¿Imposibilidades económicas para nuestros nietos?

Un profesor de la Universidad Cornell, ex economista jefe del Banco Mundial y principal asesor económico del gobierno de la India, repasa las tendencias de los mercados y el oscuro futuro de los trabajadores en la era de la innovación tecnológica.

La creciente elección de gobiernos de derecha en el mundo surge de cambios económicos en curso que ahora han alcanzado un punto de inflexión, explica el profesor Kaushik Basu. / credito
La creciente elección de gobiernos de derecha en el mundo surge de cambios económicos en curso que ahora han alcanzado un punto de inflexión, explica el profesor Kaushik Basu. / credito

La elección presidencial de Austria, el 4 de diciembre, que por un pelo no llevó a un nacionalista de extrema derecha al poder, fue una conclusión reveladora de un año triste. La incertidumbre y el miedo que mucha gente siente hoy son reminiscentes del poema de W.H. Auden Septiembre 1, 1939: “Mientras mueren las grandes esperanzas / De una década baja y deshonesta”.

Este fue un año en el que muchos países dieron un tumbo hacia la derecha, hacia líderes y partidos políticos que son funcionales a intereses partidarios e identidades estrechas. Esta tendencia no es ninguna aberración pasajera: el giro hacia una política descarnada tiene su origen, en parte, en cambios económicos en curso que ahora han alcanzado un punto de inflexión.

Los pobres y la clase media han visto desaparecer sus empleos y erosionarse sus ingresos, y ahora se agitan en contra del statu quo, ignorando desesperadamente el hecho de que están eligiendo a líderes que no harán más que empeorar las cosas.

La causa original del problema no es la inmigración o el comercio, como sostienen los populistas, sino más bien la marcha estable de la tecnología. En tanto los empleos son reemplazados por máquinas o reinsertados en economías emergentes, el PIB global se expande, pero los réditos no se distribuyen de manera equitativa, y algunos grupos directamente salen perdiendo. Muchos países están experimentando una mayor desigualdad en medio de un crecimiento negativo del PIB –ahora del -3,3 % en Brasil, por ejemplo; del -10 % en Venezuela; del -1,8 % en Argentina y del -0,8 % en Rusia–. Otros, como Japón e Italia, están creciendo, pero a duras penas.

China y la India, por su parte, están creciendo razonablemente bien. Pero la India acaba de ponerle una traba a su motor económico al anunciar una política de devaluación incomprensiblemente inepta. Y China mantiene el crecimiento gracias a una acumulación insostenible de deuda corporativa, lo que plantea riesgos importantes que son en parte escondidos, pero también acentuados, por nuevos productos financieros de alto rendimiento. Más importante, el empleo industrial se está deteriorando, a pesar de los argumentos de las autoridades chinas de que los nuevos graduados simplemente están tomándose un respiro antes de iniciar sus carreras. En 1995, los salarios como porcentaje del PIB en China eran del 53 %; ese ratio hoy es del 47 %.

En Estados Unidos, la tasa de desempleo nominal ha caído, pero esto oculta una tendencia más discordante. Los datos oficiales revelan que el hogar mediano está mucho peor hoy que en 1999, aunque el PIB general per capita haya crecido sustancialmente. Esto implica que todos los réditos han ido a parar a manos de las personas de mayores ingresos.

Existen dos fuerzas principales detrás de estas tendencias: la innovación tecnológica, que es inevitable y deseable a la vez; y la apropiación de los ingresos de los trabajadores por parte de quienes son dueños de las nuevas máquinas de desplazamiento de mano de obra, algo que no es ni inevitable ni deseable. El problema suele caracterizarse como un problema de mano de obra versus mano de obra: los trabajadores en las economías avanzadas compiten con los trabajadores en las economías en desarrollo. En verdad, es un problema de mano de obra versus capital. Después de todo, lo que se está achicando es la cantidad de empleos industriales, no el sector industrial en sí.

Consideremos el ejemplo de Eastman Machine, en Buffalo, Nueva York –una ciudad donde la industria está resurgiendo, pero de manera diferente que en las décadas pasadas–. Eastman Machine fabrica máquinas y herramientas para el sector textil y exporta la mitad de su producción, muchas veces a países en desarrollo como Bangladesh y Vietnam. La clave de su éxito es que prácticamente no depende de la mano de obra humana; emplea a 122 personas, que representan apenas el 3 % de sus costos totales de producción.

Existe otro problema relacionado. Con las nuevas tecnologías que crean vastas economías de escala, empresas como Eastman Machine –después de incurrir en costos sustanciales de inicio de actividad– pueden fabricar sus productos a un costo marginal desdeñable. Esto ha hecho que ciertos mercados se volvieran más oligopólicos y hasta monopólicos en algunos casos. Esta tendencia continuará.

Por otra parte, como las empresas cuentan cada vez más con información exhaustiva sobre los clientes y los usuarios, pueden aplicar una discriminación de precios, quitando todo el excedente de los consumidores, de una manera más fácil que nunca. Estos cambios han creado nuevos desafíos para los reguladores.

John Maynard Keynes, tan profético como era sobre muchas características de la vida económica, cometió un gran error. En su ensayo de 1930 Posibilidades económicas para nuestros nietos predijo que todos los problemas económicos importantes se “resolverían” en el lapso de cien años y que solamente tendríamos que preocuparnos por descifrar cómo pasar el tiempo. Pero no logró anticipar que los problemas económicos evolucionarían continuamente. Por ejemplo, las estrategias comerciales cambian constantemente, porque cada vez que los gobiernos introducen regulaciones para servir a los intereses de los consumidores, los productores encuentran nuevas maneras de satisfacer los propios.

Necesitamos regulaciones nuevas e innovadoras para revertir las tendencias de creciente desigualdad y monopolización de mercado. Estas medidas deberían encarnar ideas que alguna vez parecían radicales, como la distribución de las ganancias corporativas entre los trabajadores, y nuevas protecciones a los consumidores para impedir una discriminación de precios.

Sin duda, un nuevo régimen regulatorio debe ocuparse de no eliminar el incentivo de los emprendedores para producir, innovar y expandir sus negocios. Pero salvaguardar el objetivo comercial no debería ser una excusa para un fundamentalismo de mercado. Si hemos aprendido algo en 2016 es que dejar todo librado al mercado puede derivar en una agitación social y política.

Por supuesto, hoy en día, defender formas innovadoras de intervención estatal para combatir la desigualdad es correr el riesgo de ser tildado de comunista. Una vez, en Kolkata, después de contarle a mi madre sobre una próxima conferencia internacional sobre bienestar, a la que asistirían los principales economistas del mundo, la oí fanfarronear ante su primo diciendo que yo me estaba reuniendo con otros "comunistas" para discutir la manera de hacer del mundo un lugar mejor. A los 90, había empezado a confundir palabras con un sonido similar. Los provocadores de hoy no tienen esa excusa, sólo una fascinación macabra por un statu quo cada vez más peligroso.

Copyright: Project Syndicate, 2016.www.project-syndicate.org

 

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