Fratelli D’italia

Una mirada a este extraordinario país, el sitio ideal para que cualquier desterrado adolorido vuelva a confiar en que la felicidad sí existe.

Hasta los países, si quieren llegar a alguna parte en este mundo, deben tener buen gusto para escoger sus nombres: Italia lo tuvo, sin duda, pues pocos nombres de países endulzan tanto el oído como esas tres sílabas, I-ta-lia. Colombia también escogió bien su nombre, que quizá suena tan bien porque es un trisílabo prestado de la lengua italiana. Nuestro país se llama como debería llamarse, si hubiera una justicia histórica, todo el continente, pues su nombre está tomado del apellido de don Cristóforo Colombo, navegante genovés tan genial como despistado.

El nombre suena bien, pero es un poco irónico pues “colombo”, en italiano, quiere decir palomo, por lo que Colombia viene a ser algo así como “el país de la paloma”, nombre no propiamente descriptivo para este tan poco apacible y tan violento lugar sobre la tierra. Esperemos que al menos sea profético.

Cuando un amigo mío, Ricardo Bada, entró por primera vez en Italia por tren y empezó a mirar por la ventanilla, no sé si en el Alto Adigio, en el lago de Como, en las colinas toscanas o en la Llanura Padana, exclamó lo siguiente: “¡Italia es el país, el resto son imitaciones!”.

Y hago mía esta frase porque no hay ternura comparable como la que sienten los ojos al contemplar, qué sé yo, las colinas de Umbria, los acantilados de “le Cinque Terre” en el mar de Liguria, los viñedos de Barolo en el Piamonte, las aguas cristalinas de Cerdeña o de Sicilia, plagadas de las sirenas de Lampedusa, las ruinas y las plazas de Roma... y me detengo porque la lista de las bellezas italianas es infinita y no estoy escribiendo propaganda turística.

Lo curioso del espacio italiano, de su geografía, es que la belleza natural no ha sido llenada con oprobios humanos, con bajezas culturales de la peor arquitectura o el más torpe desprecio por el paisaje. Italia tiene, o al menos tuvo, un buen gusto artístico y paisajístico por el cual, lo que sus habitantes añadieron al paisaje no fueron heridas —como ocurre casi siempre en Colombia— sino adaptaciones y mejoras que conviven y armonizan perfectamente con el entorno.

Hay excepciones, claro, pues también en Italia se han cometido crímenes de lesa naturaleza, pero en ese país —mucho más que en sus imitaciones— existen los ejemplos más claros de que es posible que el paisaje divino (llamémoslo así) y el humano se combinen para alcanzar alturas de perfección platónica.

No tengo espacio para ocuparme de otros asuntos itálicos fundamentales como, qué sé yo, la política o la literatura italiana. De la política diré que solamente en Italia pudo surgir el sutilísimo Maquiavelo, quizá por aquello que una vez sintetizó con agudeza Ennio Flaiano: “La situación política en Italia es grave, pero no es seria”.

Sobre la literatura diré tan sólo que en Italia se inventó quizá el más perfecto de todos los objetos mentales que se puedan concebir para cualquier lengua latina: el soneto. En Dante o en Petrarca, en Leopardi o en Cecco Angiolieri, este esquema de sonidos nos dio una pauta humana de belleza sólo comparable a las proporciones áureas de los pintores del Renacimiento o a la armonía de las líneas en las villas de Palladio.

Termino con algo más personal, porque es inevitable. Le debo a Italia casi todo lo que más atesora mi memoria: mi formación en las letras, el generoso asilo en el momento más amargo de mi vida, y el nacimiento de mis dos hijos.

En Italia aprendí yo —y luego recuperé— el uso de la alegría. Italia da una frescura de la existencia, un resbalarse agradable por la vida, una feliz relación con el tiempo. Mis amigos allá no desdeñaban perder las horas conmigo y me enseñaron a conocer a fondo las dulzuras del vino, de la buena comida, de los abrazos. Italia es el sitio ideal para que cualquier desterrado adolorido vuelva a confiar en que la felicidad sí existe.

 

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