Hitler, un mal recuerdo

El 30 de abril de 1945 el líder nazi se suicidó, junto a su esposa Eva Braun, en su búnker. El avance de las tropas soviéticas en la capital alemana precipitó el final de la guerra más mortal de la historia. Hoy siete décadas después el pueblo natal de Hitler no logra superar la historia.

Antes de morir, Adolfo Hitler se casó con Eva Braun, una mujer polémica, a quien se unió cuando las bombas soviéticas estaban a punto de destrozar el búnker donde permanecía. Los lanzacohetes y la artillería de campaña soviética movieron el corazón del líder nazi, quien consolidó su boda cuando sintió que su muerte estaba cerca, el 29 de abril de 1945. Una boda nada idílica pues se celebró en un salón de reuniones, con el ruido de las bombas y con miles de soldados muriendo en el frente de batalla contra los rusos. 
 
Su esposa por casi 24 horas era hija de padres católicos, que había permanecido en un convento hasta los 17 años, cuando se retira, estudia mecanografía y entra a trabajar con el fotógrafo personal de Hitler.  Conoció al líder nazi en 1929, quien entonces era apenas un funcionario alemán, y a quien describió como “un señor de cierta edad con un gracioso bigotillo”.  Pronto comenzaron a verse y sus encuentros terminaron en un idilio que se consolidó antes de que comenzara la II Guerra Mundial. Entre victorias militares, dinero y mucho respeto hacia el Führer, la novia se convirtió en la mujer incondicional para Hitler. 
 
La boda duró diez minutos, según biógrafos de Hitler, porque ese amor estaba destinado a acabar en tragedia. Los alemanes estaban a punto de rendirse por los ataques del ejército rojo soviético, que durante dos semanas bombardearon y rodearon la capital alemana. Y el matrimonio, menos de un día, pues el 30 de abril Hitler y Eva Braun se suicidaron. Los esposos terminaron con sus vidas en el Führerbunker (el refugio situado en la Cancillería). Él de 56 años y ella de 33 decidieron ir unidos hasta su muerte: él de un disparo en la cabeza y ella envenenada. 
 
Entre ese suicidio, del que el 30 de abril de 2015 se cumplen 70 años, y la capitulación del tercer Reich, el 8 de mayo de 1945, la Alemania nazi vivió una suerte de rendición por capítulos, que arrancó en el búnker del führer y se consumó en el extrarradio de Berlín, bajo mando soviético. La capitulación personal del "führer" se plasmó el 29 de abril, la noche en que se casó con Eva Braun, escribió un doble testamento -el privado y el político- y decidió suicidarse, al día siguiente, como también hicieron Joseph Goebbels y su esposa, Magda, tras envenenar a sus seis hijos.
 
Dejó al mando de un Reich agónico a Karl Dönitz, quien, por no entregarse directamente al poder soviético, negoció a la desesperada una rendición parcial con los aliados occidentales. El presidente estadounidense, Dwight D. Eisenhower, vio en ello un intento de minar la alianza vencedora y exigió una capitulación total e incondicional a Dönitz, como quería el líder de la URSS, José Stalin.
 
Hasta el acto de Karlshorst hubo varias rendiciones parciales: el comandante Helmuth Weiding firmó la capitulación de Berlín el 2 de mayo, tres días después de que las tropas soviéticas colocaran la bandera de la hoz y el martillo en el Reichstag en ruinas.
 
El 4 de mayo, en Lüneburg (centro de Alemania) se firmó otra rendición entre el mariscal británico Bernhardt Montgomery y el almirante alemán Hans Georg von Friedeburg; y siguió el 7 de mayo la de Reims, donde Dönitz envió a su general Alfred Jodl a negociar con los estadounidenses. Stalin no iba a aceptar una capitulación que no fuera en su dominio y el lugar elegido fue Karlshorst, donde el mariscal soviético Gueorgui Zhúkov había establecido su cuartel general, en el mismo lugar en el que la Wehrmacht hitleriana tuvo su academia militar y casino.
 
Una ciudad atormentada
 
Hoy el recuerdo de Hitler parece imborrable. Sobre todo para Braunau am Inn, su pueblo natal en Austria, que hoy sigue atormentado por ese recuerdo. "Cada año es el mismo numerito", dice un habitante al ver a las personas reunidas ante la fachada decrépita. Setenta años después del suicidio de Adolfo Hitler, la sombra del dictador sigue planeando sobre su austríaca ciudad natal, Braunau-am-Inn. Decenas de antifascistas llaman la atención con sudaderas negras con capucha y sus gafas de sol pese a la lluvia, entre el apacible paisaje de este pueblo del oeste de Austria, en la frontera con la Baviera alemana. Se reúnen en el centro del pueblo, ante la casa de 800 metros cuadrados donde nació Hitler, el 20 de abril de 1889, símbolo de un pasado que no acaba de pasar. 
 
Aunque el pueblo puso una estela por las víctimas de los nazis en la casa, Astrid Hainz, organizadora del desfile, acusa a la localidad de ignorar su pasado. La casa "está aquí y hay que vivir con eso. Es un deber", afirma. En 1972 el gobierno austríaco alquiló la vivienda a su propietaria, Gerlinde Pommer, para evitar que se convirtiera en un lugar de peregrinaje para los neonazis. El alquiler de 4.800 euros mensuales estipulaba que el edificio sólo se podría utilizar con fines socio-educativos o administrativos, explica a la AFP Karl-Heinz Grundböck, un portavoz del ministerio del Interior. 
 
“La casa de Hitler" se convirtió, por tanto, en un centro de acogida para minusválidos, una parte de la población que fue víctima del régimen nazi. El acuerdo entre el gobierno y Pommer se rompió 35 años después, ante la negativa de la propietaria a aceptar obras de renovación necesarias en la vivienda. Desde 2011, la casa de tres plantas está vacía, para enfado del Estado, que desde entonces ha gastado unos 240.000 euros en el alquiler de un edificio que no puede aprovechar. "Hemos hecho una oferta de compra, pero también nos planteamos una expropiación", asegura Grundböck.

 

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