Erdogan o el temor a ser insultado

Jefe de redacción de Hürriyet, uno de los diarios turcos más reconocidos, Ergin enfrenta un juicio por “insultar” al presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Podría ir hasta cinco años a prisión.

Sedat Ergin durante el recibimiento del premio en Bonn (Alemania).   / Cortesía: Deutsche Welle
Sedat Ergin durante el recibimiento del premio en Bonn (Alemania). / Cortesía: Deutsche Welle

Mientras iba al baño, Sedat Ergin dejó su premio —una estatuilla transparente y rectangular— al cuidado de un hombre alto y de cabello cano, que fungía como su chaperón. Con evidente decepción, el hombre dejó su café en una mesa próxima, cargó el premio entre su axila y el brazo y reparó sin esperanzas en la pantalla de su celular. Debía encaminarlo con premura a un salón, al fondo del vestíbulo, pero Ergin se había tomado un tiempo más que prudente para hablar con admiradores y periodistas. Ergin, que de ordinario anda con escoltas y en un carro blindado y que desde 2014 es el editor en jefe del diario turco Hürriyet, estaba en el centro del vestíbulo, expuesto a las cámaras y las grabadoras, en tanto que su guardián sostenía una mirada glacial y preocupada. En un inglés lento pero seguro, recibía a quien lo solicitaba, se tomaba fotos, charlaba.

En el último momento, cuando ya no podía esperar más, el hombre alto y de cabello cano empleó una actitud militar: apartó, primero con una señal de su mano y luego con un gesto marcial, a cualquiera que se le acercara y guió a Ergin por el pasillo desde la retaguardia, como un pastor obstinado que señala el camino a sus ovejas. Ergin se ha acostumbrado a ser perseguido. En septiembre del año pasado, una horda de militantes del AKP, el partido de mayorías en Turquía y del que es miembro el presidente Recep Tayyip Erdogan, sitiaron el edificio del diario, armados con palos y piedras: una escena irracional —hombres con palos y piedras— frente al recinto utópico de la razón —un periódico—. Sin atender la contradicción, irrumpieron en manada, derribaron la puerta a pedradas, quebraron los vidrios, golpearon a los periodistas, y entonces Ergin se conectó de algún modo a la televisión turca y rogó por ayuda policial. El presidente Erdogan había criticado al diario por, en su opinión, haber malinterpretado ciertas declaraciones. Por ello, los llamó mentirosos y calumniadores y reclamó su honor a través de una demanda. Los 150 militantes que se apostaron esa noche fuera del diario, y que después arrasaron con su interior, pensaron que la acusación era una autorización tácita para el caos. Por eso, un diputado del AKP que participó en la pedrea dijo: “Nuestro error es no haberlos golpeado antes”.

La plenaria se puso de pie cuando Ergin recibió el Premio por la Libertad de Prensa —entregado por la cadena alemana Deutsche Welle— y aplaudió: por unos minutos, pareció conmovido. Luego, sin embargo, recuperó cierto brío en la voz y en su turno para dirigirse al público comenzó con una afirmación somera: “Vengo de un país donde los más destacados escritores y periodistas son tomados como terroristas”. Ergin afronta un proceso legal por insultar al Presidente; el término constitucional exacto es calumniar: como jefe de redacción, permitió la publicación de reportes “malintencionados, irreales e hirientes”. Podrían darle cinco años de prisión. La justicia turca ha abierto, en su mayor porción por solicitud de Erdogan, más de 2.000 procesos contra personas que, en su opinión, lo agreden de manera verbal. Decenas están o han estado ya en prisión. Merve Büyüsaraç, señorita Turquía en 2006, fue condenada a prisión por un año por hablar mal del Presidente.

En parte porque tiene el poder entero del Ejecutivo y el Legislativo y en parte porque cree que ese orden de las cosas le otorga un permiso para eludir los derechos, Erdogan ha ordenado la expropiación de revistas y diarios, acusados de actos de terrorismo. En algún punto de su historia reciente estas publicaciones han revelado investigaciones que lo involucran (como una cadena de corrupción y sobornos dentro de su partido) o han expresado su opinión sobre su presidencia. ¿Por qué el país que está a las puertas de Europa corteja con la dictadura? Kai Diekmann, director del diario Bild, se preguntó si la Unión Europea se dejó “chantajear” con el acuerdo sobre los migrantes: Turquía está encargado de retener en su suelo a los migrantes que quieran pasar a Europa sin seguir el reglamento, y esa autoridad, según Diekmann, le daría permiso para hacer todo cuanto desee en su país sin que Europa se espante.

“La Unión Europea reveló sus grandes defectos al no darse cuenta de estas desviaciones de Turquía —dijo Ergin—. Si el escudo de la Unión Europea hubiera funcionado, yo no estaría aquí recibiendo este premio”. Alemania y Francia han sido los aliados esenciales de Erdogan, y hasta ahora no han presentado condenas severas por estos encarcelamientos. De hecho, la justicia alemana —con la autorización de la canciller Ángela Merkel— le abrió una investigación al humorista Jan Boehermann, que se burló de Erdogan en televisión nacional. Erdogan acudió a una ley del siglo XIX para hacer efectiva la demanda en suelo foráneo.

Su actitud ante las críticas es, en cierto sentido, una receta de gobierno: sus parlamentarios piden darle más poder, sus votantes dicen que ha salvado el país y en las mezquitas saben que es buen musulmán. Los miembros del AKP, incluso los más moderados, se han convertido en la extensión de ese sentimiento. En una carta pública a Ahmet Hakan, columnista de Hürriyet, uno de los partidarios de Erdogan, Cem Küçük le escribió: “Como los esquizofrénicos, usted cree que vive todavía en los días en que su periódico gobernaba. Si quisiéramos, podríamos aplastarlo como a una mosca. Hemos sido piadosos hasta hoy y usted todavía está vivo”. Dijo que Hakan había apoyado a los kurdos —el pueblo antiquísimo del norte del país que pide su independencia— y que era un traidor y que iba a pagar. Cuando lo criticaron por sus palabras, arrinconado por la corrección política y por un grado respetable de vergüenza, reajustó su frase: “Todos entenderán que en realidad hablaba de una ‘muerte cívica’”.

* Este reporte fue hecho gracias a la invitación de Deutsche Welle.