El zar, el faraón y el imperio global

Aunque medios y analistas quieran describir a Vladimir Putin y Rusia en una trágica situación de aislamiento político y económico, sus maniobras dicen lo contrario: el plan de reconstruir el imperio ruso está más vivo que nunca.

El presidente ruso, Vladimir Putin, cuando anunció el acuerdo de un alto al fuego en el este de Ucrania. / EFE

Érase una vez el año 2009. Obama acababa de ser elegido presidente de los Estados Unidos y de allí a poco habría ganado un preventivo Nobel por la paz en nombre de una esperanzadora época de paz global. Obama escogió la platea de El Cairo para direccionar su discurso de inclusión y hermandad al mundo musulmán, que había sido víctima de los estigmas globales causados por unos pocos terroristas y la guerrerista administración Bush. Los agentes de Mubarak limpiaron las calles del recorrido presidencial desde el aeropuerto hasta la Universidad de El Cairo y de allí hasta las pirámides de Giza y de vuelta el aeropuerto. Massalamah, Obama, hasta luego. Carreteras enteras vacías por casi un día entero, con inusuales flores para la polvorienta capital egipcia y señalética pintada a nuevo para el paso del rey. Los policías de Mubarak se habían acercado en los días anteriores a las barriadas por donde pasaba el recorrido y advirtieron a sus dueños casa por casa: quien salga a la calle se va al calabozo.

Han pasado casi seis años desde aquel día. En medio, una sublevación popular que llevó a derrocar a Mubarak, más revoluciones en la región, sangre derramada en enfrentamientos, elecciones y otra vez un golpe de Estado militar y la implantación “democrática” de otro régimen autoritario. Y también volvió el terror del radicalismo islámico armado a ensangrentar Egipto y a amenazar al mundo occidental después de que el poder de movilización de Al Qaeda había disminuido drásticamente.

En aquellos años Rusia levantaba cabeza, cuidaba el patio trasero de su antiguo gran imperio, y al estallar la Primavera Árabe se limitó a aceptar en silencio el ataque occidental a Gadafi, pero se opuso enérgicamente a una intervención militar en Siria. El que era prácticamente su único gran aliado en Oriente Medio desde los años 70 y un buen comprador de sus armas. Cuando hace unos días Vladimir Putin llegó en visita diplomática a El Cairo, le entregó al presidente Abdel Fattah al Sisi un Kalashnikov, el mejor representante de la industria armamentística rusa. El mensaje fue claro y recordó las espadas de Bolívar que el difunto Hugo Chávez repartió por el mundo en su intento de construir un mundo multipolar.

Estados Unidos, que sigue igualmente contribuyendo a los militares egipcios con una ayuda de US$1.500 millones en el marco del acuerdo de paz con Israel y la lucha contra el terrorismo, empezó a ver con escepticismo la continua deriva autoritaria egipcia, después del golpe de Estado militar del mismo Al Sisi. Cada día más parecido a su predecesor Hosni Mubarak, Al Sisi limpió las carreteras para su invitado de honor y puso un policía a vigilar cada póster de bienvenida al zar que salía en el recorrido.

A diferencia de Obama, que quería transmitir un largo mensaje intangible al mundo musulmán, Putin, sin decir una sola palabra y con pocas imágenes, le explicó al mundo entero que Rusia no se siente aislada, que las sanciones no le preocupan y que hasta puede permitirse sentarse a la mesa con un aliado histórico de Estados Unidos. Además puede plantearse un acuerdo de cooperación antiterrorista y planear la construcción de una planta nuclear en pleno Oriente Medio. ¿Qué mejor forma de impactar el imaginario global sobre el proyecto imperial y la potencia de la nueva Rusia?

Como si se hubiera dejado al caso, Putin voló casi directamente desde El Cairo hacia Bielorrusia, donde, aunque todos nos digan lo contrario, consiguió sacar en la negociación con los representantes de la Unión Europea un alto al fuego en Ucrania increíblemente provechoso.

Sus maniobras recuerdan, más que el ámbito militar, los actos pausados de una obra teatral. De hecho, en su visita a Egipto, en lugar de hacerse fotografiar como Obama frente a las pirámides, con gafas de sol y en pantalones cortos, Putin prefirió el traje y el protocolo de un ballet en la Ópera de El Cairo. Un escenario más apropiado para quien está convencido y quiere convencer el mundo de que está reconstruyendo un imperio global. Próximo acto, ya en preparación: America Latina.

* Doctor en estudios culturales mediterráneos y docente de la Universidad del Norte, Barranquilla.

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