El triunfo del Brexit: Cameron o la derrota por mano propia

El líder conservador reiteraba desde 2009 que el referendo era el medio para escuchar al pueblo. Su insistencia jugó esta vez en su contra: aunque no lo quisiera, David Cameron pasará a la historia como el líder que sacó al Reino Unido de la Unión Europea.

El primer ministro, David Cameron (der.), anuncia, acompañado de su esposa Samantha Cameron, su intención de dimitir en octubre, tras el resultado del referendo. / EFE
El primer ministro, David Cameron (der.), anuncia, acompañado de su esposa Samantha Cameron, su intención de dimitir en octubre, tras el resultado del referendo. / EFE

David Cameron ha sido un conservador singular. Apoyó el matrimonio homosexual porque creía en la familia, aunque hubiera podido obedecer las órdenes de su partido y negarse de lleno; apoyó el referendo que el viernes lo obligó a renunciar, aunque tenía la potestad de eludir su promesa. Pero su apertura genuina le propinó en esta ocasión una zancadilla rigurosa: el 51,9 % de los británicos que votaron por dejar la UE lo forzarán a comprender que, en política, la buena voluntad es la más traicionera y débil de las virtudes.

En plena caída —su mandato llega hasta octubre, cuando los conservadores se reúnen en su congreso general—, sus éxitos como primer ministro en dos mandatos han servido poco de consuelo. Al modo espartano, sacó al Reino Unido de la crisis económica y alentó la producción nacional por encima del 3 %, creó un millón de empleos en dos años, pergeñó un plan para reducir las emisiones de carbono hasta 2050 y ponderó un nuevo acuerdo con la Unión Europea para evitar el cataclismo de la separación. Pese a todo su esfuerzo, los británicos recordarán a Cameron por ser el primer ministro que diseñó y pulió la daga con que forjó su propia ejecución.

Tras la firma del tratado de Lisboa en 2009 —que figuró la nueva Constitución para los países que componían la UE—, fue él quien declaró que de allí en adelante el pueblo tomaría las decisiones. Consideró que el entonces primer ministro, Gordon Brown, había traicionado al país al rubricar el tratado. Como plan de campaña prometió escuchar a sus votantes en estas cuestiones a través del referendo, con la certeza firme de que la mayoría nunca vacilaría en permanecer en la Unión Europea. Como jefe de la oposición conservadora —los tories—, Cameron erró al interpretar los aires políticos: creyó siempre, incluso hasta los últimos meses de campaña por el referendo, que los euroescépticos serían derrotados y que el indestructible bastión europeo perviviría. “Estoy a favor de la adhesión del Reino Unido (a la Unión Europea) —dijo en 2012—, porque pienso que está en nuestro favor (…). No creo que sea tiempo de dejarla, sino de llegar a nuevos acuerdos”.

En 2009, por los tiempos del tratado, Cameron había dicho: “Nunca más debería ser posible que el gobierno británico transfiera poderes a la Unión Europea sin tener en cuenta la voz de los británicos en un referendo”. La idea no era nueva: a Tony Blair y a Brown se los señalaba ya por haber incumplido su promesa de formular un referendo sobre las condiciones en que el Reino Unido trataría con la unión. Sin embargo, Cameron pensaba que un referendo de esta magnitud serviría, por ejemplo, para eludir la posibilidad de que el Reino Unido perdiera la libra y acogiera el euro. Nunca pensó, por lo menos no en principio, que el referendo sería utilizado para aislar a su país del resto de Europa. “El lugar de David Cameron en la historia ya quedó asegurado —escribió Alex Massie en Foreign Policy—. Es el hombre que sacó al Reino Unido de la Unión Europea”.

Pero dos años después la configuración política de su país mudó, y entonces Cameron se enfrentó a la posibilidad de un referendo cuando 81 parlamentarios de su cohorte, bautizados como rebeldes, votaron a favor de un referendo que discutiera la separación. Había 100.000 firmas de peso pero la solicitud decayó. Había una crisis, Grecia iba en caída, la zona del euro se debatía entre la carencia de un plan común y la voluntad de continuar unida para enfrentar el delirio. La opción, sin embargo, estaba dispuesta: quizá no era el tiempo para llamar a un referendo, pero los partidos euroescépticos, como la formación UKIP, liderada por Nigel Farage, ganaban más espacio en el espectro político.

