Indígena vs. indígena

La marcha en contra de la construcción de una carretera en plena reserva natural en Bolivia, y su violenta represión, dejan en evidencia la ruptura entre Evo Morales, aymara, y sus aliados que lo llevaron al poder, el pueblo amazónico.

El proceso de cambio llevado adelante por el presidente Evo Morales, y caracterizado por la institucionalización de un Estado plurinacional y anticolonial, vive uno de sus peores momentos políticos desde que el indígena aymara asume el poder en 2006. Paradójicamente el conflicto tiene como actores primarios al gobierno nacional versus los pueblos indígenas del oriente boliviano, es decir sus otrora aliados naturales.

El detonante de la escalada del conflicto fue la intención gubernamental de construir un tramo de carretera en medio del corazón del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS), patrimonio de las luchas reivindicativas de los pueblos indígenas de la región (Moxeño, Yuracaré, Chimán), a quienes no se realizó la consulta previa exigida por la ley.

Sin embargo, el hecho pone en la palestra una situación de carácter estructural de profundas diferencias. Bolivia es una desde la mirada de los pueblos originarios amazónicos y es entendida desde otra cosmovisión desde la perspectiva de los gobernantes nacionales.
Las raíces del gobierno

El gobierno de Morales nace producto de una agenda de demandas de sectores sociales no atendidas por los regímenes neoliberales previos. En un país con tremendas inequidades sociales, las demandas de los pueblos indígenas, tanto de oriente (Amazonía), como de occidente (Altiplano) y las del Chaco, se tornan en un pilar fundamental del ser y deber ser del actual gobierno. De ahí que la nueva Constitución reconoce al Estado como Plurinacional, es decir valida a 36 naciones originarias dentro del territorio boliviano, de las cuales 33 corresponden a tierras bajas.

Sin embargo, este reconocimiento no se ve acompañado de un empoderamiento político equitativo para las naciones indígenas originarias de todo el país. Por el contrario, es evidente que los espacios de poder concedidos por el gobierno al mundo indígena están dominados por dos culturas: la Aymara y la Quechua, ambas correspondientes a tierras altas, a la primera pertenecen los orígenes del primer mandatario y a la segunda corresponde su mayor base social de apoyo, los campesinos cocaleros del trópico de Cochabamba, donde Morales nace a la vida política y se mantiene como dirigente máximo.

A este panorama se suma el hecho de que los pueblos indígenas del oriente boliviano históricamente han sido los que han promovido, luchado y alcanzado las reivindicaciones más importantes en lo que a derechos indígenas se refiere. Desde 1990, las marchas realizadas por los originarios amazónicos lograron el reconocimiento primero de su existencia, luego el derecho a la tierra y al territorio, una nueva reforma agraria y la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente donde se plasmó una nueva Constitución que responde a sus demandas reivindicativas.

Por ello, las marchas indígenas de tierras bajas son un elemento icónico en la vida democrática del país, el mayor instrumento de lucha pacífica por alcanzar el reconocimiento de derechos y mitigar inequidades sociales a la que está sometido este sector y que, además, ha logrado arrancar grandes logros a gobiernos poco identificados con sus luchas.

Por eso es difícil entender el por qué del choque con el actual gobierno, que dice responder y pertenecer al mundo indígena, pero que ha sido el primero en más de 20 años que ha reprimido violentamente una de sus marchas.

La relación entre Morales y los indígenas amazónicos ha tenido altas y bajas. Existe un sentimiento de pertenencia e identificación, plasmado en el denominativo “hermano”, usado hasta hace poco entre ambos. Pero más allá de los conectores naturales, cimentados en las reivindicaciones de clase, es evidente una falta de real comprensión y entendimiento sobre el qué y el cómo responder a las necesidades e intereses existentes, hecho que abre la brecha entre el gobierno y la población originaria de esa región del país.

Estas diferencias llegan a niveles más profundos cuando no se ve reflejada la participación de los indígenas amazónicos en los espacios de poder y de gestión pública, aspecto que no coincide con las expectativas generadas en la alianza y trabajo realizado por los indígenas para lograr que Morales llegue y se mantenga en el poder.

Este hecho se complica con una sombra de etnocentrismo andino, que parece influir en las lógicas gubernamentales para entender el país desde una sola mirada cultural, dificultando la comprensión del tejido nacional, con una tendencia de relativismo cultural al que son sometidos los pueblos amazónicos, a quienes muchas veces se les estigmatiza como salvajes.

Parece ser que más allá de los discursos, el gobierno no ha podido trascender de la lógica multicultural de solo el reconocimiento de la existencia de diferentes culturas en el mismo territorio. Morales se quedó atascado en la tarea de hacer gestión pública y políticas de gobierno y de Estado con una capacidad intercultural, que garantice relaciones equitativas y que permita la simbiosis de miradas distintas en el quehacer político gubernamental.
El conflicto por el TIPNIS viene a convertirse en la materialización de un choque entre culturas, a lo que Huntington y Toynbee llamarían choque de civilizaciones, pero en este caso es movido dentro de un mismo Estado. De ahí que Bolivia al ser considerado el país más indígena de nuestra América morena, al tener un presidente y un gobierno indigenistas y contar con una Constitución fiel a esto, se ve obligada a replantear aspectos profundos del accionar de Morales en relación a todos los pueblos originarios del país.

El reto será reencausar el proceso de reivindicación cultural, retomando la lógica de ver a la diversidad como una fortaleza y no como una amenaza. De no ser así, estaríamos entrando en un espiral peligroso de violencia, tanto directa, como cultural y estructural que dañan el sentido de pertenencia reflejados en los ya débiles carácter y moral nacional.

*Internacionalista, Conflictólogo y Mediador Intercultural