Factor de desestabilización regional

Para evitar un enfrentamiento, se debería realizar un tratado de paz formal para la guerra de Corea, hasta hoy suspendida por un alto el fuego.

EFE

La agencia oficial norcoreana informaba ayer que sus unidades militares especiales se encuentran preparadas para un posible ataque tanto a Corea del Sur como a las bases en el Pacífico de su principal aliado, Estados Unidos, en Guam y Hawai.

Nuevamente, nos encontramos ante la enésima escalada de tensión entre las dos Coreas. Una escalada de tensión que en los últimos años ya ha tenido otros “puntos calientes”, como cuando en 2010 se produjo el hundimiento del barco de guerra surcoreano Cheonan, que dejó 46 muertos, o cuando a finales de ese mismo año hubo un fuego cruzado que se cobró la vida, también, de cuatro ciudadanos surcoreanos, en la isla de Yeonpyeong.

En esta ocasión, la causa proviene del sentimiento de amenaza que percibe la administración de Kim Jung-un; escéptico de las maniobras espaciales de su vecino del sur y que, en consonancia con su padre y su abuelo, continúa utilizando la disuasión militar como elemento fundamental de su política exterior. Un elemento que, ad extra, pretende atraer la atención de la comunidad internacional y tantear la posición de la recién nombrada presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye. Asimismo, alimentar el “enemigo” exterior permite, ad intra, consolidar la lealtad del imaginario colectivo norcoreano alrededor de la figura de su joven mandatario.

Lo cierto es que la crisis entre las dos Coreas ha llegado a uno de los puntos más candentes de los últimos años. Tras las sanciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a las maniobras nucleares de Pyongyang del pasado mes de febrero, a los acontecimientos se ha sumado la rúbrica de un nuevo acuerdo de cooperación militar Seúl-Washington, la anulación del protocolo de no agresión tras la guerra entre Corea del Norte y del Sur (1950-53), la ruptura de las comunicaciones en el punto de Panmujon, en la zona desmilitarizada, y un incremento sustancial de la retórica más beligerante.

Si bien las amenazas de Corea del Norte vienen siendo una constante en los últimos años, y pese a que su potencial militar resulta muy limitado, existe un consenso entre los actores más relevantes de la región —China, Japón y EE.UU.— por sancionar el factor desestabilizador que puede suponer Corea del Norte en la seguridad regional. De este modo, de proseguir estas circunstancias, una segunda guerra con Corea del Norte en el medio plazo parecería inevitable.
Que pueda llevarse a cabo una guerra con Corea del Norte depende, sobre todo, de que se encuentren a través de EE.UU., de Japón y de China, espacios de interlocución efectiva con presencia de las dos Coreas donde se aborden, de manera armónica con los intereses surcoreanos y de la región, las pretensiones norcoreanas de llevar a cabo un tratado de paz formal que ponga fin a la guerra de Corea —hasta hoy suspendida por un alto el fuego—, un mecanismo que confiera mayores garantías de seguridad e, incluso, una normalización de las relaciones con los Estados vecinos de la región.

Ello serviría como primer paso para aliviar notablemente la tensión, pues abordar otras cuestiones de mayor alcance, también de interés norcoreano, como su reconocimiento como estado nuclear o la retirada de los casi 30.000 soldados estadounidenses destacados en Corea del Sur es, y con mayor razón sin un cambio de régimen, sencillamente inimaginable.

Asimismo, todo depende de la racionalidad con la que actúen en el transcurso de las próximas horas los diferentes actores implicados. Pese a la escalada de tensión llevada a cabo en esta ocasión por el régimen de Pyongyang, parece improbable un ataque a EE.UU., principalmente porque todo indica que la fuerza militar de Corea del Norte no dispone de capacidad de ataque intercontinental, aunque sí de misiles de corto y medio alcance que podrían impactar sin dificultad en Corea del Sur.

Por todo, quizá la clave de una posible guerra en este escenario del Pacífico dependa más de Corea del Sur, y hasta qué punto el desencadenante de los hechos pueda arrastrar a un conflicto en el que la capacidad de movilizar actores, recursos y voluntades para la guerra se encuentra más de su lado que del lado de su hostil vecino del norte.

*Investigador en ciencias políticas de la U. Complutense de Madrid.