Comienza la era de Michel Temer en Brasil

Con la salida definitiva de Dilma Rousseff del poder, Michel Temer, un político frío y sagaz, asumirá oficialmente la presidencia hasta diciembre de 2018. Deberá hacer reformas económicas para aliviar la situación de 10 millones de desempleados y subsanar la deuda pública. Hoy viaja a China, su primer viaje internacional como presidente.

Michel Temer tras una reunión con el equipo de Dilma Rousseff en Brasilia, en enero de este año. / AFP

Glacial, frío, patricio, distante, contenido: así es Michel Temer, quien fuera presidente interino de Brasil tras la suspensión de Dilma Rousseff, el 12 de mayo y quien asumirá las riendas del país, tras la suspensión definitiva de la mandataria. Por más de tres décadas, Temer ha fomentado una imagen que corresponde más al político sagaz que al orador que preside las masas, y aunque ha preferido las sombras por encima de la exposición pública, su llegada al solio es la suma de una carrera consagrada al silencio de aquel que sabe cómo zaherir y enfrentar a sus enemigos con elegancia.

Temer asumirá hasta 2018 la jefatura de Estado. Temer es un buscador de tesoros que, pese a que le tomará toda una vida, puede cavar un hoyo magnífico con una cuchara. Paso a paso, Temer calculó el tamaño de su empresa: fue por años diputado federal, después se convirtió en líder del Partido de Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y, tras fungir como presidente de la Cámara de Diputados y tener el apoyo de numerosas bancadas, ascendió a la Vicepresidencia con la bendición de los votantes y el apoyo entonces irrestricto de la presidente Dilma Rousseff. Como presidente a cargo, tendría que enfrentarse a una economía en declive, a un altísimo nivel de desempleo y a resistir la posibilidad de que también se le abra un impeachment.

Con Rousseff, en principio, fue una unión perfecta. En los orígenes del impeachment, cuando apenas se rozaba la posibilidad de apartar a Rousseff del cargo, Temer dijo: “No es que lo vea lejano, es que es imposible”. Un año después, Temer sonreía ante un televisor al ver cómo, en la Cámara de Diputados, entre escupitajos y odas populistas sin orientación, la mayoría apoyaba la caída de la presidenta.

Para ese entonces, Rousseff ya lo calificaba con adjetivos menos agraciados: verdugo, traidor, conspirador. Temer se mantuvo frío y formuló en público algunas declaraciones ponderadas. Su soporte a la Presidencia se hizo cada vez más débil, hasta el punto que lideró la retirada de su partido, el PMDB, de la coalición gobiernista y alentó de manera abierta el impeachment. Todavía algunos diarios evocaban sus palabras de antaño: “Un cambio en la Presidencia generaría inestabilidad y sería negativo para Brasil”.

Temer, sin embargo, ya tenía claro que Rousseff saldría del cargo: reconocía esa habilidad rara de la democracia de dictar sus designios antes de que sucedan. Por eso preparó un discurso donde se imaginaba como presidente —y que se filtró, o filtró, a los medios— y anunciaba algunas privatizaciones, la continuación de los programas sociales y el beneficio para los empresarios. Ayer, con la certeza anticipada de la caída de Rousseff, los mercados brasileños abrieron al alza y el real brasileño se revaluó frente al dólar.

Por semanas, justo después de que la Cámara de Diputados aprobara el impeachment, Temer se reunió en su casa de São Paulo con políticos, economistas y diputados, y los periodistas que aparcaban frente a su casa decían que estaba esbozando su gabinete ministerial. Acertaron. Serían Alexander de Moraes, Eliseu Padilha (que iría a la Casa Civil), Geddel Vieira Lima (Secretaría de Gobierno), Gilberto Kassab, Henrique Meirelles (Hacienda), José Serra (candidato a la presidencia en 2010) y Márcio Freitas, todos ligados desde hace años a Temer y en rigurosa cercanía con el PMDB y otros partidos que le servirían para armar una mayoría.

Antes de ser instalado como presidente, Temer ya había decidido reducir el número de ministerios de 32 a 22. Ayer en la mañana preparaba su discurso de asunción: apuntaba que recibía un país con dificultades financieras, pedía unión entre los partidos para aprobar medidas extraordinarias en un país con un índice de desempleo que aumentó 40 % en el últimos años y con más de 10 millones de desempleados, subrayaba que la deuda pública había superado los US$810.000 millones y reafirmaba la permanencia de los programas sociales Bolsa Familia y Mi casa, mi vida. Tras tantos meses de rebatiña soterrada, Temer por fin se enfrentó, en el centro de la tarima, al público con el que no tiene mayor identificación: según encuestas, Temer tiene una popularidad del 8 %, más baja que la de Rousseff.

Según el columnista John Paul Ratbone, del Financial Times, Temer tiene cuatro retos inmediatos: evitar un levantamiento público en su contra (hay voces que piden aplicarle un impeachment por las mismas razones que a Rousseff), recuperar la confianza de los inversores (no es una coincidencia que su equipo ministerial esté liderado por economistas), mantener los límites con el caso Petrobrás (que lo involucra) y reconstruir una mayoría en el Congreso. Para ello, dice Ratbone, Temer tendría que imponer medidas impopulares como el aumento de los impuestos y, para pasar proyectos de inversión y reajuste económico, es menester un Congreso que esté de su lado. Y aunque muchos congresistas están en contra de Rousseff, eso no significa que se decanten por Temer. El profesor Michael Watkins, de la escuela de economía IMD, dijo a la Folha de São Paulo que Temer tiene 90 días para probar que puede ser presidente. Para probar que puede con Brasil.