Estados divididos de América

Como un buitre que no se separa del cuerpo, la violencia contra los afroamericanos no cesa. Las protestas son, ahora, por la muerte de Alfred Olango a manos de agentes de la Policía de El Cajón, California.

En diez días tres afroamericanos han sido asesinados en Estados Unidos. Tras las protestas en Charlotte vienen nuevas manifestaciones.
En diez días tres afroamericanos han sido asesinados en Estados Unidos. Tras las protestas en Charlotte vienen nuevas manifestaciones. AFP

Pareciera una epidemia: no han terminado de enterrar a un afroamericano y matan a otro. Hace una semana fueron Terence Crutcher y Keith Lamont Scott; y ahora, Alfred Olango.

Todos murieron a manos de agentes policiales que los consideraron sospechosos. Aunque todos ellos estaban desarmados: Crutcher, por ejemplo, estaba tratando de arreglar su carro.

Scott, de acuerdo con sus familiares, estaba leyendo un libro. Y Olango era una persona enferma que necesitaba ayuda. Su hermana había llamado a la Policía para que le ayudaran a controlarlo. Y, en vez de eso, lo mataron.

En un video, difundido a través de Facebook Live, se ve a la mujer lamentándose de haber llamado: “No debí llamar a la Policía. Sólo llamé para pedir ayuda. Y ustedes vinieron y lo mataron”.

Las protestas en El Cajón, California, escenario de este nuevo caso de violencia racial, no se hicieron esperar. Como no se van a hacer esperar los anuncios de una investigación al respecto.

Pero los afroamericanos ya están acostumbrados a que, tras los anuncios, son muy pocos los casos en los que agentes involucrados salen condenados o sancionados.

Es una historia que se repite: un afroamericano muere a manos de un agente. Se generan protestas, los de siempre se rasgan las vestiduras, se anuncia una investigación. Y no pasa nada.

A veces pareciera que el resto de Estados Unidos ni se enterara. Por ejemplo: mientras en Charlotte acababan con la vida de Keith Lamont Scott, en Washington ultimaban detalles para la inauguración del Museo de Historia y Cultura Afroamericana.

O mejor: mientras Charlotte se encontraba militarizada por cuenta de las protestas por la muerte de Scott, el primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos inauguraba el primer museo creado exclusivamente para honrar el legado de la cultura afroamericana.

Otro ejemplo: mientras en California protestaban por la muerte de Alfred Olango, en la Casa Blanca, Obama homenajeaba a Tommie Smith y John Carlos.

Durante años, Smith y Carlos fueron perseguidos debido a que durante los Juegos Olímpicos, que se celebraron en Ciudad de México en 1968, se manifestaron en contra de la violencia racial.

Lo hicieron levantando su puño a la hora de subir al podio. Y emulando, de esta forma, el saludo del Poder Negro, un movimiento que en ese momento luchaba por los derechos de la comunidad afroamericana. Y por ello fueron expulsados de la Villa Olímpica y condenados al ostracismo al regresar a su país.

No es que fuera un homenaje inmerecido. Todo lo contrario: se estaba demorando. Pero pareciera que Estados Unidos fueran dos países en uno. En el primero la violencia racial es cosa del pasado, de los museos; en el segundo, es una realidad tan presente que sus víctimas apenas acaban de ser enterradas.

Si en algo se han mostrado de acuerdo los candidatos a la Presidencia de Estados Unidos, el republicano Donald Trump y la demócrata Hillary Clinton, es que esta violencia es intolerable.

“Estoy muy, muy afligido por lo ocurrido. Debemos tener mucho cuidado, fue una terrible situación”, dijo Trump tras la muerte de Terence Crutcher, en Tulsa (Oklahoma). Por su parte, Hillary Clinton sostuvo que esto es intolerable, que “nos queda mucho trabajo por hacer”.

No obstante, durante el debate del pasado 26 de septiembre, ninguno de los dos candidatos hizo propuesta alguna para hacerle frente a esta violencia. Si al caso algunos lugares comunes, como que hay que mejorar las relaciones entre la comunidad y la Policía.

Con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca se esperaba que la violencia racial menguara, aunque eso no ocurrió.

Pero ese no es el problema, sino que tras decenas de protestas, tras cientos de muertos, no ha pasado nada. O peor: ha pasado que a los negros los siguen matando.