La guerra del burkini

Playa, sol y prejuicios racistas: la prohibición del “burkini” en las playas francesas tenía todos los ingredientes para convertirse en la comedia del verano. El clima de tensión en Europa y la tradición nacionalista corsa, sin embargo, la acercan a la tragedia.

Mujeres musulmanas se pasean por las playas mediterráneas./ Ricardo Abdahllah
Mujeres musulmanas se pasean por las playas mediterráneas./ Ricardo Abdahllah

La palabra burkini no aparecía en el decreto del alcalde de Cannes, David Lisnard, tampoco la palabra musulmanas, pero con “un vestido playero que manifiesta de manera ostentosa una pertenencia religiosa” se entiende que la población a la que apuntaba el burgomaestre no eran las monjas en peregrinaje a una ciudad que si no fuera por su Festival de Cine no se diferenciaría en mucho de otros balnearios de la Costa Azul. Los fotorreporteros se lanzaron entonces a las costas para encontrar, junto a las bañistas en topless cuya presencia escandaliza aún a las clases más conservadoras, las mujeres musulmanas cubiertas de pies a cabeza a las que “para evitar problemas de orden público” Lisnard quería prohibir disfrutar del sol veraniego. No las encontraron. Ni una sola. Por eso la foto de una anónima en una playa no identificada terminó siendo reciclada una y otra vez en los principales diarios y portales de Francia.

Eso era lo que había a la mano para ilustrar los artículos sobre la decisión del alcalde, que ya había protagonizado una polémica al nombrar entre los asesores de seguridad del Festival a Nitzan Nuriel, un general reservista del ejército israelí acusado de crímenes de guerra.

La dificultad para encontrar mujeres en burkini mostraba bien cómo Lisnard se había lanzado esta vez contra un fenómeno sino inexistente al menos marginal, pero los elogios que despertaba entre el electorado del Frente Nacional (que la derecha tradicional y la derecha socialista sueñan con conquistar antes de las elecciones presidenciales del 2017) y una inesperada declaración de “comprensión” del Primer Ministro Manuel Valls llevaron a que siete ciudades costeras siguieran el ejemplo de la capital francesa del cine.

Una de ellas fue Sisco, en Córcega, donde el fin de semana pasado una riña entre lugareños y familias de origen marroquí residentes en Bastia (la segunda ciudad más poblada de la isla) dejó cinco heridos de gravedad y cinco detenidos de los dos bandos acusados de “violencias en reunión”.

El alcalde socialista Ange-PierreVivoni justificó su decisión argumentando que el origen de la disputa habría sido la presencia en las playas de la ciudad de varias mujeres en burkini. Seis días después de la pelea, los testimonios de varios turistas señalaron que el famoso burkini nunca existió, tampoco los harpones con los que los locales afirmaron haber sido atacados por “los árabes”; en cambio, fueron bien reales el intercambio de piedras y botellas y los insultos entre los “magrebís” de Bastia y los “verdaderos corsos” de Sisco. Vía telefónica, el portavoz de la fiscalía departamental minimiza los hechos: “No es la primera vez que hay una pelea entre turistas y gente de un pueblo”.

Es, sin embargo, la primera vez que es necesario movilizar cien gendarmes para impedir una “expedición de venganza” de los lugareños hacia Lupino, el barrio donde se rumoraba equivocadamente que vivían las familias de origen magrebí, y que de no haber sido por la intervención de las fuerzas policiales habría terminado en linchamiento. Ver imágenes (http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/de-donde-sale-el-burkini-galeria-649604)

Córcega: ¿Un crisol de tensiones?

Dos semanas antes del incidente, el FLNC (Frente Nacionalista por la Liberación de Córcega), un grupo armado responsable de centenares de atentados con bombas desde finales de los sesenta, lanzaba una amenaza clara: si ocurría un ataque islamista en el territorio corso, sus combatientes lanzarían represalias “sin contemplaciones” contra los salafistas de la región, que aseguraban “tener bien identificados”.

El anuncio fue recibido con entusiasmo por los dirigentes de extrema derecha y las páginas nacionalistas francesas de internet , que suelen evocar el “ejemplo corso” para referirse a las iniciativas hostiles que ciertos habitantes de la isla han lanzado contra la presencia de extranjeros, en particular marroquíes. Según un reporte de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, publicado el 11 de enero de este año, la región insular sería aquella con “el mayor número porcentual de actos islamófobicos” con uno cometido por cada 18.000 habitantes.

