La huella imborrable de JFK

El Secretario General de las Naciones Unidas Ban Ki-moon recordó cómo conoció al presidente de Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy asesinado hace 50 años en Dallas, Estados Unidos.

Ceremonia de entierro del presidente John Kennedy. /AFP

Cuando yo no era más que un adolescente anónimo de un pueblo polvoriento de Corea, tuve la enorme fortuna de poder saludar al Presidente Kennedy y una de las cosas que más he lamentado siempre es no haber conservado el autógrafo que recibí de él en aquella ocasión.

Había viajado a los Estados Unidos para participar en una gira por el país que había organizado la Cruz Roja para un grupo de jóvenes de todo el mundo. Fue una experiencia que me abrió los ojos; ese viaje era para mí mucho más que una simple visita a un país extranjero, era una peregrinación a la tierra de las posibilidades, a una democracia deslumbrante que había ayudado a mi país a superar las horas más oscuras.

El Presidente Kennedy estampó su firma en el papel satinado del boletín de la Casa Blanca y, nada más al entregármelo, mis amigos me lo quitaron de las manos y procedieron a pasarlo de uno a otro con tanto entusiasmo que en seguida la tinta quedó repartida entre sus dedos. Cuando me lo devolvieron ya no quedaba resto alguno de lo que había escrito.

Sin embargo, nada ha podido borrar el recuerdo que guardo del presidente estadounidense. Mi encuentro con él fue un momento decisivo para mí. Las palabras que nos dirigió aquel día en el Jardín Sur inspiraron mi decisión de entrar en el cuerpo diplomático y dedicarme al servicio público.

Éramos un grupo heterogéneo, en el que había representantes de países que en aquel entonces se encontraban en lados opuestos del telón de acero, pero el Presidente Kennedy nos recordó que podíamos ser amigos incluso aunque nuestros gobiernos no lo fueran. "Las fronteras nacionales no son un problema, dijo, lo único que importa es decidir si estamos dispuestos a extender una mano amiga". Es un principio que he procurado adoptar como guía personal.

A medida que me fui haciendo mayor y que mi carrera en el cuerpo diplomático de mi país fue avanzando, esa idea adquirió un significado más concreto y decidí dedicarme a defender el interés público a nivel mundial. Como Secretario General de las Naciones Unidas he hecho lo posible por servir a todos los pueblos del mundo, en cuyo nombre se aprobó la Carta fundacional de la Organización.

El Presidente Kennedy tenía una gran fe en las Naciones Unidas. El último discurso que pronunció ante la Asamblea General pocas semanas antes de su muerte puede servirnos todavía de guía para afrontar los problemas que nos siguen acechando. En él destacó la indivisibilidad de los derechos humanos, expresó su oposición al gasto militar excesivo, hizo un llamamiento en favor de la tolerancia racial y religiosa, elogió la labor de las operaciones de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz e insistió en que debemos promover la paz no solo de palabra sino también de corazón. Todos esos son valores que defendemos gracias al dedicado esfuerzo de los funcionarios de las Naciones Unidas repartidos por todo el mundo.

En mis encuentros con los jóvenes, siempre procuro transmitirles el mensaje que recibí de JFK: debemos ser ciudadanos globales y demostrar el amor a nuestro país mediante nuestro servicio al mundo.

Poco después de ser elegido Secretario General, el senador Edward Kennedy me hizo una visita y me entregó una copia enmarcada de la fotografía de nuestro grupo, que había sido tomada aquel día memorable en el Jardín Sur, junto con una copia del discurso pronunciado por el Presidente Kennedy. Ese detalle del senador Kennedy me conmovió profundamente porque me demostró que era consciente de lo mucho que había significado para mí el encuentro con su hermano.

Al recordar la trágica muerte del Presidente Kennedy hace ya medio siglo, me doy cuenta de que quizás debería reconsiderar mi pesar por haber perdido su autógrafo. Su firma no se borró del papel y se esfumó en la nada, quedó impresa en las yemas de los dedos de mis amigos en los que había despertado tanto entusiasmo. Espero poder seguir difundiendo por todo el mundo, sobre todo entre los jóvenes, el mensaje de ese gran hombre que se mantuvo fiel a sus ideales y que tanta confianza depositó en las Naciones Unidas.


 

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