Las guerras de la imaginación

Un conflicto que, con sus millones de muertos generó una nueva sensibilidad humana. Sobre esta base, una generación de artistas creó obras plenas de dolor y angustia.

Dos soldados británicos filman un bombardeo alemán en el frente occidental. / FLICKR-Jeff Kubina

El último combatiente de la Primera Guerra Mundial murió en 2012, al menos el último reconocido oficialmente: Florence Green, de 110 años, fue parte del servicio de oficiales de la Real Fuerza Aérea Británica. Sin ir a la primera línea, incluso sin volar misiones de combate (pues les tenía pavor a los aviones), Green era, quizá, el último pedazo de historia viva de una guerra que continúa produciendo una sombra atroz e incierta, no en el campo de batalla, pero sí en la memoria colectiva de una carnicería tan orquestada como ninguna otra.

Claro, están los obeliscos y las placas en los cementerios y en los cientos de aldeas y ciudades que prestaron a sus hombres para ir a pelear una guerra con mentalidad del siglo XIX, aunque con armas del XX. Pero quizá el mayor monumento a los amplios horrores de la Gran Guerra está en El señor de los anillos, de Tolkien; en algunas piezas de Maurice Ravel, en Sin novedad en el frente, la inmortal novela de Remarque que al año siguiente de su publicación fue adaptada en una película ganadora de dos premios Óscar.

La Gran Guerra se inventó otra versión de la humanidad a punta de trinchera, barro y cañón: aproximadamente 20 millones de muertos, entre civiles y militares, fueron el abono necesario para que una nueva sensibilidad humana creciera, una sensibilidad herida y aterrada, siempre con el mal a cuestas porque, como ya lo dijo alguien sabio, “el infierno son los otros”.

Pocos días antes de conmemorar los 100 años de una tragedia que nadie termina de entender muy bien, William Boyd, autor británico, recuerda que los poemas de la guerra eran uno de los horrores de los estudiantes de primaria en Inglaterra; durante la lectura de Dulce et decorum est, de Wilfred Owen, uno de sus compañeros de escuela tuvo que salir del salón por la dureza del texto.

El perpetuo estado de alerta de un mundo que sabe que las cosas cambiarán para peor es una de las marcas indelebles de El señor de los anillos. Aunque era un oficial de comunicaciones del ejército británico, Tolkien estuvo presente en la gran batalla del Somme, en Francia, en donde vivió en carne propia la miseria de las trincheras del frente de batalla. Una descripción célebre: “El horror animal de servir en batalla”.

En el mundo imaginado por Tolkien, el trigo y los árboles han sido cortados para dar paso a un paisaje áspero y rudo, casi volcánico, con una tierra gris en la que no crece nada, un lugar habitado exclusivamente por el mal, la presencia definitiva en la obra del escritor. El autor encarnó en el anillo, y en Sauron, una voluntad superior siempre volcada al poder, siempre sedienta de más. Pero, claro, lejos de la fantasía, la Guerra del Anillo es el reflejo de un mundo que decidió saldar a punta de cañón la siguiente etapa del progreso. “El mundo arderá con los fuegos de la industria”, dice el mago Saruman en Las dos torres. Y sí que ardió.

El título de la Gran Guerra se sigue manteniendo 100 años después porque, sin holocausto en la mitad, los números de la barbarie, quizá, no son igualados por otra confrontación militar: el primer día de la batalla del Somme (el mayor enfrentamiento de los cuatro años) hubo más de 60 mil muertos y heridos, esto tan sólo en el bando británico; se estima que al menos 10 millones de soldados murieron o fueron heridos, principalmente, en los más de 800 kilómetros de trincheras excavadas en el frente occidental.

Al principio de Sin novedad en el frente, Erich Maria Remarque advierte: “Este libro no pretende ser una acusación o una confesión y, sobre todo, no es una aventura, pues la muerte no es una aventura para aquellos que se encuentran con ella frente a frente. Simplemente intentará narrar la vida de una generación de hombres que, a pesar de haber escapado a las balas, fueron destruidos por la guerra”.

Remarque se convirtió eventualmente en una especie de enemigo del poder cuando, algunos años después de la Gran Guerra, Alemania aspiraba de nuevo a conquistar el mundo a través del fusil. El escritor se opuso al nazismo, terminó por salir de su país y su libro fue uno de los primeros en pasar a la hoguera que Hitler erigió para intentar quemar los horrores de una historia que se aprestaba a repetir.

Maurice Ravel también fue a la Gran Guerra y sobrevivió a ella en el bando francés. Después del fin del conflicto compuso una pieza para zurdos dedicada al pianista austríaco Paul Wittgenstein (hermano de Ludwig, el famoso filósofo), quien perdió el brazo derecho en las trincheras y en Le tombeau de Couperin los muertos viven, pues cada movimiento está dedicado a los amigos del compositor que jamás regresaron del frente.

“La guerra para acabar con todas las guerras”. Tal vez la frase más famosa de Woodrow Wilson, presidente estadounidense de la época. Una gran mentira, por supuesto. La Gran Guerra sirvió para engendrar la siguiente vía el tratado de Versalles, pero también a través de la rápida expansión industrial de un mundo que avanzó varios siglos en uno solo gracias al acero y al plomo.

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