Irak y el Gran Medio Oriente

Los ataques de Estados Unidos contra posiciones del Estado Islámico (EI) no ofrecen muchas perspectivas de paz a esta nación al borde del colapso.

Miles de personas de la comunidad yazidi han sido desplazadas por la organización Estado Islámico en Irak. / AFP

El principal proyecto de política exterior del expresidente estadounidense George W. Bush residía en la democratización del llamado Gran Medio Oriente. Es decir, además de la zona tradicionalmente referenciada, se sumaban Afganistán, de Asia Central, y Pakistán, del subcontinente indio, inscritos en los circuitos del terrorismo internacional.

Actualmente, el panorama de la región es desolador. No sólo las esperanzas de una democratización en la región son remotas, sino que ahora la violencia se ha exacerbado de tal forma que, como pocas veces en el pasado, varios conflictos han estallado o se han agudizado a la vez. ¿A qué se debe este ciclo de violencia con tan pocas probabilidades de resolverse en el corto plazo y que sigue condicionando la vida de millones de iraquíes?

Dos factores dan cuenta de la violencia que ha golpeado diferentes zonas del Medio Oriente y que hoy se concentra en territorio iraquí. En primer lugar, el fenómeno tiene que ver con el resurgimiento de la disputa seglar entre el islam suní y chiita. El surgimiento de Irán, luego de años de ostracismo internacional, ha despertado todo tipo de temores en algunas naciones de la zona, particularmente en Arabia Saudí, interesada en contener cualquier forma de hegemonía chiita en la región. Esto explica la “guerra fría” que se vive en territorio sirio, donde las dos principales vertientes musulmanas miden fuerzas. De un lado, el alauismo, corriente del islam chiita y del que hace parte el recién posesionado presidente sirio, Bashar al Asad, que ha tenido el apoyo del régimen de Teherán, desde Mahmoud Ahmadineyad cuando estalló la guerra hasta el actual presidente Hassan Rohani. De otro, es innegable la injerencia de Arabia Saudí, Estados Unidos y Turquía en favor de los rebeldes.

Además del desastre humanitario provocado por la guerra, el conflicto en Siria tuvo dos consecuencias en la zona. Ocasionó la salida de cientos de milicianos de grupos extremistas islámicos que buscaron refugio en Irak y luego entraron a las filas del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el temido grupo yihadista que ha llegado a controlar una porción considerable de territorio iraquí. Asimismo provocó un distanciamiento entre Hamás y Teherán. Por años se habló de una relación fluida entre Irán y el Movimiento de la Resistencia Islámica (especialmente con Ahmadineyad, que convirtió a Palestina en derrotero de su política exterior), sin embargo, las autoridades de Teherán aún no perdonan el apoyo de Hamás a la disidencia en Siria. Se trata de un distanciamiento fundamental en la nueva correlación de fuerzas en Medio Oriente.

El segundo factor tiene que ver con el hecho de haber subestimado el integrismo islámico en Irak. Con la desaparición del grupo Al Qaeda en Mesopotamia, luego de una ofensiva de las tropas estadounidenses en ese país en 2006, se llegó a contemplar una estabilización de la mano de reformas políticas. Con la muerte de Abou Moussab al Zarqaoui se asumió el problema como resuelto. Por tanto, se pensaba en un sistema político a la usanza de Líbano. Es decir, un régimen que sacralizara un equilibrio entre comunidades distribuyendo las cargas de la siguiente forma: un chiita en cabeza del Gobierno, Nouri al Maliki; un kurdo como jefe de Estado, Fouad Massoun, y un suní liderando el Legislativo.

Sin embargo, la nueva arquitectura política no produjo los resultados esperados y, por el contrario, el nuevo sistema mostró serias debilidades para encauzar las demandas de la población iraquí, en particular de la población suní. Acostumbrado durante la dictadura de Sadam Hussein a los privilegios, este segmento jamás se adaptó a la presencia de las tropas invasoras ni al nuevo gobierno de Al Maliki, incapaz de recuperar lo que alguna vez fue “el monopolio legítimo de la violencia”. Hoy se puede apreciar la forma como esas incipientes Fuerzas Militares de Irak carecen de capacidad para detener el avance del EIIL. Esta arremetida podría tener consecuencias nefastas sobre el territorio sirio y libanés que el grupo reivindica.

Incapaces de hacer recular a Israel, y con una operación militar con efectos en el corto plazo, las grandes potencias aprecian hoy las consecuencias de errores cometidos en el pasado reciente. La invasión a Irak, fuertemente criticada por el caos que podría despertar; la injerencia constante en Siria, que no sólo no alivió la tragedia humanitaria, sino que sentó las bases para un nuevo mandato de Al Asad; la negativa para sancionar a Tel Aviv, y la insistencia en mantener a Irán aislado de la región, ponen en evidencia que para esas potencias que tanto han preconizado la democracia, el tema de los derechos humanos importa muy poco. Y menos aún en este Irak sumido en la violencia sectaria.

Para el futuro se ha insistido en el papel de algunos vecinos en la estabilización de Irak, sin que aquello parezca convencer a Washington. Damasco, Teherán y Ankara tienen hoy algunas de las claves para resolver en alguna medida el caos que sacude a esta nación del Medio Oriente. El problema reside en el costo político de involucrarlos en tal posibilidad. Se sabe de antemano que, por presiones internas e internacionales, Barack Obama se niega a tal posibilidad. Error que se suma a una cadena de vieja data.

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