Fusilados, a pesar de los ruegos

El gobierno del presidente indonesio, Joko Widodo se mostró inflexible. Rechazó todos los pedidos de clemencia que le hicieron la ONU, mandatarios y organizaciones internacionales.

Protestas al frente de la Embajada de Indonesia en Manila por la ejecución. / AFP

Rechazó todos los pedidos de clemencia que le hicieron el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon; el primer ministro de Australia, Tony Abbott; los presidentes de Brasil, Dilma Rousseff, y de Filipinas, Benigno Aquino, entre otros gobiernos, además de varias organizaciones internacionales, para que detuviera la ejecución de nueve condenados por narcotráfico.

Joko Widodo respondió en todas las ocasiones con una negativa. Dijo que no detendría las ejecuciones y que se debían respetar las leyes de Indonesia, al tiempo que defendió la aplicación de la pena de muerte como medida disuasoria en la lucha contra el tráfico de drogas.

Los nueve acusados, entre los que se encuentran un brasileño, dos australianos, tres nigerianos, un ghanés y un indonesio, además de una mujer, fueron condenados a morir por fusilamiento en la prisión de la isla de Nusakambangan. Su sentencia fue confirmada por la fiscalía horas antes de la media noche, cuando se dio el fusilamiento. Los reclusos recibieron una notificación el pasado sábado y desde entonces fueron trasladados a celdas de aislamiento. Los presos pudieron despedirse durante el día de sus familiares, mientras las autoridades realizaban los preparativos y llegaban las ambulancias y los ataúdes.

La familia y el Gobierno brasileño alegaron que su ciudadano padece esquizofrenia, por lo que según las leyes indonesias no podía ser ejecutado, pero las autoridades decidieron aplicar de todas formas la pena capital . Una hora antes de la ejecución, un equipo de doce policías especializados acudió al lugar. Tomaron posiciones a diez metros de donde se ubicó a los condenados y alistaron sus rifles, que en estos casos son cargados con tres balas, de las cuales sólo una es real. Así se evita determinar quién disparó el tiro mortal.

Los prisioneros sentenciados a muerte por el mismo crimen, según las leyes indonesias, deben ser ejecutados al mismo tiempo pero por diferentes pelotones de fusilamiento. De acuerdo con otros casos, los reclusos condenados son llevados hasta un espacio abierto, donde se atan sus manos y pies, y son colocados frente a postes individuales. Se les da a elegir entre estar sentados, arrodillados o de pie en el momento de la ejecución. Pueden llevar una venda en los ojos si lo desean.

Los prisioneros tienen tres minutos finales junto a un consejero religioso, antes de que el comandante dibuje una marca negra en sus ropas en la zona del corazón. Luego, el comandante saca una espada y, cuando la baja, el pelotón abre fuego. Si un médico dictamina que algún condenado ha sobrevivido, un soldado le dispara un tiro en la cabeza. En una encuesta nacional publicada el pasado mes por Indo Barometer, el 84% de los encuestados apoya la pena de muerte para los traficantes de drogas. Muchos habitantes de Indonesia consideran a los traficantes de drogas como terroristas, asesinos o violadores.

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