar al Asad, en Siria, dificultan la concreción de una alianza estable con el régimen de Irán, principal aliado de Damasco y rival de las potencias árabes del Golfo, que a su vez han realizado maniobras de acercamiento hacia los islamistas. Un panorama, como puede verse, ciertamente abstruso.

* Profesor de estudios islámicos y orientales de la U. Autónoma de Madrid.