Huaxi, la aldea de los milagros

Hace 30 años era tierra de campesinos pobres y hoy es el pueblo más rico de China.

La inauguración de un rascacielos no es noticia en China. El asunto es diferente si mide tanto como el más alto de Pekín (328 metros), alberga un hotel de superlujo y un buey de una tonelada fabricado en oro y, sobre todo, si está en una aldea. Ocurrió este fin de semana en Huaxi, un reino de los milagros a 100 kilómetros al sur de Shanghái, donde caben el rancio comunismo, capitalismo desbocado y escrupuloso calvinismo. Y la mezcla funciona: es la aldea de millonarios de China. Mansiones europeas, Mercedes en el garaje y dinero público para sanidad, educación, comida o vacaciones en París. Sus ingresos son siete veces la media nacional.

Una visita descubre un gran parque de atracciones con réplicas de la Gran Muralla, la Torre Eiffel o la Casa Blanca. También cuenta con una flota de aviones y una docena de barcos. No siempre fue así. Sus 600 habitantes tenían fama de tener tan vacío el bolsillo como el estómago, cuando llegó Wu Renbao, un secretario local del Partido Comunista. En 1968 desobedeció la ley y abrió una fábrica privada de herramientas agrícolas.

“Teníamos vigías que nos avisaban cuando llegaban los inspectores y corríamos al campo. Trabajábamos el doble que el resto: en la fábrica y en la labranza. Ese es el espíritu de Huaxi. El trabajo duro. No tenemos tiempo libre, porque el trabajo nos hace felices”, dice Wu, de 83 años, quien vive en su vieja casa. “No me afectan las críticas ni las alabanzas, ni me frustro en los tiempos duros, y mientras viva siempre serviré al partido y a mi país”.

Deng Xiaoping, el arquitecto de las reformas, barrió décadas de enfermiza ideología cuando aclaró que el gato, negro o blanco, debía cazar ratones. Huaxi entendió el mensaje al pie de la letra: aquella fábrica de herramientas agrícolas se convirtió en 1994 en el Grupo Jiangsi Huaxi. Hoy factura $15 billones anuales, tiene 30.000 trabajadores y controla 58 empresas en múltiples sectores. Reparte los beneficios entre los habitantes del pueblo.

Yan Chen, vicesecretario del partido, tiene 36 años y diamantes en sus mancuernas. Reconoce desconocer cuántos televisores de plasma tiene en casa. Son diez, además de cuatro salones, dos jacuzzies y un gimnasio. Vivía muy mal en 1992, cuando leyó en la prensa sobre Huaxi y se subió a un tren. Empezó reparando coches a cambio de 200 yuanes ($60.000) mensuales y compartiendo un cuartucho de 10 metros cuadrados. “Venir fue la mejor decisión de mi vida. Tengo poco dinero en el banco, pero me da igual porque el pueblo me da todo lo que necesito”, sostiene. Huaxi tiene censados a 2.000 personas, que sólo son pobres en ocio. Trabajan siete días a la semana y los restaurantes cierran a las nueve de la noche. “No es aburrido, vamos a las ciudades cercanas, todos tenemos carro. Hace unos años el gobierno compró cien y los repartió. Cuando voy a las discotecas de Shanghái, y digo que soy de Huaxi, no me faltan pretendientes”, revela Feng, una jovencita de la aldea.

Wu, quien no ha pisado una escuela de economía, pero ha hecho millonarios a sus vecinos, se ríe de los rumores de burbuja inmobiliaria. La torre inaugurada responde a su interés de potenciar el turismo, que ya atrae a dos millones de visitantes anuales. Huaxi celebra su paradoja: ha alcanzado la utopía agraria que imaginara Mao por el camino opuesto.

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