La guerra de dos mundos

El país se debate entre el ingreso a la Europa comunitaria y sus problemas económicos, que en buena parte tienen que ver con sus suministros energéticos, proveídos principalmente por Moscú.

Imagen de las barricadas erigidas por los manifestantes en Kiev, capital ucraniana. / Fotos: AFP

“Rusia necesita su paraíso”, le escribió el príncipe Grigori Potemkin en una carta a Catalina la Grande. En 1783, la emperatriz sumó Crimea al imperio ruso y declaró que este territorio siempre sería de Rusia.

Crimea es actualmente parte de Ucrania, aunque el 70% de su población sea étnicamente rusa y una buena parte de sus habitantes se define como rusos y no ucranianos (en una encuesta hace unos años, al menos un tercio de los encuestados expresó su deseo de volver a formar parte de Rusia). Sebastopol, la ciudad más grande de la península, es hogar de la única flota rusa cuyos puertos no se congelan en todo el año y está cubierta con 2.300 conmemorativos de la época soviética, tiempo en el que fue declarada como ciudad heroica por resistir más de 200 días a los ejércitos de Hitler.

Lo que sucede en Crimea es un buen ejemplo para explicar la compleja situación de un país que intenta definirse, casi en simultánea, como dos cosas que parecieran no sólo opuestas, sino que se anulan mutuamente: una nación europea o una nación cercana a Rusia.

Todos quieren con Ucrania. El país representa la frontera más amplia entre la Unión Europea (UE) y Rusia; esto significa que, de entrar a la Unión, Ucrania sería el corredor más inmediato para entregar bienes de Europa a Rusia. Este argumento funciona en el sentido contrario: el país oficiaría como una especie de tapón para la expansión de la Europa manejada desde Bruselas, un propósito que Moscú persigue mediante la creación de una zona de libre comercio entre antiguas república soviéticas (que hoy cuenta con Bielorrusia y Kazajistán como primeros miembros).

El pulso por Ucrania sucede en varios niveles, uno de estos el ideológico, si se quiere: “Se trata de un escenario en el que Europa y EE.UU. sienten que deben promocionar la democracia, así como lo hicieron a finales de los años 80 en Polonia, Checoslovaquia, Rumania y otros. Sienten el deber de apoyar la democratización”, de acuerdo con Mauricio Jaramillo Jassir, profesor de la Universidad del Rosario.

“En vez de honrar la identidad eslava y europea de Ucrania, la UE ha promovido activamente el acceso a la Unión como ‘una elección civilizada’ entre Rusia y el resto de Europa. Como muchos ucranianos entienden tradicionalmente a Rusia como su aliado y vecino más cercano, ¿resulta sorprendente que no hayan elegido a la UE?, escribió el académico Nicolai N. Petro en el diario The New York Times.

El año pasado, en declaraciones a medios de comunicación, Nicolae Timofti, presidente de Moldavia (antigua república soviética, como Ucrania), aseguró que la firma de acuerdos por parte de su país para ingresar a la Unión Europea era la única oportunidad para que este país se desarrollara “como un país europeo, en línea con el espíritu de Europa”. La oposición, entonces, queda clara: o con Europa o con Rusia.

En esta dicotomía impuesta lo que abunda es la indecisión, una falta de certezas que se antoja esencial. “Rusia sabe lo que quiere de Ucrania. Ucrania no sabe lo que quiere de Rusia”, en palabras de Leonid Kravchuk, primer presidente ucraniano después del colapso soviético.

Además del pulso ideológico, se encuentra el económico. Se calcula que el 80% de la demanda energética ucraniana se suple con carbón y con energía nuclear. Buena parte de sus centrales térmicas funcionan con gas natural, el cual proviene, en un 80%, de Rusia (el 85% del petróleo que consume el país también proviene de Moscú).

En medio de las protestas por la negativa del gobierno ucraniano de entrar a la Unión Europea, los rusos ofrecieron un descuento en la factura del gas que, cada año, le ahorrará a Ucrania cerca de US$2 mil millones. Por el otro lado, la UE, bajo los términos del acuerdo que no fue firmado, ofreció un paquete de ayuda de mil millones de euros (algo más de US$1.300 millones).

Los descuentos rusos no son una novedad. En 1997, Ucrania logró un acuerdo de varias decenas de millones de euros sobre la deuda del país con Rusia, que en ese momento era de $725 millones de euros; en 2010, Moscú le descontó a Ucrania 30% de su factura de gas.

Rusia pareciera el principal actor doméstico en un país que, quizá con algo de nostalgia por el pasado soviético, se debate entre reformular parte de su identidad y obtener la energía necesaria para sostener una economía en desarrollo. Las palabras del expresidente Kravchuk: “Rusia sabe lo que quiere de Ucrania. Ucrania no sabe lo que quiere de Rusia”.

 

 

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@troskiller

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