Elecciones en Venezuela, un escenario turbulento

Las elecciones presidenciales de este domingo son apenas un elemento más del complejo escenario transicional en el que tan agitadamente se mueve Venezuela.

Los 'neochavistas', y sus aliados externos tratarán de que las relaciones de poder permanezcan intactas. Pero, en su interior, la coalición continuista ya no es tan monolítica como lo fue durante el largo periodo presidido por el carismático comandante.

Por su parte, la oposición, poco respaldada desde afuera, aunque enaltecida por las cifras globales logradas en octubre y las encuestas recientes, trata de proseguir por el sendero de la consolidación, pero, poco preparada para tan repentinas elecciones, echa mano de la creatividad coyuntural buscando que las corrientes de opinión terminen imponiéndose sobre el voto cautivo.

En otras palabras, son por lo menos tres las dimensiones dimensiones domésticas y tres las externas en que se irá desenvolviendo un país cuyas dinámicas internas han repercutido y seguirán repercutiendo automáticamente en el concierto hemisférico pues, al fin y al cabo, lidera la alianza más estructurada en América Latina : la Alianza Bolivariana para las Américas.

Dimensiones domésticas del postchavismo

Primera : la gobernabilidad conflictiva

Para continuar en el poder, el neochavismo tendrá que recurrir cada vez más a dos herramientas largamente utilizadas por el régimen : el asistencialismo y la persecución.

Más allá de la estructura simbólica del poder que consiste en valerse del mito de la sucesión histórica Bolívar-Chávez, del heroísmo revolucionario del comandante ( sumatoria de Ernesto Guevara y Fidel Castro ) y de sus poderes metafísico-escatológicos ( como orientador espiritual del proceso desde el más allá ), el asistencialismo se basa en la clientela, el subsidio y la 'delegación autoritaria', un cóctel ciertamente explosivo que puede resumirse en la idea de 'democracia veneradora'.

Asistencialismo con el que se busca mantener fielmente cohesionada a las bases del Partido Socialista Unificado de Venezuela ( PSUV ) pero que solo puede funcionar fluidamente si se persigue y se reprime al opositor o al disidente entendido como aquel que con su existencia legitima la perpetuación en el poder pero al que se debe mantener suficientemente sometido con el fin de que no amenace la integridad del régimen.

El problema está en que abiertas las expectativas de poder tras la muerte del caudillo, ¿ no cabe acaso pensar que la ilusión liberadora de la oposición y el afán hegemónico del neochavismo podrían chocar frontalmente y desembocar en un clima de violencia social cada vez más grave y preocupante ?

Segunda : la estabilidad inducida

La oposición ha ido superando gradualmente la enfermedad infantil de la atomización basada en intereses particulares y, gracias a la versatilidad de la Mesa de Unidad, compite ahora en condiciones cada vez más emprendedoras y desafiantes.

Pero si a fin de año solo logró la victoria en tres Estados y a duras penas su líder pudo conservar la gobernación de Miranda, ¿ estará realmente preparada para gobernar al país ?

Y lo que es más, ¿ si Capriles resulta derrotado nuevamente -ahora por Maduro-, podrá conservar el liderazgo, o las disputas con los líderes emergentes terminarán por desacelerar el ritmo conseguido hasta ahora por la Unidad Democrática ?

Como sea, la Mesa tiene hoy un reto interesante : el de derrotar al heredero del comandante, pero, en un nivel estructural -más interesante aún-, tendrá que responderse de aquí al 2018 si podrá constituirse en una alternativa verdaderamente más atractiva y eficaz que la de Maduro.

Porque, en la otra orilla, la situación del neochavismo es más compleja de lo que podría pensarse y lo que se aprecia es que al interior del PSUV las pugnas por el control de la revolución postchavista ya han comenzado, a tal punto que Diosdado Cabello ha tenido que dar muestras públicas de sumisión y apoyo al heredero, apostándole con ello, o a la derrota de Maduro el día 14, o a sucederle en el poder dentro de seis años si se respetan los acuerdos implícitos de equilibrio de poder.

Suficientemente apalancado por los militares, que lo ven como uno de los suyos, Cabello procurará mantener ese grado de influencia para refrenar los apetitos dictatoriales y hegemonizantes de Maduro, al tiempo que éste buscará, si se dan las circunstancias, que su aspiración a la reelección no sea interpretada como un simple capricho totalitario y bananero.

