El mundo tiene la palabra sobre los palestinos

El presidente palestino, Mahmud Abbas, y el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, tendieron la mano para retomar las negociaciones.

El mundo tiene ahora la palabra, no sólo Israel y Estados Unidos, todo el mundo. En Nueva York, dirigiéndose a la Asamblea General de Naciones Unidas, Mahmud Abbas pidió que todos y cada uno de los países se pronuncien sobre si creen que los palestinos tienen derecho a disponer de un Estado propio en el 22% de lo que fue su hogar durante siglos, en los territorios ocupados por Israel en 1967: Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental, que sería la capital. “Esta es la hora de la verdad, nuestro pueblo está esperando oír la voz del mundo”, dijo Abbas.


Esta demanda de aceptación de Palestina como miembro de pleno derecho de la ONU, señaló Abbas, no impediría una posible reanudación de las negociaciones con el gobierno de Israel. Basta, dijo Abbas, con que los israelíes cesen de seguir colonizando Cisjordania y Jerusalén Este para que las partes puedan volver a hablar directamente.


En las últimas semanas algunos intentaron deslegitimar la posibilidad de que la Asamblea General de Naciones Unidas reconozca, aunque sea como observador, al Estado palestino. Es curioso que intenten hacer olvidar al mundo que Israel basa su legalidad y legitimidad internacionales en una resolución de ese mismo organismo, la 181, que en 1947 decidió la partición en dos estados del entonces Mandato Británico en Palestina. A los judíos se les adjudicó entonces el 56% del territorio, a los árabes el 43% y Jerusalén fue declarada una entidad especial administrada por la ONU.


Las decisiones de la Asamblea General tenían entonces mucha importancia. ¿Hoy ya no? Los hijos, nietos y bisnietos de aquellos pioneros israelíes que bailaron cuando la Asamblea General aprobó la partición de Tierra Santa, rechazan ahora que ese mismo organismo reconozca, con más de seis décadas de retraso, el Estado palestino en un territorio mucho más pequeño que el que les asignaba la partición de 1947.


Cierto es que los palestinos, y el resto de los árabes, se opusieron entonces a la división de Palestina, y cierto es que durante lustros negaron el derecho a la existencia de Israel. Pero en 1967 el Israel surgido de la guerra de 1947-48 ocupó militarmente el resto de Tierra Santa, o sea, Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza, y desde entonces los palestinos no tienen en su propio hogar histórico ni una sola pulgada independiente y soberana. Los subsiguientes fracasos de los métodos violentos de lucha llevaron ya hace tiempo a buena parte del pueblo palestino a aceptar resignadamente que Israel es indestructible y a comprender que sólo la acción pacífica puede darles alguna victoria.


Ya no sirven los viejos argumentos. El pretexto israelí de que los palestinos y los árabes querían “arrojar los judíos al mar” es obsoleto, hoy ya sólo puede utilizarse tomando a una parte extremista por el todo. En su cumbre en Argel de 1988, la OLP aceptó la idea de la partición de Tierra Santa y, en consecuencia, la existencia de Israel, como recordó Abbas. En los acuerdos de Oslo de 1993, rubricados en la Casa Blanca de Clinton, esto se hizo absolutamente oficial. Países árabes como Egipto y Jordania tienen relaciones con Israel, y la mismísima Liga Árabe, en el plan de paz que aprobó en Beirut en 2002, aceptó la idea de los dos estados.


Sólo falta, pues, materializar la segunda parte de la decisión de Naciones Unidas de 1947: construir el Estado palestino en los territorios ocupados desde 1967. Y esto fue lo que pidió Abbas en nombre de unos palestinos más que hartos de los pretextos israelíes para prolongar las negociaciones y continuar con la colonización. Es una jugada valiente e inteligente que pretende romper el inmovilismo político y diplomático en este conflicto. El mundo tiene ahora la palabra.