Invocación por la paz en Oriente Medio

Hoy, el papa Francisco y los presidentes de Israel, Shimon Peres, y Palestina, Mahmud Abás, harán una pausa en la política para rezar.

Durante su visita a Israel y Palestina, el papa Francisco logró que los presidentes palestino e israelí aceptaran su invitación para reunirse hoy en el Vaticano. / AFP

Se trata de uno de los momentos más importantes en la historia reciente de Oriente Medio y, en el caso de Israel y Palestina, se perfila un escenario inédito desde la creación en 1947 del nuevo estado que cambió para siempre la correlación de fuerzas en la zona. El encuentro del papa Francisco con el presidente palestino, Mahmud Abás, y su homólogo israelí, Shimon Peres, coincide con el perfil más bajo de ese conflicto en el último tiempo. Otros asuntos han terminado por opacar lo que en su momento fue el tema más incidente en la agenda internacional. La guerra civil en Siria, la reciente victoria de Bashar al Asad en unas discutidas elecciones, la consolidación del régimen militar egipcio y el incremento de la violencia entre sunníes y chiíes en Irak, le han restado relevancia a la confrontación entre palestinos e israelíes.

No obstante, ese conflicto sigue siendo fundamental para el futuro del mundo y concretamente para el denominado “diálogo de civilizaciones”. Precisamente en esa orientación debe entenderse la invitación del sumo pontífice, que vuelve a sorprender al mundo por una vocación política que no se había visto desde Juan Pablo II, figura esencial para el colapso del comunismo en Europa Central y Oriental. Desde su designación, Francisco ha asumido posturas controvertidas.

La primera polémica surgió por una supuesta colaboración del hoy papa con el régimen militar argentino (1976-1983). El sociólogo Michael Löwy, uno de los que más ha investigado sobre la Teología de la Liberación en América Latina, aseguró que el actual pontífice jamás emitió crítica alguna contra esa dictadura. Es más, según Löwy, en mayo de 1978, en pleno auge de la represión, dos sacerdotes jesuitas a su cargo perdieron la protección de la Iglesia y fueron torturados en la tristemente célebre Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA). A Jorge Mario Bergoglio, actual papa Francisco, se le acusa de haberlos denunciado frente al régimen, crítica que él siempre ha desmentido. Valga aclarar que figuras de la disidencia contra el régimen militar tan representativas como Adolfo Pérez Esquivel (premio nobel de la Paz en 1980) han insistido en que el papa jamás fue condescendiente o cómplice de la dictadura argentina.

Superada esa controversia y con la entrada en vigencia de su papado, Francisco se ha convertido en una voz activa para el desmonte de algunas tensiones regionales o globales y para la desarticulación de conflictos como el que históricamente ha enfrentado a israelíes y árabes. Es importante señalar que su papel ha excedido la retórica tradicional de conminar a las partes al cese de la violencia y al diálogo, y ha pasado a denunciar y criticar con extremada cautela la situación de opresión en la que viven millones de palestinos en los Territorios Ocupados.

Dos gestos parecen sugerir esa postura. En primer lugar, su llegada a Cisjordania sin pasar por el territorio israelí fue interpretada como una señal de reconocimiento y de respeto por la poca autonomía que han ganado los palestinos desde los Acuerdos de Oslo (1993-2000). Y en segundo lugar, un mensaje menos equívoco mostraría su activismo: Francisco ordenó detener el papamóvil en el muro que separa a Cisjordania del Israel, que impide la movilización de los palestinos y se ha erigido en símbolo de la opresión. Allí se detuvo a orar, no lejos de un grafiti que señalaba: “Santo padre, necesitamos que alguien reclame justicia”. Todo ocurrió en unos minutos, pero su trascendencia es mayor.

Al final de una misa celebrada en Belén, el papa sorprendió al mundo anunciando la invitación a los líderes Mahmud Abás y Shimon Peres a orar, ofreciendo el Vaticano como sede del inédito encuentro. Este contexto explica la reunión espiritual, pero no religiosa, entre los tres líderes y que busca generar nuevas condiciones para una paz duradera.

En alguna medida esto recuerda el papel de Juan Pablo II para que millones de polacos perdieran el miedo frente al régimen prosoviético del general Wojciech Jaruzelski (quien murió la semana pasada a los noventa años). Desde la instauración de la ley marcial en 1981, la limitación de las libertades había sido patente. En 1984, la situación alcanzó un paroxismo con la desaparición, tortura y asesinato del padre Jerzy Popieluszko, disidente del régimen comunista. En un ambiente similar al que padecen millones de palestinos en los Territorios Ocupados en Cisjordania y la Franja de Gaza, Karol Wojtyla, entonces papa, pronunció el 8 de junio de 1979 en Cracovia la célebre máxima “no tengan miedo de la fatiga, sino más bien de la ligereza y pusilanimidad”, clara alusión a una reacción colectiva frente a los abusos de poder cometidos por el comunismo polaco.

¿Es prudente comparar aquel rol de Juan Pablo II para la emancipación de Europa Central y Oriental, respecto de este de Francisco frente a la liberación de Palestina? Difícil saberlo a cabalidad, pues aún subsisten presiones para no criticar a Israel por parte de las grandes potencias que no han tenido el valor de denunciar en su debida proporción la situación de extrema urgencia de los Territorios Ocupados.

Sin embargo, sigue siendo un momento favorable para la paz, ya que existe un compromiso de Estados Unidos en ella, pues le interesa poner fin a uno de tantos frentes de batalla que ha establecido en Medio Oriente. El desgaste del músculo militar y financiero por las guerras de Afganistán e Irak y la degradación de la situación en Siria comienzan a pasar factura de cobro. Algo peor, la inestabilidad en Libia luego de la caída de Muamar Gadafi alteró el norte de África, en donde actualmente se libra una cruenta guerra contra el terrorismo que necesitará de una inversión mayúscula. El norte de Nigeria es apenas una muestra de la catástrofe que se avecina y que pocos advirtieron cuando se decidió con torpeza el bombardeo a Libia. Al Qaeda en el Magreb Islámico, Ansar Dine, el Movimiento para la Unicidad y la Yihad Islámica en África Occidental y el recientemente connotado Boko Haram, evidencian el craso error de insistir en que el terrorismo islámico estaba en manos de Hamas y Hizbola, actores con ideales políticos con los que al menos se puede negociar.

Esto explicaría el sorpresivo anuncio de Washington de estar en disposición de reconocer y posteriormente trabajar con un gobierno palestino de unidad nacional, compuesto por Al Fatah y Hamas. La decisión de Estados Unidos representa una transformación, pues implica el reconocimiento de Hamas como representante legítimo de un sector palestino. Con ello, el grupo podría dar pasos hacia el reconocimiento de Israel y las fronteras de 1967.

El gesto del papa podría destrabar el proceso de paz en Oriente Próximo y confirmar que la Santa Sede y la autoridad espiritual que representa constituyen un activo mayor de la política internacional. Juan Pablo II lo había demostrado en la crítica activa del comunismo y capitalismo como dos caras de un mal común, la opresión. Los próximos años serán vitales para saber la contribución de Francisco al urgente diálogo de civilizaciones.

 

* Profesor de la Universidad del Rosario.

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