Fidel Castro, 1926-2016

El reconocido periodista Jon Lee Anderson, quien está preparando una biografía del patriarca de la Revolución cubana, hace una reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro de la isla.

Dos niños esperan  el paso, por Jimaguayú, de las cenizas de Fidel Castro, fallecido el 25 de noviembre.   / AFP
Dos niños esperan el paso, por Jimaguayú, de las cenizas de Fidel Castro, fallecido el 25 de noviembre. / AFP

Fidel Castro ha muerto. Pocos líderes políticos de los tiempos modernos han sido tan icónicos o tan duraderos como el revolucionario cubano, quien había llegado a los 90 años en agosto pasado.

Se había retirado formalmente en 2008 —había cedido el poder a su hermano menor Raúl dos años antes, luego de caer enfermo de gravedad—, pero había regido como jefe máximo de Cuba durante no menos de 45 años, y se mantenía hasta su muerte como el indiscutido patriarca revolucionario de Cuba.

Fidel venía frágil desde hace un tiempo. Su última aparición pública, en abril, en el Congreso del Partido Comunista Cubano, reunido al poco tiempo de la histórica visita del presidente Obama a La Habana, tuvo el aire de una despedida. En su discurso, corto, tembloroso, en el cual luchaba para pronunciar sus palabras, Fidel mencionó su próximo cumpleaños y dijo que “pronto estaré como todos los demás”.

Muchos de los delegados del Partido Comunista lloraban mientras lo escuchaban.

La alusión de Fidel a su propia muerte fue significativa —era algo de lo que casi nunca había hablado en público—. Durante las décadas que estuvo en el poder, desde enero de 1959, cuando derrocó al dictador Fulgencio Batista, hasta su renuncia hace ocho años, los cubanos seguían sus señales, eludiendo el asunto con eufemismos como “inevitabilidad biológica”. Fidel, más que ningún otro líder político en la memoria reciente, tenía la estatura de un mito viviente en su propio país. Durante muchos años, los cubanos lo vieron como casi inmortal.

Fidel estuvo en el centro del escenario de los eventos mundiales durante un extraordinario período. Tomó el poder en tiempos de Dwight Eisenhower y se mantuvo en él hasta la segunda administración de George W. Bush.

Ha muerto en los últimos días del mandato de Barack Obama, el primer presidente de los Estados Unidos en todo este tiempo en viajar a La Habana, evento que tuvo lugar luego de que él y Raúl negociaran un avance diplomático en 2014. Fidel no se encontró con Obama cuando vino a Cuba, y la visita del presidente estadounidense fue, en sentido estricto, la prueba final de que la era de Fidel realmente había terminado.

Fidel había desconfiado siempre de los estadounidenses, algo que les recordó a todos en una carta abierta que publicó en enero de 2015, pocas semanas después de que se anunciara que Raúl y Obama habían restablecido las relaciones entre los dos países. “No confío en la política de los Estados Unidos, ni he intercambiado una palabra con ellos”, escribió, “pero eso no significa que rechace una solución pacífica de los conflictos”. En una velada manera de dar su aprobación, más adelante señaló que, al adelantar negociaciones con el principal enemigo de Cuba, Raúl había “dado los pasos pertinentes de acuerdo a sus prerrogativas y las facultades que le conceden la Asamblea Nacional y el Partido Comunista de Cuba”. Pero su mala disposición fue obvia para todos.

Con esa declaración, Fidel emergió como el último paterfamilias de aquellos apparatchiks cubanos escépticos de la recién descongelada relación con los Estados Unidos y las concesiones al capitalismo abiertas por Raúl, que se han acelerado tras la distensión cubano-estadounidense.

En una columna publicada justo después de la visita de Obama, Fidel cuestionó la ligereza del llamado de aquél a los cubanos a “olvidar el pasado y mirar al futuro”. Fue vehemente sobre cómo el pasado de Cuba está plagado de actos de violencia inspirados —o ejecutados— por los Estados Unidos, los cuales no se pueden olvidar. Agregó, orgulloso, que la Revolución cubana tenía poco para aprender de los yanquis y no tenía necesidad alguna de su caridad. “No necesitamos que el Imperio nos dé nada”, escribió.

Las quejas de Fidel ayudaron a fomentar una reacción oficial negativa de Cuba a Obama.