Cameron se inquietó por su avance y, para eludir la separación de la Unión Europea, propuso una reformulación del trato entre ambos bloques. El primer ministro, que en principio parecía rígido en su decisión de hacer un referendo para escuchar la voz popular, comprendió que el referendo debía ser la última opción en este caso y buscó la ayuda de las oficinas bruselenses para desanimar el proyecto. Para 2012, pese a todos sus esfuerzos, comenzó a mostrar los primeros signos de quiebre: dijo que apoyaría un referendo en las próximas elecciones, para 2015. Quería actuar como un buen demócrata a pesar de su etiqueta conservadora y, al mismo tiempo, frenar el ímpetu del UKIP, que pregonaba la independencia del Reino Unido, el renacimiento de su soberanía.

“No quiero sólo un buen acuerdo para el Reino Unido. Quiero un buen acuerdo también para Europa”, dijo en 2013. Ya por ese año la posibilidad de un referendo en su segundo mandato parecía segura, puesto que los diarios hablaban de aquella posibilidad como de un hecho, y sólo se esperaba que Cameron diera la orden y que el Parlamento votara. Meses antes de su elección, cuando parecía que el Partido de los Trabajadores amenazaba con sacarlo de su puesto, Cameron cedió todo y prometió que habría referendo para definir la adhesión. Así frenaría al UKIP y quizá ganaría parte de los votos de los euroescépticos, que están en todos los partidos. Su formación ganó la mayoría de los escaños en el Parlamento —330 de 650— y aun así, aunque el UKIP obtuvo una cantidad casi insignificante de escaños, Cameron insistió con la consulta. A la crisis griega y el supuesto de que el Reino Unido andaría mejor sin la carga de la Unión se sumó la crisis de los migrantes. Dentro de los tories, una resistencia política lo forzó a cumplir su promesa infame. Quizá Cameron no deseaba cumplirla, quizá se había dado cuenta ya de la exageración a que se había sometido. Sus propios colegas se encargaron de recordárselo.

“Cameron había navegado con éxito numerosos escollos desde que se había convertido en primer ministro en 2010 —escribe el periodista Greg Myre en NPR—. Iba en una seguidilla de victorias y tenía sus razones para pensar que estaba en suelo seguro de cara al referendo”. Dos años atrás Cameron había aprobado el referendo sobre la separación de Escocia, y la victoria de la continuación pudo concederle dicha seguridad. La economía crecía, tenía la mayoría parlamentaria, el Reino Unido llevaba 43 años como miembro de la unión. Un referendo similar había fracasado en 1975. Estaba claro, como en algún momento declaró el escritor Albert Camus, que aunque el Reino Unido y Europa no se quisieran, se necesitaban. Para asegurar aún más su victoria, y también para batir a sus enemigos, Cameron anunció un nuevo acuerdo con la unión que tendría efecto a partir del fracaso del referendo. Se hablaba de un estatus especial para el Reino Unido, de la reformulación de sus relaciones políticas y de limitar los beneficios de los migrantes. Cuando concertaron su nuevo acuerdo, la presidenta de Lituania, Dalia Grybauskaite, dijo: “Acuerdo listo. Se acabó el drama”.

Pero el drama continuó hasta el punto de la separación. Los acuerdos fueron insuficientes y hubo quien dijo que los cambios, de cualquier modo, habrían sido menores. En 2012, Cameron quería que su país tuviera un “consenso renovado” en su relación con el resto del bloque. En su discurso del viernes, a las 8:15 de la mañana, apabullado por la realidad, Cameron utilizó el mismo adjetivo para aceptar su derrota definitiva: “Creo que el país requiere un liderazgo renovado para ir en otra dirección”.

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