Enemigos de la paz: Ruanda y Malí

Tanto en Ruanda como en Malí, movimientos sociales en contra de los acuerdos de paz terminaron en la reanudación de la guerra.

Un soldado de la República Democrática del Congo cerca de la  frontera con Ruanda. / AFP
Un soldado de la República Democrática del Congo cerca de la frontera con Ruanda. / AFP

En ambos casos se había firmado tratados para poner fin a los conflictos armados. En Malí, la movilización de la sociedad se materializó en manifestaciones callejeras contra otro intento de paz que, incluso, desataron un golpe militar. En Ruanda, los enemigos de la paz crearon paramilitares y finalmente, en una campaña contra la negociación realizada en su vecina Tanzania, dieron paso a un genocidio.

Las razones objetivas no contaron en la discusión, sino que fueron reemplazadas por una serie de mitos que cerraron la puerta al debate de ideas, imponiéndose los prejuicios. En Ruanda, los tutsis eran señalados por sus enemigos como cucarachas, enemigos del país, extranjeros, invasores. En ambas guerras, las causas del conflicto no fueron tenidas en cuenta: ni la tenencia de la tierra en Ruanda, ni la exclusión socioeconómica de los tuareg en Malí.

Un discurso moral de superioridad permitió en ambos casos satanizar al contrario y cerrar las puertas al diálogo. El enemigo se creó sobre la base de una superioridad moral: los hutus se creían mejores que los tutsi en Ruanda; los bambara más civilizados que los tuareg en Malí.

En Ruanda, los medios de comunicación incitaron a la violencia contra el enemigo, usando el recurso del miedo. La sociedad no miró las consecuencias a largo plazo de sus decisiones políticas sino que cerró los ojos y siguió el veneno que destilaban algunos periodistas.

Sin duda, los que marcharon contra la paz en Malí no esperaban que la ruptura de la negociación dejara medio país en manos de Al Qaeda; tampoco todos los hutus que rechazaban los Acuerdos de Arusha presagiaban un genocidio en Ruanda; pero la cadena de hechos para tales resultados ya estaba desatada y nadie quiso detenerla a tiempo.

En Ruanda, un comité de pocas personas sirvió desde la parainstitucionalidad de guía y mentor del genocidio. En Malí, la proliferación de actores políticos y armados ha hecho aún más difícil una salida negociada: la terquedad de los que llamaron a la guerra allanó el camino para otros aún más tercos: Al Qaeda del Magreb Islámico.

En ninguno de los dos casos hubo una movilización masiva en defensa de los acuerdos de paz. Tal vez eso les hubiera permitido que el tránsito a la guerra no se hubiera dado, o por lo menos no de una manera tan dramática. Sus sociedades fueron irresponsables al gestionar sus dudas a la paz con llamados a la guerra.

Esos fracasos demostraron que, finalmente, en la guerra y en la paz no se trata sólo de razones sino también de pasiones, a veces más de lo esperable. Los argumentos no pesan tanto como los prejuicios y los miedos. Y así se definen también los destinos de las sociedades.

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