El terrorismo de los 'lobos solitarios'

La amenaza yihadista toma forma a través de individuos que actúan de manera autónoma, siguiendo los lineamientos de organizaciones lejanas. La toma de rehenes en un café de Sídney es el último ejemplo.

Un policía carga a una mujer tras el asalto al Lindt Chocolat Cafe de Sídney. /AFP

Occidente tiene suficientes enemigos, cruentos y amenazantes, tantos que hoy resulta difícil señalarlos. El Estado Islámico (EI) es ahora la sombra más grande que se levanta en el horizonte, pero ni siquiera esa némesis que hoy se concentra a la altura de Irak y Siria se ha mantenido en la distancia, pues de la gran referencia del yihadismo —autoproclamada califato— se han desprendido cientos de semillas, que cuando florecen tienen la capacidad de causar impacto, de oscurecer un día soleado. Individuos, o a lo sumo parejas o tríos que por decisión propia entran a combatir en una guerra de límites difusos y repiten las proclamas de sus lejanos y desconocidos patrones. Las agencias de inteligencia los llaman ‘lobos solitarios’ del terrorismo, una forma relativamente nueva de proceder para el radicalismo islámico, una especie de “yihadismo independiente” basado en la iniciativa personal de cada feligrés.

En septiembre pasado, el portavoz del EI, Abu Mohamed al Adnani, envió un mensaje por internet en el que invitada a todos los afines al grupo a cumplir con su controvertido deber ser: “Si pueden matar a un incrédulo estadounidense o europeo —especialmente a los maliciosos y sucios franceses— o a un australiano o canadiense o a cualquier otro (...) ciudadano de los países que ingresaron en una coalición contra el Estado Islámico, entonces confíen en Alá y mátenlo por cualquier medio”. Australia es Occidente, políticamente hablando, y Sídney, una de sus ciudades principales, fue el escenario del más reciente “golpe” de los ‘lobos solitarios’. Tres muertos y cuatro heridos dejó la toma del Lindt Chocolat Cafe, en Martin Place, el centro financiero de la ciudad. Un presunto clérigo musulmán de origen iraní, Man Haron Monis, mantuvo rehenes a los clientes por 16 horas en las instalaciones y al final, luego de la acción de las autoridades con un operativo de asalto, fue uno de los tres fallecidos.

La imagen de los rehenes sosteniendo la bandera negra con la inscripción en árabe: “Alá es el único dios y Mahoma es su profeta”, a través de una de las ventanas, apareció en los medios de todas las latitudes. La consigna, sagrada para cualquier musulmán, tomó el cariz del temor por la simbología que desde hace meses acompaña el actuar fundamentalista: fondo negro e inscripción blanca, usualmente blandida por hombres armados hasta la médula o en la víspera de la ejecución de algún occidental en manos del EI. Para el profesor Clive Williams, de la Australian National University, “la mayoría de estos chicos están alentados a pasar a la acción por su parte, porque el Estado Islámico ha comprendido que si se juntan para montar una red, hay grandes posibilidades de que los detecten”.

Así que el modelo actual parece ser el de mandar un mensaje a la inmensidad del todo para que quien se identifique con él comience la misión, decidida por él, quizá basada en el ejemplo de otros que se han consagrado con Alá, y ejecutarla a ritmo propio. Ya el pasado reciente dio algunos ejemplos: los hermanos Dzhojar y Tamerlán Tsarnaev, quienes detonaron bombas caseras durante la maratón de Boston; el fundamentalista Mohamed Merah, quien asesinó a tres soldados franceses, a un rabino y a tres estudiantes judíos en Toulouse, y Mehdi Nemmouche, quien irrumpió en el Museo Judío de Bruselas y les quitó la vida a tres personas.

En diálogo con El Espectador, Ignacio Álvarez Osorio, profesor de estudios árabes de la Universidad de Alicante (España), asegura que “hoy los ‘lobos solitarios’ son considerados la principal de las amenazas. Son gente que no cuenta con formación militar ni con experiencia sobre el terreno. Son ataques amateur que si bien generan impacto, ya no cuentan con la espectacularidad ni con el alto número de víctimas, que eran la apuesta de Al Qaeda. Los recursos de este nuevo yihadismo son limitados y al final son acciones a la desesperada que no desestabilizan gobiernos”.

Man Maron Monis tenía 50 años y llegó a Australia en 1996. Desde entonces, había tenido suficiente tiempo para ser investigado por enviar cartas amenazantes a las familias de los soldados australianos muertos y acusado de ser cómplice en el asesinato de su esposa. Aunque las investigaciones en Sídney comienzan ahora el largo camino del esclarecimiento, la hipótesis de su afinidad con el EI no resulta descabellada. Los 600 soldados anunciados por el gobierno australiano para combatir contra el grupo yihadista en Irak lucirían entonces como la motivación de este ‘lobo solitario’.

 

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