Frustración y hambre en Guantánamo

Se cumplen casi dos meses de una rebelión de presos en la base militar de EE.UU. en Cuba. La huelga se debe a la frustración por la imposibilidad de cerrar el penal.

A las afueras de la Embajada de EE.UU. en Saná, yemeníes protestan por la liberación de sus familiares detenidos en la cárcel de Guantánamo. / AFP
A las afueras de la Embajada de EE.UU. en Saná, yemeníes protestan por la liberación de sus familiares detenidos en la cárcel de Guantánamo. / AFP

La huelga de hambre, que empezó el 6 de febrero en la prisión de Guantánamo, es una expresión de la frustración de los reos que alcanzaron a ilusionarse con las promesas de la primera campaña presidencial de Barack Obama, quien en 2008 anunció el cierre del penal durante su mandato. Ahora, cuando el presidente estadounidense cumple su segundo período y las perspectivas de clausurar esa base militar estadounidense en suelo cubano son cada vez más escasas, los prisioneros han recurrido al hambre para protestar.

A mediados de marzo eran 24 presos en huelga. Ahora algunas organizaciones señalan que son 37 de los 166 prisioneros los que se han rebelado. No obstante, uno de los presos, Shaker Aamer, afirmó ayer en una llamada a su abogado que el número de reos en huelga es 130. Once presos que han sufrido una pérdida considerable de peso han sido forzados a alimentarse a través de tubos insertados por la nariz y otros tres han sido hospitalizados por deshidratación.

Carlos Wagner, abogado que defiende a 11 detenidos, ha asegurado que más de la mitad de los presos “tienen el visto bueno del Pentágono para ser transferidos y, sin embargo, permanecen entre rejas”. La administración estadounidense no ha encontrado la manera de transferir a los prisioneros sin poner en peligro sus vidas o despertar el rechazo inmediato de los países a donde serían llevados.

Obama, además, tomó medidas que han impedido cerrar la prisión. Antes de posesionarse para su segundo mandato y en contra de su propio criterio, dio su visto bueno a la Ley de Autorización de Defensa de 2013. En tres secciones de esta ley se prohíbe la transferencia de detenidos en Afganistán y en Guantánamo, algo con lo que el Congreso y el ejército se aseguran de que el penal no será cerrado en un futuro inmediato. Obama, no obstante, al ratificar la ley añadió una reserva en la que manifestaba su rechazo a esta provisión.

Semanas después de la reelección del mandatario, según la organización Reprieve, que representa a medio centenar de detenidos en Guantánamo, el Departamento de Estado estadounidense cerró la oficina de Daniel Fried, el encargado del cierre de la prisión. Dicha oficina, establecida en 2009 poco después de que Obama firmara una orden ejecutiva llamando a clausurar la prisión, asistía a los prisioneros que podían ser liberados, pero que no podían regresar a sus países de origen, por el riesgo de ser perseguidos o torturados. Fried viajó por el mundo desde que se negoció la repatriación de unos 30 detenidos y la reasignación de alrededor de 40 más elegibles para su liberación, pero que no pueden regresar a sus países debido a las amenazas que enfrentan.

Así quedaron enterradas las esperanzas de clausurar un penal que, a la luz de la ley internacional, es doblemente ilegal por las violaciones a los derechos humanos que allí se cometen y por tratarse de un territorio ocupado.

A principios de febrero el Centro de Derechos Constitucionales de EE.UU. anunció que “después de más de 11 años de detención indefinida y abusos, humillaciones y represalias, los militares parecen estar tomando arbitrariamente medidas enérgicas contra los detenidos en Guantánamo, yendo tan lejos como para requisar sus coranes y confiscar sus fotos familiares. En respuesta, los hombres han sentido que su única opción para protestar pacíficamente era ir a huelga de hambre, la cual ha durado más de tres semanas y ahora está poniendo en peligro su vida y su salud. Con su fracaso en el cierre de Guantánamo a un lado, esta administración debería estar más allá de tales crueldades, sobre todo teniendo en cuenta cómo muchos de los hombres que siguen atrapados allí han sido unánimemente aprobados para transferencia”.

El mismo general John Kelly, jefe del Comando Sur del ejército de Estados Unidos, ha admitido que la huelga actual obedece a que los presos se sientan “frustrados” por el fracaso de la administración norteamericana para cerrar el campo de detención.