Irak en su laberinto

¿Se vivía mejor bajo el régimen de Sadam Husein?

Al menos 35 personas murieron tras la explosión de un coche bomba a 30 km de Bagdad.
Al menos 35 personas murieron tras la explosión de un coche bomba a 30 km de Bagdad.EFE

La noticia que llega cada semana sobre la guerra de Irak es similar: “varias explosiones dejan docenas de muertos”. Irak hoy, dividido y sangriento, es el resultado de su propio origen impuesto por extranjeros y unificado por la violencia.

Conocida como ‘la cuna de la civilización’, parte de la antigua Mesopotamia fue convertida en Irak luego de la Primera Guerra Mundial, cuando franceses e ingleses decidieron dividir el territorio que entonces estaba bajo su control, en una serie de países. Los ingleses fusionaron tres regiones: Basora (de predominio chií), Bagdad (de mayoría suní) y posteriormente Mosul (tierra de kurdos).

Esta forzada unión de pueblos sin un proyecto colectivo adecuado, solo pudo ser mantenida por medio de un férreo control vertical y la persecución a los opositores. Y eso fue lo que hizo Saddam Hussein desde que llegó al poder en 1979. Hussein fue cruel con los chiíes, quienes constituyen la mayoría de la población (65%); con los kurdos, quienes siguen luchando por un país para ellos, y con los suníes que se atrevían a desafiar su poder.

En la guerra Irak-Irán (1980-1989), los Estados Unidos apoyaron a Irak, suministrándole armas de destrucción masiva y dando apoyo logístico, mediante la ayuda de empresarios como el posterior responsable de Defensa de Bush, Donald Rumsfeld.

La historia de las armas químicas fue la excusa usada contra Irak. El país no tenía armas en 2003, pero las tuvo antes: en 1986, los Estados Unidos bloquearon resoluciones de la ONU que condenaban el uso de armas químicas por Irak en su guerra contra Irán; ese mismo año, el gobierno de Reagan aprobó nuevos suministros de armas a Irak, incluyendo ántrax. Esas armas fueron usadas tanto en el frente de guerra contra Irán como en el norte, contra los rebeldes kurdos.

Los Estados Unidos ocuparon Irak en marzo de 2003, prometieron llevar la democracia y abandonaron el país en 2012, dejándolo descuadernado. Las acciones de resistencia contra la ocupación fueron respondidas de manera brutal: detenciones arbitrarias, campos de tortura como la cárcel de Abu-Ghraib, violencia sexual y ametrallamiento de civiles. Según la Universidad de John Hopkins, en los primeros años de guerra murieron más de 600 mil civiles. Solo en la ciudad de Faluya, el 70% de las mezquitas fueron destruidas.

En 2004, los Estados Unidos impusieron un gobierno a la medida de sus necesidades. Los intentos de democracia han fallado en parte porque el modelo es más clientelar que participativo. Repartir cargos entre los grupos enfrentados en vez de construir ciudadanía es el gran fracaso del experimento político de Irak.

En este caldo de cultivo, floreció una guerra estancada en el pasado: las tensiones entre suníes y chiíes, una agenda no resuelta que fue alimentada por dos países que protagonizan la Guerra Fría de Oriente Medio, por un lado, Arabia Saudita apoyando a las milicias suníes, y por el otro, Irán haciendo lo mismo con las chiíes. A esa guerra civil musulmana se suman las crecientes acciones de al-Qaeda.

Las condiciones de vida son difíciles: según el Programa Mundial de Alimentos, el Índice de Precios al Consumidor ha aumentado 4 veces desde 2003, y más del 70% de la población de Bagdad ha sido desplazada. El país es el octavo más corrupto del mundo. Hoy día, se considera que Irak tiene 2.300.000 desplazados, y casi millón y medio de refugiados. Por todo esto, algunos sostienen, tristemente, que se vivía mejor bajo el régimen de Hussein.
 

 

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