¿Por qué existen todavía las guerras?

Siempre han sido un pésimo negocio económico. Cuestan más de lo que se logra con ellas.

Ya pasó un siglo desde el inicio de la Primera Guerra Mundial, sobre la que muchas personas dijeron, en ese entonces, que era “la guerra que acabaría con todas las guerras”. Desafortunadamente, las guerras solo siguieron sucediendo. Y dado que los titulares sobre Ucrania solo se vuelven cada vez más atemorizantes, pareciera un buen momento para preguntarse por qué.

Había una vez una época en la que se peleaban guerras por diversión y ganancia; cuando Roma invadió Asia Menor o España conquistó Perú, todo se trataba del oro y la plata. Y ese tipo de cosas todavía suceden. En una influyente investigación, patrocinada por el Banco Mundial, el economista de Oxford, Paul Collier, ha mostrado que el mejor indicador de una guerra civil, lo cual es demasiado común en países pobres, es la disponibilidad de recursos saqueables, como los diamantes. Cualesquiera otras razones que mencionan los rebeldes para justificar sus acciones parecen ser racionalizaciones, principalmente, posteriores a los hechos. La guerra en el mundo preindustrial se parece más a una contienda entre familias criminales para ver cuál se queda con el control de los negocios ilícitos que de una lucha por principios.

Si se es un país moderno y rico, no obstante, no reditúa la guerra – ni siquiera la fácil y triunfante. Y esto ha sido cierto desde hace mucho tiempo. En su famoso libro de 1910, “The Great Illusion” (La gran ilusión), el periodista británico Norman Angell argumenta que “el poder militar es fútil social y económicamente”. Como señala, en un mundo interdependiente (que ya existía en la época de los buques a vapor, los ferrocarriles y el telégrafo), la guerra inflige, necesariamente, daños económicos graves, hasta al triunfador. Más aún, es muy difícil sacar huevos de oro de economías sofisticadas, sin matar a la gallina en el proceso.

Podríamos agregar que la guerra moderna es muy pero muy cara. Por ejemplo, según cualquier estimación de los costos finales (incluidas cosas como la atención de los veteranos) de la guerra de Irak terminarán siendo bastante más de los mil billones de dólares; es decir, muchas veces todo el PIB iraquí.

Así es que la tesis de “The Great Illusion” es correcta: las naciones modernas no pueden enriquecerse haciendo la guerra. No obstante, sigue habiendo guerras. ¿Por qué?

Una respuesta es que es posible que los dirigentes no capten las cuentas. Por cierto, es frecuente que Angell reciba acusaciones falsas de personas que pensaron que estaba pronosticando el fin de las guerras. De hecho, el objetivo de su libro fue desacreditar las nociones atávicas de la riqueza mediante la conquista, las cuales todavía estaban generalizadas en su época. Y todavía se dan ilusiones de obtener ganancias fáciles. Solo es una suposición, pero pareciera factible que Vladimir Putin haya pensado que podía derrocar al gobierno de Ucrania, o, por lo menos,confiscar una gran parte de su territorio a un costo muy bajo; un poco de ayuda negable a los rebeldes, y tendría todo fácilmente.

Y, para el caso, habría que recordar que cuando el gobierno de Bush pronosticó que el derrocamiento de Sadam Husein y la instalación de un gobierno nuevo solo costarían 50,000 millones o 60,000 millones de dólares.

No obstante, el problema más grande es que, con demasiada frecuencia, los gobiernos obtienen ganancias políticas con las guerras, aun si la guerra en cuestión no tiene ningún sentido en términos de intereses nacionales.

Hace poco, Justin Fox, de la publicación Harvard Business Review, sugirió que las raíces de la guerra ucraniana podrían estar en el prolongado lapso de vacilante desempeño de la economía rusa, como notó, el control que Putin tiene sobre el poder refleja, en parte, el crecimiento económico rápido. Sin embargo, el crecimiento ruso ha sido titilante y se podría argumentar que el régimen de Putin necesitaba una distracción.

Se han planteado argumentos similares sobre otras guerras que parecerían insensatas, como la invasión de las Islas Malvinas por parte de Argentina en 1982, la cual se atribuye, a menudo, al deseo de la entonces junta gobernante de distraer a la población de una debacle económica. (A decir verdad, algunos académicos son altamente críticos de este argumento.)

Y el hecho es que los países casi siempre se unen alrededor de sus dirigentes en tiempos de guerra, sin importar cuán tonta sea la guerra o qué tan terribles sean ellos. La junta argentina se volvió extremadamente popular por tiempo breve durante la guerra de las Malvinas. Por algún momento, la “guerra contra el terrorismo” llevó la aprobación del expresidente George W. Bush a alturas vertiginosas, y es probable que con Irak haya ganado las elecciones de 2004. Como siempre, los índices de aprobación de Putin han aumentado desde el inicio de la crisis en Ucrania.

Sin duda que es una simplificación excesiva decir que la confrontación en Ucrania se trata de apuntalar a un régimen autoritario que se está trabando en otros frentes. Sin duda que hay algo de cierto en esa historia, y eso plantea algunas posibilidades atemorizantes para el futuro. De inmediato, debemos preocuparnos por la intensificación en Ucrania. La guerra sin cuartel estaría totalmente en contra de los intereses de Rusia, pero Putin podría sentir que dejar que la rebelión se viniera abajo sería una pérdida de imagen inaceptable.

Y, si los regímenes autoritarios sin legitimidad profunda se ven tentados a agitar los sables cuando ya no pueden cumplir con un buen desempeño, habría que pensar en los incentivos que enfrentarán los gobernantes de China si y cuando termine el milagro económico del país, algo que muchos economistas piensan que pasará pronto.

Iniciar una guerra es una pésima idea. Sin embargo, sigue sucediendo, de cualquier forma. 

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