¿Por qué Estados Unidos ya no gana la guerra?

El analista Dominic Tierney dice que Estados Unidos tiene demasiado poder en un mundo cuyos conflictos ahora son regionales. Su estrategia es, por lo tanto, ineficaz.

 El Estado Islámico ha avanzado ya por Siria, casi hasta la frontera con Turquía, y parece que nadie —nadie— puede detenerlo. Parece, también, que el Estado Islámico es una especie distinta de monstruo que las grandes potencias no saben manejar: un híbrido exótico entre una guerrilla urbana, una armada religiosa y una multinacional del terror. Y los análisis apuntan hacia Estados Unidos como uno de los causantes y, sobre todo, como la oposición que no ha podido declarar una verdadera guerra al Estado Islámico. Por eso, Obama ha prometido renovar su estrategia de lucha en la zona, entre Irak y Siria.

¿Por qué Estados Unidos no ha podido, a pesar de su poder y de su experticia en materia de guerras, ganarle al Estado Islámico? Más allá de las razones diplomáticas —y de la poca destreza que ha tenido ese país para moverse en Oriente Medio desde la presidencia de Bush—, el autor Dominic Tierney resalta en la edición de este mes de The Atlantic que Estados Unidos está acostumbrado a ganar grandes guerras pero que los conflictos regionales se le han deslizado como agua entre los dedos. Desde 1945, recoge Tierney, Estados Unidos ha ganado una de cada cinco guerras en las que se ha visto involucrado y en la mayoría de ocasiones el precio humano que pagó no se vio reflejado en los beneficios propios de esa victoria.

Perdió en Vietnam, en Corea logró un armisticio que lo debilitó, y en el comienzo de este siglo su entrada en Irak y Afganistán sólo ha producido más críticas internas y problemas sociales que soluciones eficaces en las estructuras políticas que pretende mejorar. La Segunda Guerra Mundial fue el último gran enfrentamiento entre naciones. Desde allí, la guerra se dividió en conflictos civiles internos —guerrillas urbanas y guerras entre facciones nacionales, por ejemplo—. Estados Unidos se desplazó a ese escenario con un ejército con demasiado poder, acostumbrado a ganar en arenas más amplias, pero con poco conocimiento y con la desventaja —que beneficiaba sobremanera a los locales— de ignorar la sociedad en donde se enfrentaba a estas guerrillas.

“De hecho, el poder es en parte la razón por la que Estados Unidos pierde —escribe Tierney—. Después de 1945, la nueva fuerza de América creó una constante tentación a utilizar la fuerza y proyectó al ejército de Estados Unidos en conflictos distantes. Pero Washington escogió un momento desafortunado para descubrir su intervencionismo. La naturaleza de la guerra global cambió de tal manera que, en el mejor escenario, hizo indeseables las campañas militares y, en el peor, imposibles de ganar”. Estados Unidos se desplaza en un campo que desconoce en un mundo que, además, ya no necesita una armada de ese tipo. No ahora, por lo menos. Las debilidades políticas actuales han sido ya vividas en el pasado, con la derrota en Vietnam, por ejemplo, pero el Ejecutivo de ese país se ha lanzado sin condiciones a guerras que son fáciles de comenzar y prácticamente imposibles de terminar. Su intervencionismo en el siglo XXI, por poner sólo un ejemplo, ha terminado en desastres sociales, divisiones y guerras entre facciones religiosas y políticas. “Estados Unidos tiene más poder —dice Tierney—; sus enemigos tienen más voluntad”.

A eso viene una reciente declaración del presidente de Estados Unidos, Barack Obama: “Los estadounidenses han aprendido que es más difícil terminar guerras que comenzarlas”. Ésa es, en parte, su razón para no intervenir con tropas estadounidenses en el conflicto contra el Estado Islámico y su compromiso —tibio para algunos— de entrenar a las tropas iraquíes —debilitadas por la invasión de Estados Unidos en 2003— y aumentar el número de combatientes nacidos en esas tierras. Obama ha comprendido que, en últimas, los conflictos internos en el Medio Oriente tienen numerosas variables relacionadas con la vida social y que el ataque con su armamento, perfecto para una guerra de gran escala, sólo aumenta la posibilidad de que más civiles mueran y de que el conflicto sea un bien inversamente proporcional a sus beneficios. “La disminución de los conflictos entre estados y la relativa armonía entre los grandes poderes es una causa para celebrar —escribe Tierney—. Pero las guerras entre estados que han desaparecido son el tipo de guerras que Estados Unidos gana”.

El impulso que generaron las victorias en la primera y segunda guerras mundiales puso a Estados Unidos en el lugar de las megapotencias. Y también en un lugar indeseable para ellos: aceptar la derrota. “No es fácil para muchos estadounidenses pensar profundamente en el desastre en el frente de batalla. La cultura estadounidense es una cultura de victoria. Codificados en el ADN estadounidense están el miedo al fracaso y la celebración de la victoria”.

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