¿Por qué Israel no quiere un pacto con Irán?

Mientras el mundo aplaude que se avance por la vía de un diálogo hacia un acuerdo, que se consolidaría antes del 30 de junio, el primer ministro israelí aparece cada vez más sólo en sus alegatos en contra de este proceso.

AFPPrimer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.
Si algo han enfatizado los funcionarios estadounidenses durante las intrincadas negociaciones nucleares entre el P5+1 (los cinco miembros del Consejo de Seguridad y Alemania) e Irán, es que dicho acuerdo es bueno para Israel. Como recientemente dijo el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, el primer objetivo del acuerdo es conseguir que “la seguridad de Israel sea más segura que en la actualidad”. Al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, no le satisface este mensaje y se ha dedicado a presionar por un drástico cambio en las condiciones del acuerdo. 
 
Este pacto nuclear es la gran apuesta en política exterior de Barack Obama. La Casa Blanca ha priorizado la consecución de este acuerdo en una región que convulsiona entre la guerra siria, la amenaza expansiva el Estado Islámico y el conflicto israelí-palestino. El propio presidente Obama ha dicho que la mejor salida al problema nuclear es la diplomática, porque es la única que puede garantizar la estabilidad de lo acordado. Mientras el mundo aplaude que las potencias de Occidente e Irán avancen por la vía de un diálogo hacia un acuerdo que debería consolidarse antes del 30 de junio, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu aparece cada vez más sólo en sus alegatos en contra de este proceso.
 
La seguridad está en el centro de la política exterior israelí. Garantizar la seguridad del estado, en particular frente a las milicias armadas de Hamás, ha sido uno de los principales problemas en los varios intentos por negociar la paz con los palestinos. El argumento de la seguridad –envuelto en la fórmula de la ‘lucha contra el terrorismo’-  también le ha servido al estado israelí como justificación para ejercer acciones cuestionadas internacionalmente como las operaciones militares en la Franja de Gaza y la construcción de un muro de separación en Cisjordania (calificado, junto a su régimen asociado de asentamientos, como una flagrante violación a la ley internacional en una opinión consultiva emitida por la Corte Internacional de Justicia en 2004). 
 
La capacidad nuclear de un enemigo como Irán fortalecía ese argumento de la seguridad. Justificaba la necesidad de incrementar el poder militar para garantizar la supervivencia del estado; la necesidad de armarse y estar preparado para afrontar esa amenaza, incluso mediante una “defensa preventiva” –como se ha planteado al interior del estado israelí-; la necesidad de continuar con la millonaria cooperación económica y militar que recibe Israel por parte de EE.UU. 
 
Ante la amenaza iraní Israel podía justificar varias de sus políticas. Pero si tras un acuerdo con las potencias Irán deja de ser percibido como el gran peligro nuclear y, en cambio, entra en una lógica de diálogo y acercamiento diplomático con Occidente, Israel podría verse afectado en el escenario político, porque sus argumentos sobre las amenazas contra su existencia, las presuntas ambiciones nucleares iraníes, la dispersión del terrorismo desde Irán y la agresión regional iraní  parecerán cada vez más alejados de la realidad. Aún cuando no haya una garantía definitiva de que Irán cumpla su palabra –y la historia pueda augurar lo contrario-, un Irán en principio comprometido con el P5+1 a no fabricar la bomba atómica y a permitir las inspecciones y controles del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), necesariamente dejará de aparecer ante Occidente como un enemigo.
 
El acuerdo de seguridad nuclear con Irán implica necesariamente un cambio en el enfoque de EE.UU. hacia Oriente Medio y un cierto grado de diversificación en sus relaciones diplomáticas. El acuerdo per se reduce las tensiones entre Washington y Teherán. Puede suceder que, después de un eventual acuerdo, Tel Aviv ya no tenga el mismo respaldo de Washington cuando se trate de amenazar, acusar y sembrar sospechas sobre los iraníes y sus planes de destrucción contra Israel. Netanyahu, o el gobernante israelí de turno, puede verse cada vez más sólo ante la supuesta “amenaza iraní”. 
 
Esto podría explicar, en parte, la resistencia a este acuerdo por parte de Israel, el principal aliado de Washington en la región, y también por parte de Arabia Saudita, la monarquía sunní que es otro aliado estratégico de EE.UU. y que tiene a Irán, el país chiita, como su principal contrapeso y enemigo en un enfrentamiento sectario regional. Israelíes y saudíes preferirían tener a EE.UU. totalmente de su lado, pero el pacto con Irán complejiza el ajedrez de Oriente Medio. 
 
Los últimos actos de Netanyahu, especialmente su mediático discurso ante el Congreso estadounidense sin invitación de la Casa Blanca, aunque también sus promesas electorales de última hora de expandir los asentamientos israelíes y hacer inviable un estado palestino, no han hecho sino empeorar las relaciones con EE.UU. Hasta ahora se trata simplemente de diferencias, roces y polémicas, mientras que en lo esencial la política exterior estadounidense hacia Israel sigue siendo la misma en cuanto a la millonaria cooperación económica y militar y al irrestricto apoyo político a Israel en el Consejo de Seguridad de la ONU. 
 
Pero no sólo el aislamiento político le debe preocupar a Netanyahu, sino el cambio de percepción de Israel bajo ese nuevo enfoque de las relaciones en Oriente Medio. ¿Si Irán deja de verse como la gran amenaza regional, quién ocupará ese lugar? Aunque no declarado, se asume que Israel tiene arsenal nuclear, cosa que el estado no niega ni afirma. Además tiene el ejército más poderoso de la región, que ha librado numerosas guerras con sus vecinos árabes, que mantiene un régimen de ocupación en los territorios palestinos –rechazado por múltiples organizaciones incluida la ONU- y que ha realizado operaciones a gran escala en la Franja de Gaza que habrían violado los principios de proporcionalidad y distinción que regulan un conflicto armado. La imagen de la “única democracia” de Oriente Medio, siempre amenazada por los regímenes autoritarios y violentos que la rodean y obligada a ejercer su derecho a la legítima defensa, puede empezar a adquirir nuevos matices después de un acuerdo entre Irán y Occidente. 
 
A los pasos de los iraníes se suman los que ha dado la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que ha buscado el camino ante la justicia internacional en vez de la confrontación con Israel. Su membresía en la Corte Penal Internacional (CPI) y las eventuales demandas que interponga contra Israel por posibles crímenes de guerra, genocidio, crímenes de lesa humanidad y agresión, pueden significarle a Israel un mayor peso político. Un mayor deterioro de su ya cuestionada reputación internacional.
 
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