Hong Kong: la joya que China no quiere soltar

Ocho miembros del movimiento a favor de la independencia de la península entraron al Parlamento de Hong Kong; aunque la cifra sea menor, es la primera vez que ocurre algo semejante y esto ha prendido las alarmas en Pekín.

Nathan Law, uno de los independentistas elegido para el Parlamento de Hong Kong. EFE

Hay que remontarse hasta 1839 para entender por qué para China es tan preocupante el ingreso de independentistas al Parlamento de Hong Kong. Ese año, China y Gran Bretaña se enfrascaron en una cruenta guerra debido a la decisión del Imperio Chino de regular el comercio del opio en su territorio, un negocio controlado, en ese entonces, por el Imperio Británico. Los chinos buscaban reducir el consumo de esta droga. Lo que se había convertido en un problema de salud pública. Pero la decisión del Imperio Chino molestó profundamente a Gran Bretaña, quien se beneficiaba, considerablemente, de este negocio. 

Los chinos le escribieron a la Reina Victoria para que ella entendiera los motivos que los llevaron a controlar el consumo de esta droga. Pero Gran Bretaña no quiso escuchar argumentos y se fue a la guerra; venció fácilmente y obligó a una China derrotada a permitir la venta de opio, con muy pocas restricciones, en su territorio. Mejor dicho: que China le permitiera seguir drogando a sus ciudadanos. Y, como si fuera poco, Gran Bretaña obligó a China, por medio del Tratado de Nankín de 1842, a entregarle el control de un puerto que sirviera como enclave suyo en China: Hong Kong

Hong Kong se convirtió en parte del Imperio Británico, que fue expandiendo su poder desde allí, sobre todo, entre 1856 y 1860, con la segunda guerra del opio y con la Convención de Pekín, de 1860, que beneficio, a su vez, a otras potencias, como Francia y Rusia, que descubrieron que era un gran negocio atacar a China, despedazar al malherido Imperio. Entonces, en la península se dio inicio a una revolución industrial que no se vio interrumpida sino hasta 1941, cuando Japón la invadió, en el marco de la Segunda Guerra Mundial

Los japoneses se fueron en 1945 y a los pocos años empezó el renacimiento de Hong Kong, que se convirtió en un importante centro de negocios, debido a la llegada de bancos y empresas expulsadas por la Revolución China, en 1949. Ya para los años 60, Hong Kong se consolidó, además, como un foco de desarrollo, gracias al crecimiento de la industria manufacturera que empleaba a miles de hongkoneses. Para los años 70, los cambios en la República Popular China, sobre todo, cambios en su política económica le permitieron a Hong Kong seguir creciendo. Tal desarrollo llevó a China a plantear, por primera vez, la reunificación. 

Es entonces que, en 1984, Gran Bretaña y China deciden llegar a un acuerdo para la cesión de Hong Kong y otros territorios. En China, el entonces presidente, Deng Xiaoping, ya hablaba de la doctrina de "Un país, dos sistemas", en referencia a la posibilidad de que en China hubiera regiones, como Hong Kong, que no fueran comunistas y que eso no significaba que se les considerara regiones independientes. Una doctrina que ha hecho carrera desde entonces y que ejemplifica en buena medida lo que son las relaciones entre Hong Kong y Pekín.

El tránsito hacia la unificación fue lento. En 1992, Chris Patten fue designado Comandante en Jefe y Gobernador Británico de Hong Kong; sería el último en ocupar ese cargo. La cesión se hizo definitiva cinco años después, en 1997. Y Hong Kong se convirtió en una región autónoma, gobernada por un Jefe Ejecutivo, elegido, indirectamente, por Pekín; sin embargo, el cambio no ha estado exento de controversias y de la oposición de un sector de la población que nunca ha visto con buenos ojos la reunificación. 

Así quedó en evidencia, por ejemplo, en 2004 cuando, para las elecciones de ese año, 30 dirigentes promotores de una mayor democracia para Hong Kong, ingresaron al Parlamento. Un resultado que se fue repitiendo en otras elecciones posteriores. Hasta que en 2014 estalló la Revolución de los Paraguas. Un levantamiento motivado por una reforma electoral, presentada por el gobierno chino, que limitaba las posibilidades del sector pro-democracia, a favor del pro-china. La reforma no fue aprobada. Pero el movimiento no quedó ahí. 

Para las recientes elecciones legislativas, ocho dirigentes a favor de una mayor autonomía para Hong Kong ingresaron al Parlamento, entre ellos, Nathan Law, uno de los promotores de la Revolución y quien ha dicho que, pese a que el sector pro-china es mayoría en el Parlamento, va a promover la realización de un referendo para que los hongkoneses decidan sobre el futuro de la península. Lo que ha sido visto con recelo por Pekín. Sobre todo, ante la posibilidad de que el bloque pro-democracia se fortalezca para las elecciones de 2017.

Pekín ha anunciado, incluso, su apoyo a posibles sanciones contra los independentistas. "(Los movimientos independentistas) amenazan la soberanía y la seguridad del país, así como la prosperidad y la estabilidad de Hong Kong. Tampoco responde al interés de los hongkoneses (...) Nos oponemos contundentemente a cualquier forma de movimiento proindependencia en Hong Kong, tanto dentro como fuera del Parlamento; y apoyamos contundentemente que el Gobierno de Hong Kong imponga penas (contra éstos) en base a la ley", dijo la Oficina del Consejo de Estado para asuntos de Hong Kong y Macao.

Y es que la independencia de Hong Kong es una posibilidad que pone en riesgo los menos de 20 años que lleva Hong Kong en manos de China. Al ser uno de los principales centros bancarios del mundo, con un PIB de 274 mil millones de dólares, China no se puede dar el lujo de volver a perder a Hong Kong, con el riesgo de que esta vez no sean 155 años de separación, sino una irreconciliable. Un golpe para China y su gobierno que proyecta convertirse en la mayor potencia mundial, por lo menos, a corto plazo, recuperando el esplendor que le quitaron las potencias en 1839.