La encrucijada de Obama

EE.UU. estaría examinando la posibilidad de intervenir militarmente en Siria para acabar con el EI, lo cual podría tener consecuencias internacionales en asuntos como las relaciones con Rusia o las negociaciones nucleares con Irán.

Un guerrero kurdo en Irak observa una ambulancia destruida durante enfrentamientos con militantes del Estado Islámico. / AFP

Aparte de terror y repudio, la decapitación del periodista estadounidense James Foley por parte de un militante del Estado Islámico (EI) ha suscitado una revaluación de la respuesta internacional ante un grupo islamista que no está constreñido por fronteras nacionales o políticas locales.

“¿Pueden ser derrotados sin enfrentarse a la parte de la organización que reside en Siria? La respuesta es no”. Las palabras son del general Martin Dempsey, jefe del Estado Mayor de las fuerzas de Estados Unidos, el oficial de más alta graduación que públicamente ha reconocido un asunto espinoso: el Estado Islámico se mantendrá fuerte mientras continúe enquistado en el conflicto sirio.

Durante más de un año, el EI ha logrado retener parte del noreste de Siria, donde tiene su mayor base de operaciones en la provincia de Al Raqa, que hoy parece controlar totalmente luego de expulsar a las fuerzas del gobierno sirio del aeropuerto de Tabaqa, último lugar de resistencia de los soldados leales al régimen del Bashar al Asad. En la capital provincial, los islamistas ordenan el tráfico, recaudan impuestos por proveer electricidad y otros servicios públicos, así como castigan severamente el crimen con ejecuciones y mutilaciones públicas. En este territorio, lejos del alcance de Al Asad o de las otras facciones rebeldes que también lo combaten, el EI es, justamente, una especie de Estado.

Las palabras del general Dempsey reflejan una discusión que parece haberse reavivado en el interior de la administración del presidente estadounidense Barack Obama, cuyo gobierno ha evadido largamente la participación directa en una guerra civil que trasciende el foco de una resistencia armada contra un gobierno local. Detrás de Al Asad está la sombra de Irán, que apoya al gobernante sirio y ha enviado soldados y fondos para hacer frente a los rebeldes, además de Rusia, el tradicional proveedor de armas del régimen y el cual ha bloqueado en repetidas ocasiones las acciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para intervenir en la guerra civil siria.

Aunque no resulta claro el alcance de las discusiones en el gobierno Obama, lo que sí ha trascendido es que el cambio de óptica acerca de cómo lidiar con el EI incluiría la posibilidad de ataques aéreos en Siria (con aviones de combate o vehículos no tripulados) o el despliegue de fuerzas especiales en territorio sirio. Ya no se trataría de detener el avance del grupo en Irak, sino de acabar con él. Desde el 8 de agosto, EE.UU. ha realizado más de 90 incursiones aéreas en Irak para proteger la capital kurda, Erbil, e instalaciones como la represa de Mosul.

Se calcula que el Estado Islámico posee entre 10.000 y 17.000 combatientes, aunque no resulta claro cuántos de estos participan en operaciones en Irak, gracias a que el grupo controla varios cruces fronterizos entre ese país y Siria y puede mover las fuerzas de acuerdo a sus necesidades.

El escenario de una intervención militar directa de EE.UU. en Siria, paradójicamente, quizá le vendría bien al régimen de Al Asad, que también es un enemigo declarado del Estado Islámico. En paralelo a esto, aunque de forma limitada, la administración Obama ha enviado apoyo a ciertas facciones de los rebeldes sirios, principalmente aquellas que no están asociadas con Al Qaeda o con el mismo EI. De cierta forma, en su búsqueda de acabar con los islamistas, el gobierno estadounidense tal vez terminaría por ayudar tanto a los rebeldes como al régimen, bien sea directa o indirectamente.

Una posible intervención de EE.UU. en territorio sirio podría tener una suerte de efecto dominó en otros escenarios, como las conversaciones para el desarme nuclear de Irán, un proceso largo y dispendioso que parece estar rindiendo algunos frutos. En la más reciente ronda de negociaciones (a mediados de julio), el gobierno iraní ofreció congelar sus capacidades nucleares durante varios años a cambio de poder desarrollar en el futuro un programa nuclear pacífico, como cualquier otro país; esto incluiría que, eventualmente, Irán se uniría a los tratados para controlar la proliferación de armas nucleares, condición que establece una serie de inspecciones rutinarias por parte de observadores internacionales. Aunque el avance es modesto, según algunos análisis, sigue siendo un paso adelante en un tema que ha sufrido de una parálisis sistemática durante años.

Una cosa que parece resultar clara de esta discusión es que, más allá de las opciones que baraja la administración Obama en Siria, el avance del EI es un riesgo para toda una región volátil en la que aliados o enemigos podrían unirse para luchar contra el extremismo.