El terror no para en Nigeria

El presidente Muhammadu Buari prepara una nueva ofensiva militar con Chad y Níger en contra del grupo extremista Boko Haram.

El panorama tras un ataque suicida en la ciudad de Maidiguri, Nigeria. / AFP
La llegada al poder del presidente musulmán Muhammadu Buhari no ha cambiado mucho el cruel panorama de la violencia en Nigeria, donde los ataques suicidas se han vuelto tan frecuentes que ya dejaron de despertar la consternación mundial. Un atentado perpetrado ayer en Maiduguri, en el noreste del país, dejó alrededor de 50 muertos, que se suman a una larga lista de víctimas fatales generadas por el conflicto entre los extremistas de Boko Haram y las autoridades oficiales.
 
Maiduguri es la ciudad más grande del noreste de Nigeria y la capital del estado de Borno, donde nació y tiene uno de sus principales bastiones Boko Haram. Las autoridades se han mostrado débiles para proteger a la población y recuperar el control territorial en esta parte del país. Sólo durante el fin de semana pasado murieron más de 30 personas en otros ataques similares. Aunque ninguno de estos atentados ha sido reivindicado oficialmente por Boko Haram, todos coinciden con el modus operandi de esta poderosa organización, que ha vuelto a usar tácticas de guerrilla al interior del país, después de sufrir una derrota militar a finales de 2014, cuando intentó expandirse hacia los vecinos Chad y Níger.
 
Después del ataque de ayer, el presidente Buhari anunció su traslado a Maidiguri para reorientar la estrategia militar contra los extremistas y diseñar una nueva campaña que incluiría mayor cooperación con los gobiernos de Chad y Níger, que aunque lograron expulsar a una mayoría de militantes de Boko Haram de sus territorios, todavía están amenazados por su presencia en áreas fronterizas. La principal promesa electoral de Buhari es erradicar al grupo extremista.
 
Las acciones de Boko Haram, que ha jurado lealtad al Estado Islámico (EI) y ya ha declarado un califato en territorio nigeriano, han causado más de 15.000 muertos y el desplazamiento de más de 1,5 millones de personas desde 2009 en Nigeria. Una tragedia que, si sigue creciendo, puede alcanzar las dimensiones de lo que sucede hoy en Siria e Irak, donde el Estado Islámico avanza a pesar de los bombardeos aéreos de una coalición internacional liderada por EE.UU.
 
Pero Nigeria, a pesar de ser la economía más grande y el primer exportador de petróleo en África, no parece despertar tanta preocupación en las potencias. Boko Haram no opera tan cerca de Europa y entre sus militantes, hasta donde se sabe, no hay tantos ingleses o franceses como en las filas del EI. Por eso, en parte, el avance del grupo ha estado fuera del radar de Occidente.
 
Sólo cuando ha cometido atrocidades como el secuestro de más de 200 niñas que asistían a la escuela en la localidad de Chibok, o la utilización de una menor de diez años que se inmoló en un mercado de Nigeria, o la masacre ocurrida en Baga, donde habrían muerto hasta 2.000 personas según Amnistía Internacional, algunas potencias prometieron apoyar al gobierno nigeriano. Hasta ahora, sin embargo, esa ayuda internacional es insuficiente.