Hungría: receta contra los migrantes

Los húngaros votaron a favor de controlar el ingreso de migrantes, las fronteras de su territorio están valladas y el número de asilados se ha reducido.

El primer ministro húngaro, Víktor Orban (centro), tras el referendo del domingo. / EFE
El primer ministro húngaro, Víktor Orban (centro), tras el referendo del domingo. / EFE

Hoy, Hungría es un país prácticamente blindado. A los 175 kilómetros de valla erigidos en la frontera con Serbia hace un año, durante la crisis desatada por la llegada de miles de personas que huían de la guerra —mayoritariamente de Siria e Irak— y buscaban entrar en la UE a través de Hungría, se ha sumado un nuevo muro en la frontera con Croacia y se ha planificado otro con Rumania. Además, una nueva ley castiga con hasta cinco años de prisión la entrada irregular en el país, que aplica desde hace dos meses un controvertido sistema de devoluciones en caliente, criticado por Naciones Unidas y las organizaciones sociales internacionales.

Frente a las críticas —cada vez menos sonoras—, Hungría ondea las cifras que muestran que su receta ha funcionado. Del acceso diario de miles de personas hace un año, se ha pasado a lindes revestidos de alambre y concertinas, por los que apenas atraviesa una veintena de personas al día. En los terrenos que rodean Röszke o Asotthalom, donde el verano pasado acampaban cientos de personas que habían cruzado desde la vecina Serbia, no hay un solo extranjero. Este jueves, en la frontera, las vallas metálicas con las que las autoridades trataban de contener las entradas hace un año estaban apiladas a un lado y comienzan a oxidarse. La mayoría de los migrantes y solicitantes de asilo permanecen en campos en las llamadas zonas de tránsito, denuncia Lydia Gall, investigadora de Human Rights Wach en la región.

“Hemos defendido las fronteras de Hungría y por tanto también las de la UE”, ha recalcado Orbán en una entrevista publicada este jueves por un diario afín al Gobierno. Incluso la canciller alemana, Ángela Merkel, una de las principales defensoras de la acogida de asilados, ha reconocido que el cierre de la llamada ruta de los Balcanes, iniciado por Hungría y replicado después por otros, contuvo un flujo de llegadas para el que no había preparado convenientemente a Alemania.

Una pequeña autocrítica que llega, eso sí, tras varias derrotas de su partido en elecciones regionales, motivadas por el descontento hacia su política migratoria. El populismo y la xenofobia avanzan en una Europa donde el descontento hacia el establishment y el miedo a la inmigración han calado. Porque quizá los mensajes de Orbán llegaron antes, y con un tono mucho más duro —ha llegado a decir que los migrantes y refugiados ponen en peligro las tradiciones cristianas de Europa y en los últimos días ha abogado por deportarles fuera de la UE—, pero otros líderes de la región le han seguido.

“Polonia, Eslovaquia, República Checa o Rumania, los países del llamado Grupo de Visegrado, apoyan con los ojos cerrados a Hungría en su política migratoria porque también rechazan la acogida de refugiados. De hecho, Orbán se ha convertido en la cabeza visible y en uno de los principales emisores del mensaje contrario al pacto migratorio”, analiza András Biró-Nagy, codirector del think tank Policy Solutions, que estudia el papel de Hungría en la UE.

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