Tercera : la subordinación arbitral

Precisamente, son ellos, los militares, los que tienen el control interno no solo del país sino también de la coalición continuista.

Aunque la cúpula no es académicamente brillante, ni se ha destacado en el concierto internacional y, más bien, es el fruto de los pacientes cálculos depuradores del finado comandante, lo cierto es que, empezando por el almirante Diego Molero, toda ella es consciente del poder arbitral con que cuenta y lo ejerce sutil pero incisivamente.

Subordinados, pero garantes del equilibrio, los militares saben que la democracia veneradora ( la del neochavismo ) descansa en el fusil y, ya sea en los cuarteles, o en las relaciones con la milicia, la revolución es una revolución en armas que se construye y se defiende casa por casa y barrio por barrio, con lo cual, no es de extrañar que la fidelidad y el compromiso del Alto Mando dependan ahora en buena parte de la Gran Misión Soldado, esto es, el costoso programa ideado por el propio Chávez para garantizar la sumisión de los generales a cambio de incontables privilegios.

No en vano, Maduro sentenció el 5 de abril ante un auditorio eminentemente militar que " ... aquí están buscando un Pinochet y no lo han encontrado, ni lo van a encontrar, pero lo siguen buscando para que traicione el legado del comandante Chávez. "

De hecho, para asegurarse a toda costa la lealtad de la tropa, Maduro ha tenido que ir más allá de esa Gran Misión Soldado y ha puesto el énfasis en la creación de un Instituto de Investigación y Desarrollo de las Ciencias y Artes Militares porque “ ... Venezuela necesita tener una industria militar ” y, por ende, una Zona Económica Especial para el Desarrollo Militar, todo ello acompañado por la firma de una minuta para la aprobación de cuantos recursos financieros sean necesarios para las operaciones de las Fuerzas Armadas en este 2013.

Con todo, lo cierto es que el Alto Mando venezolano no está solo ni obra por su cuenta y riesgo. Si de algo se preocupó en vida el mismísimo comandante fue por hermanar a Venezuela y Cuba a tal punto que su seguridad personal así como la doctrina y la estructura de las Fuerzas se fueron construyendo en armoniosa relación con La Habana.

En consecuencia, es apenas natural que Capriles, consciente de semejante injerencismo, haya insistido una y otra vez en que una de las primeras decisiones que tomará si llega a Miraflores es, justamente, la de despedir a los militares cubanos y retomar el control soberano porque buena parte de la gobernabilidad de su país reside en la habilidad de los Castro para intervenir en los planes de la Junta Superior y del Comando Estratégico Operacional.

Dimensiones transnacionales del postchavismo

Primera : la interacción adaptativa

En cualquier caso, buena parte del futuro de Venezuela tiene que ver con Washington, y no solo por cuenta de las relaciones económicas. En medio de la incertidumbre que la muerte de Chávez ha generado, y de las altas tensiones internas y externas que tanto el neochavismo como la Mesa Unificada padecen, el papel moderador y el atractivo de los Estados Unidos serán siempre el referente global para acentuar la democracia veneradora, por un lado, o para inspirar y acompañar una genuina transición democrática, por otro.

Con reposada paciencia, sin caer en la censura o el afán intervencionista, Obama ha promovido el diálogo interno así como el entendimiento entre Caracas y Bogotá reduciendo drásticamente la posibilidad de que el Tío Sam siguiera siendo explotado por el régimen como aquel enemigo común causante de todos los males de Venezuela y contra el que era obligatorio luchar a brazo partido para preservar y consolidar la revolución.

Segunda : la interconexión funcional

En ese sentido, la sutil influencia de la Casa Blanca para reducir las hipótesis de conflicto en el área fue lo que abrió paso al entendimiento funcional entre Colombia y Venezuela así como a la negociación en La Habana entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc contando con Castro como garante y con Chávez como acompañante.

Independientemente de que el proyecto revolucionario conjunto entre las Farc y el neochavismo conduzca al acceso de la guerrilla al poder en Colombia mediante una negociación tramposa ( sin dejación y entrega de las armas, ni su disolución, ni renuncia a la violencia ), lo cierto es que el gobierno colombiano querrá que si Maduro gana, continúe prestando el mismo tipo de apoyo que Chávez le daba a la negociación, en tanto que un Capriles en el poder supondría algo así como una ‘disonancia cognoscitiva’ en el marco del proceso.

