Esta Europa que salió de las cenizas

La primera Guerra Mundial, un conflicto cuyas huellas siguen presentes en la forma como se entiende el Viejo Continente hoy en día.

Líderes europeos y de EE.UU. reunidos para la conmemoración de los 70 años del Día D. /REUTERS

 

Un viejo vagón de tren, con la carrocería de madera, está expuesto en un museo en el bosque de Compiegne, a 55 kilómetros al este de París. Fue en ese lugar, en un vagón idéntico, que el 11 de noviembre de 1918 el mariscal francés Ferdinand Foch y el ministro alemán Mathias Erzeberg, acompañados de personalidades británicas y austriacas, firmaron el documento con el que Alemania aceptaba la rendición.

Si el vagón no es el original es porque, después de haber obligado a firmar allí la rendición de Francia en 1940, Hitler lo haría transportar hasta Berlín.

Aunque el sentimiento de humillación entre los alemanes sería un factor clave para explicar la carrera armamentista que apenas dos décadas después sumergiría de nuevo al continente en una guerra, el final de la Primera Guerra Mundial sentaba las bases de la “construcción europea” del siglo XX. Si muchas de las instituciones creadas entonces no pudieron cumplir su papel como garantes de una cierta estabilidad en los años 30, la manera como Europa entiende la paz, la guerra y las instituciones estatales e internacionales es en gran parte heredera de ese conflicto al que aún se sigue llamando La gran Guerra.

La guerra total

Para Dominique David, profesor de relaciones internacionales y cuestiones estratégicas en la academia de oficiales militares de Saint-Cyr, la Primera Guerra Mundial fue el primer conflicto que puede considerarse como “total” en el sentido de que no sólo involucraba a los militares, sino a la totalidad de los civiles de los países beligerantes, no sólo porque las afectaba como víctimas (cerca de la mitad de los muertos fueron civiles), sino como parte de un “esfuerzo colectivo”, que el presidente francés Georges Clemenceau resumió en la frase “política exterior: hacer la guerra; política interior: hacer la guerra”.

“En los bandos beligerantes la retórica era que cada acción cotidiana estaba destinada a buscar la victoria. Las fábricas producían para el frente, los hogares racionaban los productos de primera necesidad para que los soldados pudieran contar con ellos. El transporte, la industria y los planes de infraestructura del país, se concebían según los objetivos de la guerra”, dice David.

Para el académico Geroges Henri-Soutou, profesor de la Universidad de Paris IV- Sorbona, “el esfuerzo descomunal se explica porque por primera vez en la historia europea ya no bastaba una victoria, había que aniquilar al adversario. El armisticio no acabó con esa visión, que iba a ser dominante en todos los sistemas totalitarios”.

“La concepción de la guerra total iba a dominar todo el siglo XX”, afirma David. Y añade: “Las poblaciones sabían que la guerra ya no sólo se peleaba 'allá en el frente', sino en la vida cotidiana. Los militares europeos y norteamericanos no podían durante muchos años imaginar que la guerra podría ser de otra manera y tanto las estrategias militares como las decisiones políticas hasta finales del siglo XX estuvieron guiadas a prepararse para una nueva guerra total, aunque, también, paradójicamente, a evitarla. La carrera armamentista nuclear es una consecuencia de la manera cómo se vivió la Primera Guerra”.

Las nuevas viejas maneras de combatir

“La estrategia de establecer un lugar seguro y avanzar tanto como se pueda en terreno hostil que utilizamos en Afganistán no es tan diferente de la que utilizaban nuestros soldados en las trincheras de la Primera Guerra” afirmaba hace unos días el general Bertrand Ract-Madoux, comandante del ejército francés al diario La Voix du Nord. Ract-Madoux señalaba también que los avances en artillería y aviación desarrollados entre 1914 y 1918 permitieron atacar desde la distancia la retaguardia del enemigo y que fue en ese conflicto que los tanques mostraron la importancia estratégica que los haría piezas fundamentales de los ejércitos modernos. Lazaro Ponticelli, el último soldado vivo de la Gran Guerra, que nunca dejó de repetir en cada entrevista que “la guerra fue estúpida y nadie sabía por qué nos estábamos matando” fue una de las víctimas de otra de las innovaciones de la confrontación: la utilización de armas químicas producidas a escala industrial. “Los hombres se inflaban hasta explotar y los que venían detrás tenían que pasarles por encima”, recordaba en una entrevista con la revista L'Express, pocos meses antes de su fallecimiento en 2008.

