El Reino Unido votó para salir de la Unión Europea

Más allá de los resultados de la consulta, la discusión de los británicos de quedarse o no en la Unión Europea es un síntoma de que algo grave está pasando entre los países miembros del bloque.

La Unión Europea entró en una profunda crisis por el mal manejo que le dio al tema de la migración. El referendo en el Reino Unido es un campanazo. / EFE
La Unión Europea entró en una profunda crisis por el mal manejo que le dio al tema de la migración. El referendo en el Reino Unido es un campanazo. / EFE

Es como si el mercado hubiera sabido desde antes que el Reino Unido se iba a salir de la Unión Europea: el valor de la libra esterlina cayó a precios de 1985, tras conocerse los primeros resultados a favor del Brexit. Es la muestra de la incertidumbre que se viene tanto para el Reino Unido como para toda Europa con este retiro, el primero en la historia de esta comunidad de naciones. Las consecuencias son varias: desde comerciales hasta migratorias. Y no se descarta que todos los mercados alrededor del mundo se vean afectados y que otros miembros de la UE sigan el ejemplo del Reino Unido o que, contrario a ello, algunos miembros del Reino, como Escocia, donde el voto por el Bremain fue mayoritario, decida separarse de Lóndres y unirse al bloque. Sea como sea, lo que muestra este resultado es el mal momento que pasa la Unión, quizás el peor en toda su historia. 

El euroescepticismo es una realidad que crece. De acuerdo con una encuesta del Instituto Pew, realizada en 2015 y 2016, sólo el 51 % de personas en 10 países de la Unión Europea tienen una opinión favorable de Europa. Según explica Xavier Vida-Folch en un artículo en el diario El País, “lo que está sacando a Bruselas de casillas no es sólo lo que evidenció la campaña en el Reino Unido. Lo que más inquieta es su probable papel de catalizador de otras escapatorias o de otras renegociaciones del encaje de algunos socios. Ya se habla de nethxit, el secesionismo holandés, o de visexit, su posible mímesis en los países de Visegrado (Polonia, Eslovaquia, República Checa, Hungría), casi todos ellos secuestrados por neoautoritarismos populistas. El designio clave de las instituciones europeas es suturar esa posibilidad en cascada”.

El ministro de Asuntos Exteriores alemán, Wolfgang Schäuble, reconocía los problemas y advertía que Europa tiene que cambiar para hacer frente a las corrientes euroescépticas, al margen del referendo británico. “Europa no está en una buena situación. En cada vez más países miembros, en realidad en todos, crece permanentemente el número de personas que dudan del proyecto europeo”, agregó el ministro.

En muchos casos, según Schäuble, el euroescepticimo se alimenta de las dudas que tiene mucha gente acerca de que la UE se haya adaptado a las exigencias de la globalización. Pero precisamente para hacer frente a esas exigencias es necesaria la UE, según el ministro, pues ningún país miembro puede resolver por separado determinados retos como el mantenerse al día en la revolución digital y recuperar terreno frente a otras regiones.

“Europa se forjará en las crisis”, dijo uno de los padres fundadores de la Unión Europea. Lo cierto es que la crisis ha dejado de ser algo pasajero y se ha convertido en el alma fundamental del proyecto europeo. Nadie olvida que hace un año Alemania amenazó a Grecia con expulsarla del euro. Es decir, el referendo en el Reino Unido no es el problema de la integración europa.

La crisis de los refugiados puso sobre la mesa las divisiones en el interior del organismo. Cuando el Viejo Continente se veía desbordado por la llegada masiva de migrantes, los países de Europa central se opusieron a las cuotas propuestas por la Comisión Europea para gestionar juntos aquella crisis. No fueron los únicos. El resto de países tampoco cedió competencias en materia de asilo o fue más allá de una política de refuerzo de las fronteras exteriores de la UE, o los acuerdos con países terceros para la contención de los flujos de refugiados.

Pol Morillas, investigador principal para Europa del Centro de Estudios Internacionales de Barcelona, lo explicó así: “La inacción europea se ha traducido en impasibilidad ante una crisis humanitaria que amenaza con recrudecerse conforme se acercan la primavera y el verano”.

Morillas explicaba recientemente en un artículo que la Unión es también rehén de un refuerzo de las dinámicas nacionales. El referendo de Grecia de julio de 2015 se presentó como un pulso entre Atenas y sus acreedores, que resultó en una continuidad de las políticas europeas y un debilitamiento de Grecia ante el poder de Bruselas.

El experto en asuntos europeos recordaba que otros países han optado recientemente por la convocatoria de referendos nacionales como herramienta subsidiaria para rechazar las políticas de la Unión. “Es el caso de la consulta en Dinamarca sobre la adopción de legislación europea en materia de justicia y asuntos internos (diciembre 2015) o el referéndum sobre los acuerdos de asociación con Ucrania que se celebrará en Holanda el 6 de abril. Hungría también ha prometido celebrar una consulta sobre el plan de reubicación de refugiados, con el fin de cerrar la puerta a una gestión conjunta de las demandas de asilo. Y Grecia, por su lado, amenazó con bloquear las negociaciones sobre el brexit del Consejo Europeo si los demás socios no retiraban sus amenazas de expulsión de Schengen y se comprometían a mantener las fronteras abiertas”.