El representante del papa Francisco en las Malvinas

El padre Michael Bernard McPatland reconoce que le sorprendió que Jorge Bergoglio fuera elegido como el nuevo Santo Padre.

El padre Michael Bernard McPartland. / Diego Alarcón
El padre Michael Bernard McPartland. / Diego Alarcón

El padre Michael Bernard McPartland amaneció sereno para dar la primera misa después de que se conociera el nombre del nuevo papa, al que desde ya llama Francisco. Como todos los días se levantó muy temprano para orar y en seguida liderar la eucaristía diaria de las islas Falkland, en donde él es el único sacerdote católico, apostólico y romano. Si de él dependiera, los llevaría a todos (2.600 habitantes en Puerto Stanley) a acudir a la iglesia de St. Mary´s a pesar de que sea pequeña. Cada día para el padre McPartland es un motivo de celebración y hoy en especial, porque el trono de Pedro recibe a su nuevo ocupante. Reconoce que le sorprendió que Jorge Bergoglio sea el nuevo santo padre, no pensaba que fuera hora de un latinoamericano.

Todavía no es posible medir el impacto que un sumo pontífice argentino pueda tener en la feligresía de Falkland. Una gran parte de ese 99.8% de los votantes que en el referendo de esta semana ratificaron su deseo de continuar siendo un territorio de ultramar del Reino Unido, no simpatiza con lo argentinos. Es uno de los remanentes claros de la guerra de hace más de 30 años, cuando los consideraron invasores. Aunque muchos dicen que el problema se extiende únicamente hasta el gobierno, las generalizaciones también llegan aquí, al sur, en donde se oyen chistes y por momentos palabras ofensivas contra ellos. Ahora la prensa dice que Jorge Bergoglio o Francisco I no se enfrentó a la dictadura en su país y fue la dictadura la que ordenó la ofensiva que encendió la guerra. “Creo que será cuestión de semanas –dice el sacerdote McPartland– La gente de aquí está sorprendida como yo, pero después se darán cuenta de que el santo padre no tiene nacionalidad. Pocos recuerdan que Juan Pablo II fuera polaco, o Benedicto XVI alemán”.

El sacerdote McPartland no es partidario de mezclar los asuntos de Dios con los problemas humanos, más cuando se trata de política. Además, a él no le convendría que más feligreses se alejaran de la Iglesia. Los católicos son minoría aquí y los anglicanos mayoría. Algunos domingos el único asistente a la eucaristía es Carlos, a su vez, el único colombiano que vive en las islas. Hay domingos en los que Carlos es el único que va a la iglesia, entonces se siente un tanto extraño de que la explicación del Evangelio sea personalizada y el padre se muestra muy dispuesto.

Los isleños pasan los días en paz sin que para eso les sea necesario ir a la iglesia. Viven en la tranquilidad extrema de un pueblo pequeño y en crecimiento. El 60% de los ingresos viene de la pesca y el resto se reparte entre la ganadería ovina, la agricultura y pronto, si las exploraciones dan resultado, se sumarán el petróleo y el gas a su lista de ingresos. Anualmente la economía genera alrededor de 104 millones de libras, cerca de US$ 150 millones, lo suficiente para darle un muy buen ingreso per cápita (3.000 habitantes) a las islas Falkland.

No hay gente pobre aquí y al padre McPartland le queda muy poco espacio para la caridad. Los ricos son invisibles, la gente sabe que existen y que tienen millones de libras en el banco porque han gozado de buenas conexiones con empresas que explotan las riquezas locales. Sin embargo, no residen en hogares opulentos, ni tienen carros de lujo, ni visitan lugares exclusivos simplemente porque tales cosas no existen aquí. En Falkland toda la población tiene acceso a toda la isla y eso la hace democrática.

No existen clases sociales y la gente va por igual a cualquier un bar que las carreras de caballos de diciembre. Una mala noticia para los isleños vino en la temporada anterior: debido a la poco usual lluvia de las últimas semanas de 2012, las carreras fueron canceladas el suelo estaba demasiado blando y era peligroso. Hoy el ‘race court’, esa larga explanada de pasto en donde suelen correr los animales, luce como la postal de un pueblo perdido en el olvido. La tribuna parece haber nacido vieja, se ve desolada debajo del cielo gris, mientras un caballo café de buen tamaño pasta en los alrededores. Luce un tanto desnutrido.

Seguramente al padre McPartland le generó una pequeña satisfacción que la temporada se haya cancelado y que esa pecaminosa costumbre de las apuestas descansara al menos por un año. De todas maneras la gente ha sabido encontrarle reemplazo, jugando y apostando con dardos en los bares y organizando otros concursos. Muchos de los isleños tienen un huerto en su casa y cada tanto exhiben sus vegetales para que un jurado premie a los más bonitos y saludables. También, a comienzos de año, la ciudad se reúne para competir en el tradicional concurso de ‘adivine el peso de la oveja’, en el que los participantes deben acertar cuántos kilos pesará el animal cuando le sea cortada su percudida y espesa capa de lana. El último ganador fue Carlos, el colombiano: un jugoso cheque por 10 libras.

Los isleños podrían tener muy pocas opciones de entretención, en la opinión de cualquier persona de ciudad, pero están satisfechos, contentos como es usual y sin conocer el aburrimiento. Además tienen el acompañamiento del padre McPartland desde 2002, en año en el que Juan Pablo II consideró que él era el nuncio indicado para viajar a Falkland. Él se ordenó sacerdote en Inglaterra y tras un paso por África el Espíritu Santo, como diría un creyente, lo trajo hasta acá.

Por eso el padre ha visto crecer a muchos de los hoy son adultos, niños aprendieron de la vida en el Colegio elemental hasta los 16 años, cuando viajan mayormente al Reino Unido para ir a la universidad. Si el padre quisiera, como todo isleño, podría tener acceso a las atracciones de la escuela: una piscina de 25 por 10 metros, gimnasio, un muro de squash, una cancha descubierta de basquetbol y otra cubierta que también sirve para bádminton. Una biblioteca en la que se encuentra ‘Cien años de Soledad’, Él amor en los tiempos del cólera’ y ´Crónica de una muerte anunciada’, donde hay buena literatura y donde también están los libros Paulo Cohelo. ¿Bórges, Cortázar? “No los conozco”, responde amablemente Coleen, la mujer mayor encargada de la biblioteca. Ellos dos son del mismo país del nuevo papa.

El padre McPartland se alista para comenzar la eucaristía de hoy, mientras ya dos mujeres esperan en la silla de la iglesia. Hablará Francisco y pedirá obediencia en nombre de Dios.