Hillary Clinton y la misoginia en política

La actual campaña presidencial estadounidense muestra el machismo de un país, que juzga a la candidata más preparada para el cargo por los escándalos de su marido o por su ropa, la sonrisa o, incluso, si es lo suficientemente femenina.

 Durante el tercer debate, Hillary Clinton se refirió a las acusaciones contra su rival, Donald Trump, por sus comentarios contra las mujeres.
Durante el tercer debate, Hillary Clinton se refirió a las acusaciones contra su rival, Donald Trump, por sus comentarios contra las mujeres.AFP

La pregunta, ¿qué tiene de especial la candidatura de una mujer a la presidencia de un país? sigue teniendo demasiadas respuestas, y aún estamos lejos de normalizar la representación política de las mujeres, y aún más lejos, si cabe, que las mujeres en política puedan representar la pluralidad de formas de ser mujer que existen en el mundo. (Vea acá el especial ELECCIONES EN ESTADOS UNIDOS 2016)

Aunque en América Latina diez mujeres han alcanzado la presidencia de las distintas naciones, siendo Argentina la única donde se ha repetido tal circunstancia, y Estados Unidos tiene por primera vez la posibilidad de sumarse al cambio, las mujeres en política seguimos siendo vistas como palomas aun cuando algunas o muchas sean halcones.

No en vano son muchas las líderes conservadoras que llegan al poder y ocupan puestos presidenciales, legislativos y ejecutivos sin desplegar por ello políticas que supongan avances en la igualdad y en los derechos de las mujeres, políticas que impidan que por ejemplo América sea el continente más violento para las mujeres en general, pero también que las mujeres que ejercen la política siguen siendo objeto de violencia simbólica, psicológica e incluso física.

Hillary Clinton y el machismo

El machismo en política se hace patente mediante diversos mecanismos. En el caso de Hillay Clinton pocos candidatos han estado tan preparados como ella, si la comparamos con el actor Ronald Reagan o el expresidente George W. Bush, para asumir la presidencia de Estados Unidos.

Pero, como es una mujer se la está midiendo por lo que fue o ha sido su marido, ya que a las mujeres se nos evalúa en función de nuestros hijos o familiares, como si simplemente fuéramos órganos periféricos de los mismos y no personas completas con derechos.

Uno de los ejemplos más evidentes del sexismo, machismo y misoginia de nuestras sociedades está en el tratamiento mediático de la imagen de las mujeres en la política. La cosificación y reducción de la inteligencia de la mujer es tan evidente que una de las mujeres más brillantes de América, Michelle Obama, ha sido convertida en modelo o maniquí por la prensa latinoamericana durante las visitas oficiales a Cuba o Argentina, en línea con el estereotipo de una primera dama que es un elemento decorativo o ángel del hogar.

Pero incluso tratándose de candidatas a la presidencia del gobierno, gran parte de los comentarios y pseudoanálisis se articulan en torno a sus peinados, el vestuario elegido o lo apropiado o no del mismo o de su maquillaje, en vez de centrarse en sus propuestas económicas, políticas o sociales. Además, como ha sido denunciado en innumerables ocasiones, la asertividad de las mujeres en política debe ser matizada con sonrisas y guiños femeninos a fin de que la claridad y contundencia expositiva no sea confundida con agresividad, ya que sigue pareciendo ilícito que las mujeres expresemos nuestro saber, enfado o disconformidad en público dada la creencia extendida en que siempre y ante todo estamos para sonreír y causar buena impresión en los demás.

Las mujeres que mandamos debemos poner cuidado en sonreír lo suficiente como para no ser acusadas de mandonas, rígidas u engreídas; o bien, por no ser suficientemente femeninas en el uso de ropa poco favorecedora, bien por parece una abuela como se decía de Michelle Bachelet, o para no resultar demasiado masculina, como Ángela Merkel.

El colmo del machismo es cuando una mujer debe demostrar que lo es, tal y como han llegado a escribir sobre Hillary Clinton durante esta campaña. Así las cosas se ha escrito más sobre el escote o el color de las chaquetas de Hillary Clinton que sobre su programa para mantener o modificar el seguro social.

Y esta violencia simbólica, las imágenes que minusvaloran la capacidad de las lideres mujeres fueron movilizadas durante las campañas electorales de la expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner y la expresidenta brasileña Dilma Roussef, así como de la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet, pero están siendo muy marcadas en la campaña presidencial estadounidense.

