El Tíbet se prende fuego

Once inmolaciones se han presentado este año en contra de las represiones del ejército chino.

En protesta contra la ocupación y represión del ejército chino, los monjes budistas del Tíbet han optado por rociarse gasolina y prenderse fuego. Ya son once inmolaciones desde marzo de este año. Entre las llamas, según testigos, los religiosos claman por la liberación de su pueblo y el regreso de uno de sus máximos líderes religiosos, el Dalái Lama.

Stephanie Bridgen, directora de la organización Free Tibet, en conversación con El Espectador, cuenta que las inmolaciones han incrementado la presencia del ejército rojo en Ngaba y Tawu —provincias donde han ocurrido los sacrificios—: “es común que haya detenciones por ondear una bandera del Tíbet, por tener una foto del Dalái Lama, por enviar un mail sobre las condiciones de vida de los tibetanos”, dice.

Después de que Lobsang Phuntsog, un monje de 23 años, se prendió fuego en el monasterio de Kirti, en Ngaba, el 16 de marzo, un alto número de oficiales rodearon el monasterio y se quedaron en la ciudad. “Dos ancianos que fueron a proteger a los monjes del ejército, aparecieron muertos”, dice Bridgen. Según Amnistía Internacional, más de 300 religiosos fueron sacados del lugar. Sus familias no recibieron información. Algunos han aparecido, otros no.

Desde entonces, China introdujo el programa ‘Reeducación patriótica’ en Kirti, el mayor monasterio de Ngaba, donde viven alrededor de tres mil monjes. El programa es usado para controlar la religión y la cultura tibetanas. Los monjes son forzados a renunciar a las imágenes y creencias en el Dalái Lama, una de las más reverenciadas figuras de su religión y considerado la XIV reencarnación de Buda. Los castigos por no obedecer pueden ser la expulsión del monasterio, la detención o la tortura.

El programa también ha impuesto el chino, en vez del tibetano, como el lenguaje principal de la educación primaria. Bridgen dice que “muchos tibetanos tratan de florecer en el colegio, pero si no hablan chino no pueden acceder a la secundaria. En el campo laboral el chino es el lenguaje que impera. Los tibetanos son excluidos de los aspectos principales de la vida”.

Por esto, entre otros aspectos, el Dalai Lama dijo que la causa de las inmolaciones es el ‘genocidio cultural’ perpetrado por el ejército rojo. También cuestionó la eficacia de los suicidios y llamó a sus compatriotas a la cordura. El primer ministro del Tíbet, Lobsang Sangay, desde su exilio en India ha declarado que las inmolaciones indican el “profundo resentimiento y desesperanza de los tibetanos”.

La última en inmolarse fue la monja Palden Choetso, de 35 años. El 3 de noviembre se convirtió en la segunda mujer budista en prenderse fuego. Lo hizo en el mismo lugar donde Tsewang Norbu, una monja de 20 años, se había inmolado el 17 de octubre.

Las inmolaciones han impactado la opinión mundial, pero no han traído los cambios que esperan los tibetanos desde que se inició la ocupación china, hace 60 años. Tras el suicidio de Norbu, 27 ONG y 17 países solicitaron al Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos la intervención ante las autoridades chinas, la retirada del personal armado de Kirti, la publicación de la información de monjes desaparecidos y la liberación de presos políticos tibetanos.

Pero el gobierno de Hu Jintao juzga las inmolaciones como un desafío ‘inmoral’ a las fuerzas de su régimen. Para aplacar la consternación mundial, ayer anunció que otorgará una pensión de 120 yuanes mensuales (US$18) y pagará los gastos médicos de los budistas mayores de 60 años. Mientras tanto, mantiene una férrea censura a la prensa internacional y castiga a los tibetanos que informan al mundo de su situación: “un joven fue sentenciado a cadena perpetua por hablar de las condiciones en el Tíbet vía mail”, dice Bridgen.

Los pocos periodistas que se han infiltrado (uno de AFP y otro de Sky News) clasificaron la situación como “estado de sitio” y reportaron que, alrededor de Kirti, centenares de “policías antimotines montan guardia con ametralladoras y barras de hierro”.

El Tíbet, que es supuestamente una ‘región autónoma’, sufre bajo el peso de un país que se alza como la principal potencia mundial. El llamado de instancias internacionales no parece suficiente para detener al gigante asiático. En palabras del columnista Ricardo Eastman, “entre más poderosa sea China, más difícil será para ellos (los tibetanos) encontrar eco en el planeta para sus pretensiones. Tíbet coexiste con una tragedia que no concita voluntades en el plano internacional, ni provoca deseo de enfrentamientos entre potencias”.

Los tibetanos comparten noticias, fotografías de los inmolados, discuten sobre la represión china en internet. Bridgen asegura que, según información confiable de Ngaba, muchos más monjes budistas están listos para dar sus vidas en manifestación del sufrimiento de su pueblo.

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Daniel Salgar Antolínez

El Mundo

El Tíbet se prende fuego

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