El sueño de la Paz, el fin de los imperios.

La “guerra total” tuvo consecuencias también en la organización social. Con la mayoría de los hombres adultos en el frente, los puestos de trabajo en las nacientes industrias se abrieron a las mujeres y muchas de ellas no abandonaron el mercado laboral al final del conflicto. “La necesidad de reconstruir las zonas devastadas y de tener que encargarse de millones de heridos y discapacitados, junto a una cierta idea de que el Estado tenía una deuda de gratitud con la población por el esfuerzo durante la guerra, fueron elementos fundamentales para el desarrollo de los welfare states, los “estados de bienestar” y aunque ese modelo sea cuestionado actualmente, sigue siendo la base de los estados europeos”, afirma David.

La guerra significó también el principio del final del imperialismo europeo y la implantación de la democracia como único sistema político válido en el continente. Para Henri-Soutou, la “democratización de Alemania era uno de los objetivos de guerra de Washington, París y Londres” y a pesar de que el ascenso de los totalitarismos retrasó su cumplimiento, hoy en día sería imposible un estado “europeo” que no sea a su vez democrático. Según el académico, “tras el conflicto los estados-nación se impusieron como paradigma por encima de los imperios multiétnicos que habían existido hasta entonces”. Si la desintegración de los imperios alemán y austro-húngaro fue la consecuencia más inmediata, las independencias de las colonias francesas e inglesas, cuyas tropas fueron fundamentales para las victorias de los aliados en las dos guerras, comenzaron también a gestarse durante el conflicto.

“Decir que la idea de una Europa unida nació como consecuencia de la Primera Guerra es ignorar que hubo precedentes importantes desde el siglo XIX, pero es innegable que el hecho de que nadie quería que una masacre como esa se repitiera permitió que se afianzaran algunos principios de diplomacia y cooperación que, a pesar de que fracasaran a partir de la segunda mitad de los años 30, fueron retomados después de 1945 y sentaron las bases de la Unión Europea”, asegura David.

La Primera Guerra también marcaría el surgimiento de una nueva diplomacia basada, según Henri-Soutou, ya no en las “alianzas estratégicas” sino en la “protección mutua”, cuyo ejemplo fue la Sociedad de Naciones que, tras la Segunda Guerra Mundial, se reinventaría en la Organización de las Naciones Unidas, la OTAN y el Pacto de Varsovia y de la que nacería también el reconocimiento de la igualdad de los “pequeños estados”, que explica la expansión de la Unión Europea.

“Uno puede cuestionar todos los errores de las instituciones internacionales”, dice David, “pero gracias a ello es que a pesar de que las crisis de Ucrania o Siria nos parezcan similares a las que en 1914 desencadenaron la Primera Guerra, esta vez se ha podido negociar y el conflicto no se ha internacionalizado”.

“La mayor consecuencia de la Primera Guerra Mundial fue la Segunda”

Ciertos historiadores, en particular alemanes, afirman que más que dos guerras mundiales, existió un solo conflicto con una “pausa” de dos décadas que permitió a los bandos rearmarse. David afirma no estar en completo desacuerdo con esta hipótesis. Para Johann Chaputout, historiador de la Universidad de Grenoble quien acaba de asesorar una serie de History Channel sobre las dos guerras mundiales, existió una etapa de relativa paz entre el primer y el segundo conflicto y dicha continuidad sería tan forzada como afirmar que la Primera Guerra Mundial era sólo una nueva etapa de las guerras franco-alemanas del siglo XIX.

“Por las mismas razones no creo que hoy, a pesar de los nacionalismos exacerbados estemos a las puertas de un nuevo gran conflicto en Europa. 2014 no es 1914 y aunque hay muchas tensiones que nos recuerdan las de los años 30, no hay que olvidar que en ese momento las heridas de la Primera Guerra aún estaban abiertas”, afirma Chaputout.

 

últimas noticias