Inundación en el desierto más árido del mundo, Chile

Los fenómenos naturales son de nuevo causantes de una tragedia en el país que aún no supera los efectos del terremoto de 2010 que acabó con la vida de casi mil personas.

Marcelino Cajarda, uno de los damnificados por la inundación en la ciudad de Copiapó. / Luis Ángel

Como una suerte de paradoja, los titulares de noticias del mundo anunciaron hace tres semanas que el desierto más árido del mundo se había inundado. La madrugada del 24 de marzo una lluvia continua pero no particularmente fuerte sorprendió a los habitantes de tres regiones del norte de Chile: Atacama, Antofagasta y Coquimbo. En esa zona del país se pueden registrar lluvias una vez cada 15 o 40 años. Las ciudades del desierto no están preparadas, no hay alcantarillados y mucha gente vive en las riberas de ríos y quebradas por donde normalmente nunca pasa agua. Hoy, 22 días después, el saldo de personas muertas llega a 27, otras 101 continúan desaparecidas y 29.739 damnificadas.

Marcelino Cajarda vive en la avenida principal de la ciudad de Copiapó. Al frente, cruzando la calle, se ve un río, el mismo por el que según el comandante del regimiento de la ciudad, José Pereira, desde hace 10 años no corre agua. La casa de Marcelino tiene ahora un pantano de unos 40 centímetros en la sala, que en los cuartos, el comedor, la cocina y el patio supera el metro. “Ese lunes empezó a llover y como a las cinco de la mañana mi hermana me dijo que se nos estaba entrando el agua a la casa. Después, como a las siete, mis hermanas vieron que el río se había desbordado y que nos estábamos inundando. Nos fuimos para donde un familiar. El martes la cosa empeoró y el miércoles, cuando volví, ya no se podía siquiera entrar. Toda la calle estaba tapada”.

Marcelino abrió la puerta de su casa nuevamente el 6 de abril. Un grupo de estudiantes voluntarios de la Universidad de la Serena lo están ayudando a palear para sacar la arena que se convirtió en lodo y que bajó como avalancha de las montañas del desierto. La tierra en Atacama no absorbe el agua, por eso cuando llueve las montañas se lavan y toda la arena cae directo a los valles. El hombre, que cursa un magíster en sistemas y trabaja en la operación de vías, perdió todo. Los muebles están bajo un pantano espeso y maloliente que hace parte del paisaje presente en toda la ciudad.

Las máquinas de las empresas mineras están siendo usadas para contribuir con la restauración de las ciudades. Chile, que tiene 30% de las reservas de cobre del mundo, ha dispuesto gran parte del potencial de la industria minera para reconstruir las zonas más afectadas. Taltán y Copiapó tienen el servicio de agua potable y electricidad interrumpido en una gran área. Las clases están suspendidas, los colegios y las universidades sirven de albergue a casi 2.000 personas.

Sebastián García es uno de los colombianos que resultaron afectados por esta tragedia. Vive en Paipote, el área de Copiapó más perjudicada. Llegó a Chile hace tres años e instaló un restaurante con el que provee alimentación a trabajadores de siete empresas mineras. Unos 100 almuerzos diariamente. Un ruido fuerte lo despertó en la madrugada del 24 de marzo, miró por la ventana y vio que su camioneta se movía, creyó que la estaban robando. Corrió a la calle y se percató del agua, se subió al carro intentando detenerlo y cuando supo que era imposible se bajó, y como el agua le llegaba a la cintura tuvo que pegarse de las rejas de las casas vecinas para llegar a la suya. Entró y vio que su novia y su mamá, que vive en Pereira pero estaba de vacaciones en Chile, trataban de mantener en pie los electrodomésticos del primer piso de la casa donde funcionaba el restaurante. La presión del agua rompió las ventanas; tuvieron que refugiarse en el segundo piso. Luego subieron al techo. El río se había desbordado y la calle le servía de cauce. Al mediodía se pasaron al techo del vecino. Al finalizar la tarde pudieron improvisar una barca y salieron a tierra firme. Estuvieron unos días en el albergue Hernán Márquez Huerta. La mamá, Luz Derly Cárdenas, tenía tiquete de regreso a Colombia el 3 de abril y tuvo que estar en el refugio hasta ese día. Sebastián, con 23 años, también perdió todo. El carro lo encontraron dos semanas después, lejos de la casa. La calle ahora es un río de lodo que les impidió acercarse por muchos días.

Colombia acudió al llamado de emergencia de Chile y aportó ayuda humanitaria. Frazadas, kits de cocina y de aseo y comida fueron enviadas a Copiapó por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres en un avión de la Fuerza Aérea. La contribución busca asistir a 3.000 personas. Y aunque no hay cifras oficiales discriminadas por nacionalidad, se presume que sólo en la ciudad de Antofagasta habría unas 450 familias colombianas damnificadas. Uno de los barrios que más sufrieron los efectos del aluvión está habitado principalmente por colombianos.