"Estamos hartos del racismo" en Baltimore

"No pensé que fuéramos a llegar a este extremo, todo parece sacado de una película", dice una vecina de la zona donde se produjeron los peores disturbios.

Freddie Gray no descansa en paz. Con su muerte bajo custodia policial, este joven afroamericano de Baltimore (Maryland) se ha convertido en el último símbolo de la brutalidad y los prejuicios raciales de la policía que lleva sacudiendo a Estados Unidos desde hace casi un año. Y en el motivo -o excusa-, cuando no llevaba ni unas pocas horas enterrado, para una nueva oleada de violencia y pillaje que, a solo 65 kilómetros de la Casa Blanca -donde gobierna el primer presidente afroamericano de la historia del país-, evoca las imágenes de los disturbios raciales de Ferguson (Misuri) del año pasado. O las de 1968, cuando Baltimore también se hundió en dos semanas de caos, protestas y saqueos tras el asesinato del líder de los derechos civiles Martin Luther King, como ahora en un mes de abril.

Estados Unidos parece no ser capaz de sobreponerse a las tensiones raciales que lleva tratando de superar desde hace medio siglo.

Miles de agentes de policía, reforzados con miembros de la patrulla estatal y también -por primera vez desde 1968- de la Guardia Nacional, se desplegaron ayer en los puntos estratégicos de esta antaño esplendorosa ciudad portuaria, ahora abatida por años de crisis y marcada por la desigualdad. Las zonas comerciales, turísticas y de negocios, además de las sedes del gobierno local, estaban fuertemente protegidas por filas de agentes y vehículos blindados, que también se hicieron presentes en las zonas más calientes -y deprimidas- donde la noche del lunes se vivieron los peores disturbios. Escuelas, museos y numerosos comercios permanecían cerrados.

A partir de la noche, entraba en vigor un toque de queda decretado por la alcaldesa, Stephanie Rawlings-Blake, que durará al menos una semana. El gobernador de Maryland, el republicano Larry Hogan, trasladó temporalmente su oficina a Baltimore para controlar de cerca una situación que el presidente Obama calificó de 'inexcusable'.

Demasiado tarde, decían las cada vez más voces críticas. Para cuando las fuerzas del orden se hicieron fuertes, Baltimore ya se había sumido en una noche de caos que dejó más de un centenar de comercios y vehículos saqueados e incendiados y a una población indignada y temerosa.

Más de 200 detenidos y al menos 15 agentes heridos, seis de ellos de consideración, dan cuenta de la gravedad de una situación que, según los vecinos, se veía venir, aunque todos hagan énfasis en separar las escenas de violencia y pillaje de las protestas legítimas -y pacíficas- que se han sucedido por la muerte de otro joven negro desarmado -y desde Michael Brown en Ferguson en agosto van al menos media docena- a manos de policías blancos.

La tensión de hecho estaba allí; llevaba bullendo desde que el 19 de abril Freddie Gray falleció tras una semana de agonía por la letal lesión medular que sufrió en algún momento de su detención, por agentes blancos, una semana antes. Y los todavía no del todo aclarados detonantes de las protestas de la noche del lunes, protagonizadas sobre todo por jóvenes, pueden volver a saltar en cualquier momento.

Pero entre el llanto y la indignación, también una pequeña esperanza, escenificada en los cientos de vecinos -de todas razas, sexo, edad y condición social- que acudieron rápidamente con sus propias escobas y bolsas de basura a ayudar a limpiar y ordenar una ciudad que nunca quisieron ver destrozada. (Video Madre saca, a los golpes, a su hijo de manifestación en Baltimore).

Es lo que más teme Sharanda Palmer. Esta afroamericana vecina de la zona oeste de Baltimore apenas esperó a que amaneciera para comprobar los daños que sufrió su pequeño comercio.

'No pensé que fuéramos a llegar a este extremo', decía, desolada, mientras barría los cristales del escaparate destrozado de su tienda de abastos en la Avenida Pennsylvania, escenario de algunos de los peores episodios de violencia. 'Creí que tras las protestas de la semana pasada esto se había acabado, pero parece sacado de una película', contaba.

Rasheed, un joven residente afroamericano, también se acercó para ver cómo ayudar. Reconoce que no sabe si el Baltimore de los próximos días será el violento de la noche del lunes o el solidario de la mañana del martes. Pero, pase lo que pase, manifestó su esperanza de que no sea en vano. 'No queremos volver a hacer como si aquí no pasara nada. No queremos otro Michael Brown o un nuevo Freddie Gray'.

 

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