El hecho de que una mujer sea contendiente protagonista a la presencia ha disparado los comentarios y, también algunas reflexiones, en torno al mantenimiento de los estereotipos sexistas en nuestras sociedades como la clásica supuesta debilidad o incapacidad de las mujeres para las decisiones colectivas.

Cabe mencionar el video de la campaña del candidato republicano, Donald Trump, que vincula las veces que Hillary ha estado enferma con su inadecuación al cargo de Jefa de las Fuerzas Armadas; una sospecha que fue usada durante años contra Cristina Fernández de Kirchner, y siempre en relación al tópico de la histeria o locura inherente a las mujeres; la misma acusación que se hacia contra Dilma Roussef durante el proceso de impeachment.

Estos ataques a las mujeres políticas siguen basándose en la supuesta inferioridad de las mujeres en general ya que no encontramos que los líderes políticos hombres que sufren enfermedades sean cuestionados o inhabilitados por ello, a pesar de que algunos hayan afrontado Párkinson, cáncer y otras enfermedades graves, como era el caso del Papa Juan Pablo II.

Parece seguir viva en el imaginario colectivo aquella leyenda de La Sorbone que afirmaba nuestra incapacidad para la medicina, debido a nuestra debilidad ante la sangre, cuando la mayor parte de las mujeres durante la mayor parte de su vida menstruamos y vemos mucha sangre todos los meses.

Por otro lado, en los últimos años hemos visto aumentar exponencialmente la violencia explícita contra las mujeres lideres y en las campañas políticas, se trata del denominado acoso político en auge a fin de contrarrestar la presencia de las mujeres en ejecutivos, legislativos y otros órganos de representación política —ayuntamientos, cabildos, departamentos, consejos comunales, etcétera—, pues ciertamente a pesar de todas las limitaciones a la igualdad efectiva de las mujeres se ha incrementado la participación política de las mujeres en la última década.

Ahora, junto a la violencia simbólica en los últimos años el uso de la violencia física empieza a ser un mecanismo crecientemente utilizado para desincentivar o frenar el aumento de mujeres en espacios de toma de decisión, siendo así que en Bolivia, México, Nicaragua y otros países se ha tipificado el acoso político ante la avalancha de agresiones, llegando incluso al asesinato, de las candidatas en las elecciones locales y estatales.

Una vez más el caso brasileño es alarmante; cuando durante la campaña presidencial de 2014-2015, las imágenes de la presidenta se hacían eco de la cultura de la violación sexual al darnos unas pegatinas la posibilidad de violar a la presidenta al cargar el depósito de gasolina, pues mostraban las piernas abiertas alrededor del tanque de gasolina del coche. El paroxismo se alcanza cuando el candidato presidencial Donald Trump alardea de violentar y agredir a las mujeres y ante el escándalo se diluyen sus afirmaciones con la argucia de presentarlas como charla intrascendente de vestuarios masculinos.

La violencia cotidiana que afrontamos las mujeres, el hecho de ser asesinadas, violadas y ultrajadas, se traslada también a la política, pues el sexismo y la misoginia siguen presentes en nuestras sociedades como resistencias y retrocesos en la igualdad efectiva de las mujeres. La virulencia de las campañas políticas contra las mujeres son buena prueba de ello como ilustra la actual campaña presidencial norteamericana. ¿Cuándo dejará de sorprendernos que las mujeres hacemos política?

* Politóloga, Dra. Profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Docente de Geografía Política y Desarrollo, miembro del Grupo de investigación sobre Espacio y Poder y del Grupo Interdisciplinario de Investigaciones Feministas

El voto femenino a favor de Clinton

De acuerdo con una encuesta realizada por el Washington Post el 13 de octubre, entre las mujeres Hillary Clinton aventaja a su rival, Donald Trump, por nueve puntos. Otra encuesta de The Atlantic le da a Clinton una ventaja incluso mayor: 33 puntos. El portal FiveThirtyEight tomó todas las encuestas y llegó a la conclusión de que la diferencia a favor de Clinton, entre las mujeres, es de 10 puntos.

Con base en ello, hizo un mapa basado en un caso hipotético: que el 8 de noviembre solo votaran mujeres. Si esto ocurriera, dice FiveThirtyEight, Clinton ganaría por un margen casi que histórico y se impondría en 37 de los 50 Estados de Estados Unidos. De esta forma, obtendría 458 delegados electorales, 188 más de los necesarios para ganar.