Cómo Europa del Este hizo estallar a Occidente

El experto en gestión pública hace un análisis de la democracia iliberal y de cómo esta puede ignorar los derechos humanos y a cambio interesarse únicamente en satisfacer a sus clientes, los votantes.

La marca de “democracia iliberal” del primer ministro húngaro, Víktor Orbán (centro) , fue adoptada por el gobierno de facto de Polonia e incursiona en el corazón de Occidente. / EFE

Al igual que el ascenso del comunismo soviético y ambas guerras mundiales, el aparente colapso del orden liberal occidental en 2016 podría terminar siendo una nueva convulsión histórica que comenzó en Europa del Este. La marca de “democracia iliberal” del primer ministro húngaro, Víktor Orbán, fue rápidamente adoptada por el gobierno de facto de Polonia de Jaroslaw Kaczynski y hoy está incursionando en el corazón de Occidente: primero con el referendo por el Brexit del Reino Unido y luego con la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

Mientras tanto, la democracia incipiente de Turquía ya le ha cedido paso al régimen de hombre fuerte de Recep Tayyip Erdogan, y las Filipinas están lideradas por un autoritario populista, Rodrigo Duterte. Mientras comienza el 2017, algo está claramente podrido en el estado de democracia.

Puede parecer improbable que Orbán y Kaczynski —que se formaron como abogados en los regímenes comunistas de sus países— se hayan convertido en emprendedores políticos de influencia global. Pero su proyecto político tiene todas las características de lo que la investigación en management recomienda para una estrategia de innovación exitosa. Como muchos productos disruptivos y marcas populares, la democracia iliberal no intenta complacer a todos; más bien apunta a un segmento cuidadosamente seleccionado de “votantes clientes” y les ofrece exactamente lo que quieren.

Cuando Hillary Clinton calificó a los seguidores de Trump como una “cesta de deplorables”, describió con bastante precisión un segmento del mercado político al que apunta la innovación de Orbán. Pero el demócrata iliberal no sólo les habla a los reaccionarios ansiosos por restablecer las jerarquías sociales tradicionales, sino también a los votantes de la clase trabajadora que les tienen miedo al desempleo y a la movilidad descendente. El resto de la sociedad —las minorías étnicas, religiosas e ideológicas, incluyendo la “clase creativa” urbana— luego se convierte en oposición.

La democracia iliberal subvierte la idea —defendida por los socialdemócratas europeos y los demócratas norteamericanos desde la era de los Derechos Civiles— de que los votantes de la clase trabajadora y las minorías deberían forjar una alianza progresista para hacer frente a los conservadores. Desde un punto de vista intelectual, una alianza de “más fuertes si estamos juntos” tiene sentido, pero tiene tres defectos importantes que Orbán y Kaczynski han sabido explotar.

Primero, los intereses económicos de los votantes de clase trabajadora blancos (o nativos) y los de las minorías muchas veces no están alineados, porque compiten entre sí por empleos y beneficios sociales. Esto es particularmente válido cuando el crecimiento lento transforma la división de la torta económica en un juego de suma cero. Cuando los fondos son acotados, ¿el gobierno húngaro debería gastar dinero en educar a los niños de Roma o en volver a capacitar a los trabajadores húngaros étnicos desplazados?

Segundo, los votantes de la clase trabajadora suelen adherir a valores conservadores tradicionales. Mientras que un agricultor en el este de Polonia o el trabajador de una fábrica en Michigan pueden estar persuadidos de respaldar los derechos de los homosexuales o el empoderamiento de las mujeres a cambio de una redistribución económica, los votantes de la clase trabajadora no han respaldado este tipo de causas en grandes números.

La democracia iliberal es efectiva porque separa los bienes deseados de los accesorios no buscados, la esencia de la innovación comercial moderna. De la misma manera que Airbnb nos permite encontrar alojamiento sin las banalidades innecesarias de los hoteles, los demócratas iliberales les ofrecen a los votantes de la clase trabajadora ayuda económica sin ninguna atadura a los derechos civiles.