La muerte de Fidel ha llegado apenas ocho semanas antes de que Donald Trump asuma la Presidencia de los Estados Unidos. Entre otras cosas, Trump ha prometido a los cubano-americanos conservadores de Miami que va a echar para atrás las políticas de Obama hacia Cuba, que buscan desarrollar nexos más cercanos a través de mayores negocios y turismo estadounidense. Los críticos de la política de Obama argumentan que tales concesiones sólo han ayudado a apuntalar un repugnante régimen comunista.

Si Trump sigue adelante con sus promesas, los dos países regresarán con seguridad a la recelosa e indefinida distancia que ha definido su relación desde que Fidel lanzó su revolución socialista e hizo de Cuba un Estado en la primera línea de la Guerra Fría. Suceda lo que suceda con la nueva y frágil relación Cuba-Estados Unidos, es una ironía significativa que los mayores escépticos hayan sido liderados por Fidel, de una parte, y por sus archienemigos en Miami, de la otra.

El legado de Fidel se mantendrá por mucho tiempo como fuente de divisiones. Cuba es hoy un país dilapidado, pero sus indicadores sociales y económicos son la envidia de sus vecinos. El régimen marxista profundamente restrictivo que Fidel implantó durante todos esos años se ha relajado de alguna manera —hay bastante libertad religiosa en la Cuba actual y los cubanos, entre ellos los disidentes políticos más vocales, van y vienen de la isla libremente—, pero el país se mantiene como un Estado de un solo partido político. La Policía usa mano dura contra aquellos que organizan protestas públicas. La prensa que existe, también, se mantiene mayoritariamente en manos de comisarios del partido y ofrece tratados ideológicos más que noticias.

Para los jóvenes cubanos, muchos de los cuales eran apenas niños cuando se retiró, Fidel ya era un tótem oscuro, una figura de abuelo dedicada a hacer pronunciamientos sobre hechos que poco tenían que ver con sus vidas. Con un creciente número de cubanos trabajando por fuera del Estado —autoempleados “cuentapropistas”: conductores de taxi, cocineros, meseros, peluqueros, toderos—, las exhortaciones revolucionarias de Fidel habían pasado a verse como los evocadores balbuceos de un viejo cuyo día ya había pasado.

En años recientes, Fidel se dedicó a escribir sus reflexiones en una serie esporádica de columnas publicadas en el periódico oficial del Partido Comunista, Granma. En su última columna, que apareció el 8 de octubre bajo el título “El incierto destino de la especie humana”, Fidel ofreció un libre y algo oscuro lamento sobre ciencia y religión para concluir: “es en este punto que las religiones adquieren un valor especial. En los últimos miles de años, tal vez hasta 8.000 o 10.000, se ha podido comprobar la existencia de creencias bastante elaboradas en detalles de interés. Más allá de esos límites, lo que se conoce tiene sabor de añejas tradiciones que distintos grupos humanos fueron forjando. De Cristo conozco bastante por lo que he leído y me enseñaron en escuelas regidas por jesuitas o hermanos de La Salle, a los que escuché muchas historias sobre Adán y Eva; Caín y Abel; Noé y el diluvio universal y el maná que caía del cielo cuando por sequía y otras causas había escasez de alimentos. Trataré de trasmitir en otro momento algunas ideas más de este singular problema”.

Ese otro momento, por supuesto, ya no vendrá.

Para una vida que vio a Fidel instalar un régimen comunista en Cuba, derrotar una invasión apoyada por la CIA en bahía Cochinos, desatar la crisis de los misiles, lanzar y armar una miríada de insurgencias marxistas en América Latina y África, despachar cubanos para pelear contra las tropas de Sudáfrica en Angola —y así de paso ayudar a debilitar el régimen del apartheid—, sobrevivir al colapso de la Unión Soviética y mantener intacto el sistema comunista cubano por otro cuarto de siglo, con frecuencia mostrando pura fuerza de voluntad para desazón y frustración de sus muchos enemigos, y para un hombre que buscó ayudar a transformar la humanidad por medio del socialismo revolucionario hasta el final de sus días, noventa años no fueron, quizás, tiempo suficiente.

* Jon Lee Anderson, 2016. Originalmente publicado en The New Yorker (www.newyorker.com)

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