Fosas de Malasia: otro episodio de la crisis migratoria

Las autoridades de ese país hallaron 139 tumbas que podrían ser de refugiados rohingya e inmigrantes bangladesíes.

Imagen facilitada por la policía de Malasia que muestra uno de los campos de tráfico de personas abandonados en el que se hallaron restos humanos enterrados, cerca de la frontera con Tailandia, en Wang Kelian (Malasia). /EFE
Con el anuncio hecho este lunes por parte del gobierno malasio sobre la localización de 28 campamentos clandestinos con 139 tumbas que podrían ser de refugiados rohingya e inmigrantes bangladesíes, sale a la luz la cara más cruel de las redes de tráfico de personas que operan en el sudeste asiático. 
 
Los campamentos abandonados, localizados entre el 11 y el 23 de mayo, están situados a unos 500 metros de la frontera de Tailandia. En una zona selvática fronteriza que ha servido históricamente como ruta para las redes de trata de personas. Inmigrantes de Bangladés y Birmania son transportados ilegalmente hacia Malasia a través de otros países del sudeste asiático, como Tailandia. En el camino, según algunos reportes, los inmigrantes son retenidos en campos a la espera del pago de un rescate por parte de sus familias para liberarlos. Muchos de estos inmigrantes pertenecen a la etnia rohingya y huyen de la persecución y su situación precaria en Birmania, donde la ley les deniega la ciudadanía desde 1982 porque no están incluidos en la lista de 135 grupos étnicos oficialmente reconocidos por el Gobierno. 
 
Mientras las autoridades buscan a los responsables de estas muertes, el fenómeno de la migración genera cada vez más preocupación a nivel global: en las últimas semanas se ha evidenciado que miles de seres humanos corren riesgo de morir en el mar buscando salir de sus países. Los gobiernos de la región intentan ponerse de acuerdo sobre qué hacer con miles de inmigrantes que han llegado y podrían llegar a sus costas. Unos 3.000 inmigrantes de la minoría rohingya que huyen de Birmania y ciudadanos bangladesíes que escapan de la pobreza en su país han desembarcado en las últimas dos semanas en Indonesia, Malasia y Tailandia. 
 
La crisis migratoria comenzó después de que Tailandia, el primer destino geográficamente, hallara campos de detención de inmigrantes en su jungla a principios de mayo. El hallazgo desató una campaña contra el tráfico de personas que provocó la desbandada de los capos de las redes de tráfico, quienes abandonaron navíos dejando al pasaje en situación precaria.
 
Bangladesh, uno de los orígenes de la ola migratoria, ha pensado en endurecer su legislación para mitigar el fenómeno. La primera ministra bangladesí, Sheij Hasina, pidió castigar a los inmigrantes que abandonen Bangladesh ilegalmente por mar en dirección al Sudeste Asiático además de a los traficantes que los captan en sus redes. "Están manchando la imagen del país al tiempo que ponen sus vidas en peligro", dijo ayer la ministra en un encuentro con altos cargos del Ministerio de Trabajo. "Creo que esta tendencia clandestina se detendrá si aquellos que buscan fortuna desde el país ilegalmente son castigados igual que sus intermediarios", subrayó.
 
En suelo bangladesí residen unos 30.000 refugiados rohinyá y decenas de miles de miembros más de esa comunidad que no tienen estatus de refugiado y que legalmente no pueden trabajar, acceder fácilmente a educación o buscar amparo en la Justicia. 
 
En la segunda semana de mayo, la Policía bangladesí aumentó la presión contra los traficantes locales de seres humanos y acabó con la vida de cinco de ellos en tiroteos en el distrito meridional de Cox's Bazar, al tiempo que arrestó a un número indeterminado. Las autoridades costeras también interceptaron un pesquero con problemas que quería transportar a más de un centenar de personas ilegalmente a Malasia. 
 
Hasina pidió al Ministerio de Trabajo que conduzca campañas publicitarias orientadas a los emigrantes, "de manera que la gente aprenda que no debe dar dinero a intermediarios para ir al extranjero, pues así caen en una trampa". También afirmó que su Gobierno ha llevado a cabo varias iniciativas para mejorar el bienestar de emigrantes y expatriados bangladesíes y lamentó que, pese a ello, algunas personas opten por un "camino incierto".
 
"¿Por qué van? No es correcto que todos lo hagan motivados por la pobreza. Parece que buscan un sueño dorado, que se puede ganar mucho dinero fuera. Esto es una especie de enfermedad mental. Podrían haber llevado una vida confortable aquí con buenos trabajos", agregó.
 
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