Más claro aún : el triunfo de Capriles desestabilizaría de tal modo a las Farc que, al verse privadas de ese apoyo en el que hoy basan sus capacidades, probablemente buscarían acelerar los acuerdos con el gobierno Santos para asegurarse el acceso al poder lo más rápidamente posible, buscando, con la misma celeridad, que gobiernos como el de Ecuador o Nicaragua se comprometieran a llenar el vacío dejado por Caracas a fin de no perder su dimensión internacional ni su razón de ser como agrupación armada interesada en todo, menos en ser absorbida por el sistema liberal contra el que tanto han luchado.

Tercera : interdependencia inercial e interdependencia decisoria

A mediano plazo, lo que está en juego es la influencia de Venezuela en el mundo y la influencia que otros países puedan ejercer para consolidar uno u otro modelo de desarrollo en ese país.

Por un lado, Venezuela seguirá interesada en mantener su influencia tanto en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, Celac, como en la Unión de Naciones Suramericanas, Unasur.

Pero, obligados a reorientar la economía y a superar los problemas estructurales que ya no podrán seguir siendo manejados mediante el liderazgo carismático que identificaba a Hugo Chávez, tanto Maduro como Capriles tendrán que recortar e incluso prescindir de los auxilios energéticos y del flujo incontrolado de dinero que le garantizaban a Caracas su liderazgo regional.

Dicho de otro modo, la interdependencia inercial de Venezuela, aquella que le daba al país un lugar privilegiado en el concierto internacional porque los gobiernos miembros de la Alianza Bolivariana tributaban prestigio y reputación al comandante Chávez a cambio de desbordados beneficios materiales, se verá sensiblemente alterada.

En cambio, la interdependencia decisoria, la que une íntimamente a los regímenes castrista y chavista configurando la estabilidad del régimen, se verá perfeccionada en grado sumo si Maduro conserva el poder, pero, por otra parte, será el gran dolor de cabeza para Capriles que, en caso de ganar las elecciones, buscará cambiar ese modelo de relaciones por uno en el que prime el entendimiento funcional con los Estados Unidos y las otras potencias occidentales, dejando de lado todo ese contexto regional de tendencia socialista en el que la economía de su país se desangraba.

Cuatro escenarios hacia el porvenir

En definitiva, la evolución de la realidad venezolana a través de las seis dimensiones anteriores puede desembocar en cualquiera de los siguientes cuatro escenarios de continuidad o cambio.

El primero es el de la transición democrática, con Capriles en el poder. Un escenario no exento de riesgos y conflictos pero al fin y al cabo en la lógica de lo que han sido las transiciones en América Latina tras las diferentes dictaduras militares.

Los otros tres escenarios tendrían que ver con el triunfo de Maduro y su común denominador
no es otro que la necesidad imperiosa de radicalizarse en el poder.

El primero es, precisamente, el de la radicalización extrema. En él, Maduro, sometido a permanente desafío, se rodea de militares muy afines, les garantiza a los cubanos una especie de “confederación implícita” y, para perdurar en el poder y detentarlo, desconoce los resultados electorales adversos enfrentándose, persiguiendo y reduciendo a propios y extraños, es decir, tanto a la Mesa de Unidad como a sus rivales dentro del propio PSUV.

El segundo es el de la radicalización continuista. En este escenario, Maduro estabiliza la situación socioeconómica, contiene y refrena -pero no persigue- a la oposición, y comparte el poder con los otros chavistas destacados, principalmente con Diosdado Cabello, en una especie de balance de poder.

El tercero es el de la radicalización flexible. En esta suerte de oxímoron político, Maduro reduce la ayuda energética y económica a la Alianza Bolivariana, toma sutil distancia de La Habana que, para entonces ( cuando biológicamente los Castro ya no puedan seguir en el poder ) también estará decidiendo qué rumbo tomar y termina evolucionando hacia un modelo socialdemócrata como el de Lula da Silva en Brasil.

Porque, muy seguramente, cuando los Castro estén de salida, Lula estará iniciando su tercer periodo presidencial y su influencia sobre la izquierda latinoamericana ya no será tan destacada como ha sido hasta ahora. Será absoluta e incuestionable.

* Profesor Titular de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario.

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