Tercero, en muchos electorados, los miembros de una mayoría social parecen considerar la denigración de las minorías como un bien intrínseco, independiente de las transferencias de riqueza. Y como ha demostrado Amy Chua, de la Universidad de Yale, entre otros, apuntar a las minorías puede ser una herramienta efectiva para la movilización política.

En el mundo de los negocios es ampliamente sabido que los productos exitosos no son sólo útiles; también les ofrecen a los consumidores una experiencia diferente. En la democracia iliberal, esa experiencia se basa en el espectáculo de denigrar a muchos “otros”. Por cierto, muchas empresas, como las compañías que producen videojuegos violentos o programas de televisión realidad, han explotado de la misma manera nuestros instintos más básicos. El programa de TV realidad de Trump, El aprendiz, probablemente le enseñó lo efectiva que puede ser la siembra de la discordia como una herramienta de marketing político.

La visión de Orbán, adoptada por Kaczynski, fue que una coalición iliberal conformada por la clase trabajadora y los reaccionarios sociales puede ser más viable que el viejo proyecto progresista. Mientras tanto, Hungría y Polonia adoptaron “tempranamente” esta innovación, porque ambos países son étnicamente homogéneos, lo que torna a las minorías particularmente débiles y vulnerables.

Pero la política demócrata iliberal también puede ganar elecciones en sociedades diversas como la de Estados Unidos. Como muchos productos exitosos, la democracia iliberal les ofrece a los votantes una propuesta de valor esencialmente directa. Contrariamente a las agendas progresistas, el mensaje iliberal es fácil de entender, no sólo porque suele ser mendazmente simple, sino también porque los valores culturales conservadores de los dos grupos a los que apunta están inherentemente alineados.

Es más, la democracia iliberal puede ignorar cuestiones que considera no esenciales, como los derechos humanos y el régimen de derecho: su único imperativo es satisfacer a sus clientes. Más curiosamente, los demócratas iliberales tampoco parecen estar excesivamente preocupados por el crecimiento económico. Hungría tuvo una recuperación relativamente robusta después de la recesión de 2008, pero su economía ahora se está desacelerando. Y, tanto en Polonia como en el Reino Unido pos-Brexit, los elevados costos económicos de la democracia iliberal ya son evidentes. Si Trump cumple con su promesa de proteccionismo comercial en 2017, probablemente empuje a todo el mundo hacia una recesión.

Este podría ser un error fatal de los demócratas iliberales, o podría representar su apuesta política más osada. Construir una economía dinámica y creativa en una sociedad cerrada tal vez ni siquiera sea posible, pero esto no importa si los electorados en los países de ingresos medios y altos ya no consideran que el crecimiento sea tan importante como la identidad.

Como un asiento mugriento en una aerolínea de bajo costo, o la frustración de armar muebles de IKEA, los electorados demócratas iliberales pueden considerar el estancamiento económico como un precio aceptable que hay que pagar por un mundo más familiar, donde el Estado garantice la sensación de pertenencia y dignidad del grupo excluyente dominante, a expensas de los “otros”.

Quienes hemos vivido en el mundo de Orbán y Kaczynski entendemos que la democracia iliberal no es una aberración temporal. Tiene todos los sellos distintivos de una estrategia política innovadora, cuidadosamente concebida, que puede resultar sustentable. Por cierto, en unas pocas décadas podríamos mirar hacia atrás y preguntarnos cómo fue que la democracia liberal, con todas sus complejidades y tensiones internas, logró perdurar por tanto tiempo. A menos que, en verdad, los progresistas consideren el 2016 como una llamada de advertencia y finalmente también empiecen a innovar.

Maciej Kisilowski es profesor adjunto de derecho y gestión pública en la Central European University y coautor de Administrategy: A Guide to Strategic Management in Public Administration.Copyright: Project Syndicate, 2016.www.project-syndicate.org.

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