El informe señala que además del número de acciones, ciertas de ellas han alcanzado un nivel de violencia inédito en Francia: en los últimos dos años tuvieron lugar en Córcega el saqueo de un centro religioso, el ataque con metralleta a una carnicería hallal y la quema de ejemplares del Corán. Los eslogans de “Arabi Fora” (“Fuera los árabes”) y “Terra corsa a i Corsi!” (“La tierra corsa es para los corsos”) que volvieron a ser escuchados en las diversas manifestaciones que han tenido lugar tras la riña del sábado aparecen con frecuencia en los muros de las ciudades y carreteras de la región.

Para la socióloga Marie Peretti-Ndiaye, profesora de la Universidad de París-Nanterre, quien ha estudiado desde 2003 las tensiones entre comunidades en la isla, es sin embargo impreciso hablar de un “racismo corso”. “Como en el resto del país, hay ciclos de brotes racistas exacerbados por factores como la crisis económica. En Córcega se culpa al recién llegado, se dice que roba el trabajo, o, al contrario, que no le gusta trabajar, pero eso no tiene nada de específico a la región”.

La académica reconoce, pese a ello, que la mirada despectiva que los franceses “del continente” han tenido tradicionalmente de los habitantes de la isla y la represión en ocasiones violenta de las opiniones independentistas han contribuido a enraizar un nacionalismo que se expresa de muchas maneras y en el que pueden encontrar eco los sentimientos racistas. “Córcega ha sido tratada como una colonia y eso ha llevado a que sus habitantes quieran demostrar que son mejores que los ‘verdaderos’ colonizados y a su vez los menosprecien”, afirma Peretti-Ndiaye. “Lo que es innegable es que existen tensiones que pueden cristalizarse alrededor de signos considerados como religiosos, y ese es el caso del burkini”.

Una incómoda particularidad francesa

A diferencia del caso inglés, donde incluso los agentes de policía pueden llevar signos religiosos como los dreadlocks rastafarios, el turbante sikh o el velo femenino islámico, Francia ha impulsado una política de mantener “lo religioso en el ámbito privado”, que ha pasado por la prohibición del velo en las escuelas en el 2004 y de accesorios como el niqab (ver infografía) en cualquier espacio público a partir de octubre del 2010. Si la primera de estas medidas terminó por ser aceptada, la segunda es aplicada raramente. Los sindicatos de la Policía afirman que las amonestaciones por este motivo suelen terminar en trifulcas, que exigen la solicitud de refuerzos, poco disponibles en pleno estado de permanente emergencia terrorista.

Pero además de las consecuencias de orden público, la prohibición del velo ha llevado a que cada vez más mujeres decidan usarlo, en sus versiones más moderadas, como una marca de orgullo de sus orígenes. Esa es por ejemplo la posición de Ismahane Chouder, presidente del Colectivo Feminista por la Igualdad, quien afirma que “la opresión no es el velo en sí sino la obligación de llevarlo o no”.

Paradójicamente, el burkina gate, como ha terminado por llamarse a la polémica, ha logrado poner de acuerdo a corrientes feministas usualmente opuestas. Ése es el caso de Inna Shevchenko, líder del grupo Femen y conocida por su ateísmo radical, para quien “el burkini es un instrumento de opresión de la mujer, pero prohibirlo por la fuerza lo es también, y además es servirle en bandeja de plata a la extrema derecha un arma que va a ser utilizada para fomentar la xenofobia y el racismo”.

Lo que parece confirmar que los decretos no sólo están lejos de convertirse en un arma de emancipación de la mujer musulmana, sino que parecen lejos de cumplir una de las razones invocadas a la hora de anunciarlos: evitar problemas de orden público. Esto es sobre todo notorio en las costas de Córcega donde, según el periodista Gaël Cogné, enviado especial de la televisión francesa, “todo mundo está asustado de un lado o del otro y teme que la situación explote”.

Tres semanas después de la promulgación de la norma, apenas cuatro mujeres han sido amonestadas en Cannes. Otras seis habrían abandonado la playa por su propia voluntad o “decidieron quedarse luego de la invitación a descubrirse”. Ningún caso de “mujer en burkini” se ha reportado en la Isla de la Belleza, como los franceses llaman a Córcega, la única región de Francia cuya bandera tiene un rostro humano: el de un moro con una bandana alrededor de su cabello rizado.

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